De Pucho, hasta los andares

Hay que adivinar cuál será la próxima aventura de Antón. ¿Y si busca ahora la verdad en la tauromaquia?

Una vez escuché a José Miguel Arroyo, Joselito, contar una anécdota que le pasó en Colombia. El diestro caminaba por la calle cuando, al pararse a ver un escaparate, un lugareño le preguntó si era torero. Joselito, algo cortado, le dijo que sí, a lo que aquel hombre le contestó con un: “Lo supe por sus andares”. Qué clase hay que tener para que te reconozcan por tu caminar.

Al igual que un torero lo es hasta en la forma de encenderse un cigarro y en cómo sujeta los trastos, me pasa algo parecido con Antón Álvarez como artista, o Pucho, Crema, El Madrileño o cualquier otro apodo en el que habite, que haga lo que haga me gusta. Y no porque encuentre la perfección en su obra, sino porque lo que hace lo hace bien. A su estilo. Ese a través del cual es capaz de poner a toda Malasaña a comer cocido y disfrutar de sobremesas de las de antes. Pucho pone a la España cañí, nuestra “Españita” que diría Chapu Apaolaza, de nuevo en el mapa.

Intuyo que Antón es un tipo curioso. Que artísticamente se mueve de un lugar a otro mecido por el viento y sus inquietudes de forma que, al dirigir una obra documental como La guitarra flamenca de Yeray Cortés, protagonizar él mismo su propio documental sobre la gira de El Madrileño o escuchar cualquiera de sus canciones, es posible encontrarnos planos imperfectos, estrofas mal cantadas o maneras de comportarse más que corregibles. Seguramente su obra no sea perfecta para el más técnico de los espectadores, pero sí consigue llevar a la gente a donde él quiere. En Pucho la verdad se huele a lo lejos, aunque no se pueda ver, como los potajes de una madre desde la escalera. Y no solo lo demuestra en la pantalla, llega a la gala de los Goya y consigue echar la puerta abajo de una industria entera haciendo lo que gusta, buceando entre sus inquietudes, sin intentar hacer una película que agrade a los demás.

Ahora toca adivinar cuál será la próxima aventura de Antón, pero al verle pegar un muletazo con su Goya el otro día y ver aquella sesión de fotos con Albert Serra, reconozco que algo me ilusioné. ¿Y si Antón busca ahora la verdad en la tauromaquia? Sabemos que le inspiran las historias de los artistas y sus tormentos, así que no sería una mala ocasión para poder desengranar a alguna de las figuras del toreo en alguna cinta que, a través de su estilo, se diferencie de las demás.

De pucho, como del cerdo, me gustan hasta sus andares. Por eso cuando veo a Antón hablar sobre cómo él siente curiosidad por las cosas que después hace, descubro en él cosas que no veo pero que sí intuyo. Se me viene a la cabeza el inicio de una salsa de Willie Colón que dice algo así:

“Yo creo en muchas cosas que no he visto, y ustedes también, lo sé

No se puede negar la existencia de algo palpado, por más etéreo que sea

No hace falta exhibir una prueba de decencia, de aquello que es tan verdadero

El único gesto es, creer, o no

Algunas veces, hasta creer llorando

Se trata de un tema incompleto porque le falta respuesta

Respuesta, que alguno de ustedes, quizás, le pueda dar”

La fe radica en la certeza de creer firmemente en lo que no se ve. Y yo no sé qué tiene Antón que hace que crea en él a toda costa.

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La Foto del artículo es de Pepe Torres para EFE

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De Pucho, hasta los andares

Hay que adivinar cuál será la próxima aventura de Antón. ¿Y si busca ahora la verdad en la tauromaquia?

Una vez escuché a José Miguel Arroyo, Joselito, contar una anécdota que le pasó en Colombia. El diestro caminaba por la calle cuando, al pararse a ver un escaparate, un lugareño le preguntó si era torero. Joselito, algo cortado, le dijo que sí, a lo que aquel hombre le contestó con un: “Lo supe por sus andares”. Qué clase hay que tener para que te reconozcan por tu caminar.

Al igual que un torero lo es hasta en la forma de encenderse un cigarro y en cómo sujeta los trastos, me pasa algo parecido con Antón Álvarez como artista, o Pucho, Crema, El Madrileño o cualquier otro apodo en el que habite, que haga lo que haga me gusta. Y no porque encuentre la perfección en su obra, sino porque lo que hace lo hace bien. A su estilo. Ese a través del cual es capaz de poner a toda Malasaña a comer cocido y disfrutar de sobremesas de las de antes. Pucho pone a la España cañí, nuestra “Españita” que diría Chapu Apaolaza, de nuevo en el mapa.

Intuyo que Antón es un tipo curioso. Que artísticamente se mueve de un lugar a otro mecido por el viento y sus inquietudes de forma que, al dirigir una obra documental como La guitarra flamenca de Yeray Cortés, protagonizar él mismo su propio documental sobre la gira de El Madrileño o escuchar cualquiera de sus canciones, es posible encontrarnos planos imperfectos, estrofas mal cantadas o maneras de comportarse más que corregibles. Seguramente su obra no sea perfecta para el más técnico de los espectadores, pero sí consigue llevar a la gente a donde él quiere. En Pucho la verdad se huele a lo lejos, aunque no se pueda ver, como los potajes de una madre desde la escalera. Y no solo lo demuestra en la pantalla, llega a la gala de los Goya y consigue echar la puerta abajo de una industria entera haciendo lo que gusta, buceando entre sus inquietudes, sin intentar hacer una película que agrade a los demás.

Ahora toca adivinar cuál será la próxima aventura de Antón, pero al verle pegar un muletazo con su Goya el otro día y ver aquella sesión de fotos con Albert Serra, reconozco que algo me ilusioné. ¿Y si Antón busca ahora la verdad en la tauromaquia? Sabemos que le inspiran las historias de los artistas y sus tormentos, así que no sería una mala ocasión para poder desengranar a alguna de las figuras del toreo en alguna cinta que, a través de su estilo, se diferencie de las demás.

De pucho, como del cerdo, me gustan hasta sus andares. Por eso cuando veo a Antón hablar sobre cómo él siente curiosidad por las cosas que después hace, descubro en él cosas que no veo pero que sí intuyo. Se me viene a la cabeza el inicio de una salsa de Willie Colón que dice algo así:

“Yo creo en muchas cosas que no he visto, y ustedes también, lo sé

No se puede negar la existencia de algo palpado, por más etéreo que sea

No hace falta exhibir una prueba de decencia, de aquello que es tan verdadero

El único gesto es, creer, o no

Algunas veces, hasta creer llorando

Se trata de un tema incompleto porque le falta respuesta

Respuesta, que alguno de ustedes, quizás, le pueda dar”

La fe radica en la certeza de creer firmemente en lo que no se ve. Y yo no sé qué tiene Antón que hace que crea en él a toda costa.

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La Foto del artículo es de Pepe Torres para EFE

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