Conocí a un chico una vez con un extraño concepto del éxito. Su sueño, me dijo, era llegar a los cincuenta con la cara totalmente desfigurada a causa del bótox. Que aquello suponía una cuestión de estatus, de poderío. Reflejo de la vanidad como única preocupación real en la vida. Señal de tener dinero y de ser un triunfador.
A mí ya me había convencido, tanto que en el primer descuido me puse a buscar en Google más información sobre conceptos hasta entonces por mí desconocidos como retinol o ácido hialurónico. Su alegato logró lo que no pudo la montaña de anuncios de Corporación Dermoestética que se agolparon uno tras otro durante los veranos de mi infancia. Pero a su teoría le seguía un lamento lorquiano, decepcionado como estaba con el acceso masivo de la población a los retoques estéticos, algo que, en su criterio, era un despropósito. Al tipo, además de una pasión exacerbada por la superficialidad, le movía la denuncia social.
Ya cualquiera puede ir con la cara paralizada por el Bótox, es algo que se ha democratizado mucho, decía, añadiendo que aquello estaba muy mal. Yo soy muy rojo, pero el bótox primero para los maricones, en este tema nada de redistibución de la riqueza.
Lo dijo así, el bótox primero para los maricones, como el que dice España para los españoles. Rotundo, coño, que es como se defienden estas cosas, ya sea la unidad nacional o la jerarquización de la belleza en este impagable país gracias a personajes como él.
Dejando aparte su particular sentido del orden, creo que había más razón que ligereza en sus palabras. Basta ya con eso de que la belleza está en la arruga y en la imperfección, frívolos, que sois unos frívolos. Donde esté en una buena mandíbula perfilada y unos labios bien carnosos que se quite todo lo demás.
Me hizo gracia imaginarle ya en sus cincuenta, como en aquella imprescindible escena de La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013), en la que Jep Gambardella asiste en un salón barroco a una especie de ritual clandestino con el mejor cirujano plástico de Roma.
Por mi parte, encuentro lo verdaderamente cínico en lo otro, en demonizar retoques estéticos ajenos, tratamientos de belleza, injertos capilares y en general cualquier cosa relacionada con desfigurarse la cara. Y no por el resultado final, sino por la admirable voluntad que hay detrás de todo ello de querer resultar sexy, de negarse a rendirse en los estertores de la autoestima. Hay un acto de valentía ahí. Despilfarrar en verse guapo nunca puede ser una mala idea. A mí, particularmente, me parece hasta sexy tener un total desapego por la economía personal e invertir un dinero que no se tiene en ser un vanidoso.
Hay dos maneras de afrontar la pérdida de la juventud. La primera consiste en entregarse al vino barato, abandonarse, descuidar el aspecto físico. No mostrar ninguna intención de rebelarse al paso del tiempo, es decir, a la muerte. La segunda, mayoritariamente femenina -según Houellebecq en Las partículas elementales (Anagrama, 1998)- implica un amor propio conmovedor. Los integrantes de esta categoría hacen ejercicio, llevan abrigos caros, se echan colonia todos los días. Y es precisamente ahí, en ese deseo de seguir resultando atractivos, donde radica toda la dignidad humana.
En la escena de La gran belleza se nos presenta un catálogo de las más diversas muestras de la sordidez humana. Sus representantes tienen el cuerpo débil, estropeado. Lo saben y lo sufren. Y sin embargo ahí siguen, ilusionados con su dosis de bótox. No renuncian a la idea de ser amados, y eso los hace dignos de toda admiración.