El artefacto
Podíamos felicitarnos por el contacto, aun cuando se tratase de uno impreciso, abstracto, incluso decepcionante.
27/02/2026
Por Ángel Insua
27/02/2026Podíamos felicitarnos por el contacto, aun cuando se tratase de uno impreciso, abstracto, incluso decepcionante.
No supieron si fiarse o no del niño. Era el único que había entrado en el artefacto, pero lo que dijo: “paredes muy grandes y blancas, luz brillantísima; ganas de reír, de llorar”, los decepcionó. Dudaban si tomarlo al pie de la letra, o si no eran más que juegos pueriles. Se trataba de un niño, al fin y al cabo. Quién sabe en qué piensan los niños.
El artefacto, a falta de una palabra mejor, fue visto a las afueras de la ciudad una tarde de sábado. Suspendido sobre una parcela de campo, casi en el límite del bosque, tenía forma de cubo y era de un color negro mate, liso. Nadie lo vio aparecer; simplemente estaba allí. El niño, que vivía con sus padres en una casa cercana, fue el primero en dar con él: éstos pudieron verlo mirando al artefacto muy quieto, a una distancia de dos o tres metros, y como en trance. Corrieron a por él muy asustados y fue entonces cuando refirió su experiencia.
Fueron los padres, histéricos, quienes avisaron a las autoridades, que enseguida montaron en torno a aquél un complejo dispositivo de seguridad. Tanto ellos como su hijo fueron trasladados a un apartamento vigilado, después de lo cual comenzaron las entrevistas. Querían conocer todos los detalles de lo ocurrido, esclarecer el origen o los motivos de la aparición. Científicos y expertos de diversos ramos fueron asimismo convocados al dispositivo, y así pronto todo el país, y después todo el mundo, estuvo volcado en el desarrollo del misterioso hallazgo.
Las investigaciones, sin embargo, no produjeron resultados. Tampoco las entrevistas con el niño. Éste volvía una y otra vez a sus paredes blancas, o bien reía o lloraba cuando, después de largas horas, los entrevistadores lo acorralaban y forzaban a dar una explicación coherente. Por lo demás, el cubo o artefacto permanecía, ajeno a todo, suspendido a las afueras de la ciudad, en la linde del bosque. Aun cuando resultaba evidente que se trataba de una tecnología desconocida, avanzada, nada en él permitía sacar conclusiones fiables o apuntar en alguna dirección. Su gravitación extraordinaria, que lo mantenía flotando, estático, sobre el césped sin indicios de varianza en el flujo de energía; o su color negrísimo, que absorbía toda luz sin producir residuos, no proporcionaron, sin embargo, a los científicos nada de provecho. Era como si no tuviera otra razón de ser que la de estar allí suspendido.
Se trató también de replicar la experiencia del niño. Pero por más que voluntarios de todo tipo se aventuraron en el dispositivo e intentaron acceder al cubo, sumergirse en el misterioso trance, la luz y las paredes blancas, fue inútil. Éstos se aproximaban a él lenta, cautelosamente; llegaban incluso a tocarlo, pero nada sucedía. Tampoco el niño volvió a conseguirlo y así, pasado el tiempo, primero la rabia y la frustración, después una blanda apatía, se fueron apoderando de los investigadores. Se redactaron algunos informes, que consistían esencialmente en una suma de detalles superfluos acerca del descubrimiento, el dispositivo y expertos involucrados y las pruebas realizadas, pero ni siquiera se fue capaz de probar el origen extraordinario, no-humano del mismo. Aquello se resolvió en un inmenso interrogante, y pronto el interés inicial decayó en una reverencia marginal, de culto, casi mística.
A los científicos y militares siguieron, pues, los filósofos en primer lugar y luego, en estricta jerarquía, los religiosos, los esotéricos y ocultistas; los frikis. Se concibieron teorías interesantes. Una de ellas, por ejemplo, postulaba que el artefacto era una manifestación del Verbo, inefable, incorruptible y que sólo existencias puras como la del niño podían ser admitidas a su Secreto. En general, sin embargo, todas ellas parecían volcar en él mucho más de lo que recibían a cambio, que seguía siendo el mismo silencio impenetrable, rotundo. Ninguna, en fin, estuvo nunca cerca de probar nada (no más, desde luego, que los expertos del dispositivo inicial, a quienes no habían sumado un gramo de conocimientos), lo cual no impidió a alguno de estos falsos profetas enriquecerse merced a una profusa, y a un tiempo, exangüe obra.
No fue hasta tiempo después, con la aparición de cierto individuo, que pareció arrojarse algo de luz sobre el misterio. Se trataba de un pequeño escritor de segunda fila, autor de varias novelas de ciencia ficción, que cierto día reveló haber accedido al cubo y vivido una experiencia idéntica a la del niño. Aguijoneado por el material publicado y una imprecisa intuición, había decidido, según contó, viajar desde la otra punta del país para verlo por sí mismo. Se había colado en el discreto cerco de seguridad que en los últimos tiempos había sustituido al dispositivo inicial y, acercándose lentamente, con vagas ideas planeando en su cabeza en vuelo raso, había sido de pronto trasladado a la habitación de las paredes blancas, la luz inmaculada, el llanto, la gracia.
De él lo único que se sabía era eso: había escrito algunas obras menores de ciencia ficción. Cuentos que publicaba en blogs, revistas; alguna novela corta de éxito escaso. La única que había funcionado realmente, al menos en los círculos del género, era una que trataba también de cierto artefacto que se le aparecía de pronto al protagonista. El artefacto, en este caso, era un polígono, en el cual se proyectaban imágenes de extraños colores y formas, por completo ajenas a nada por él conocido. El protagonista indagaba: avanzaba extrañado, lo tocaba, olía; trataba de captarlo en perspectiva. Nada daba resultado hasta que un día, bajo cierta luz, el polígono parecía cobrar vida y despertaba en él una intensa cadena de emociones: alegría, estupor, furor, miedo. En su historia, el escritor se prodigaba en detalles acerca de la peculiar naturaleza del polígono; en la honda sensación de extrañamiento, ajenidad que causaba en su observador. La gracia, sin embargo, el punto de giro final que le había valido su discreto reconocimiento, residía en que el protagonista era en realidad un perro, y el polígono nada más que un cuadro, una pintura abstracta que sus dueños humanos habían decidido, cierto día, colgar en el salón.
Trasladando, pues, su novela al caso real del artefacto, el escritor había intuido, en una de esas instancias en que la ficción parece anticipar la realidad, que tal vez todas las hipótesis estaban erradas de partida: aquello no era ninguna herramienta ni pieza de armamento militar; no era ni siquiera un mensaje. Cabía, en fin, la posibilidad de que fuera una obra de arte, igual que su polígono, que hubiera sido depositada en nuestro planeta por quién sabe qué lejanos diletantes.
El escritor desarrolló ésta y otras conclusiones en un pequeño opúsculo que tituló, oportunamente, El artefacto. Luego de una breve introducción en que hablaba de él mismo y de su obra, y en especial de la novela del perro y la pintura abstracta, pasaba a explicar por qué, en su opinión, ésta parecía describir lo que había ocurrido realmente. Habíamos errado, decía, al intentar buscar una explicación más allá de la pura evidencia que se presentaba ante nosotros; más allá de la experiencia, cristalina y concluyente, del niño o de él mismo. ¿Por qué, se preguntaba, necesitábamos algo más que aquel asombro inconcebible, aquella emoción aplanadora que se había apoderado de ellos al entrar a la habitación de las paredes blancas?, ¿acaso no era ése un resultado, una respuesta en sí misma? Por supuesto, acorralado por las preguntas torpes de los investigadores, que pedían una explicación coherente, el niño no había podido sino reírse, llorar. ¿Y qué más coherente, en fin, que la risa o el llanto?
El artefacto, o el cubo, no era ninguna herramienta ni pieza de armamento militar. Era una obra de arte, ni más ni menos. Una obra de arte cuyo fin, si es que había sido puesta allí a propósito, era nulo: no tenía otro que el de asombrar y maravillar a quien tuviera ojos para verla, ojos inocentes y lavados de prejuicios como los del niño. Nadie había sido más elocuente que él al describir ese asombro: “luz brillantísima; ganas de reír, de llorar”. Ninguno de los áridos informes o teorías había aportado a ello nada, a la sencillez esencial de ese primer fogonazo. Igual que el perro con su cuadro, se habían limitado a indagar, a olfatear, a mordisquear incluso aquello que no pretendía ser buscado, olido o comido. El medio de sus pesquisas había sido completamente inadecuado a su objeto y así, era lógico que no hubiesen encontrado nada.
El escritor añadía a ésta algunas consideraciones adicionales, tras lo cual el opúsculo remataba en alto, con la espuma tibia de una marea de preguntas. Entre otras cosas, se preguntaba si entre nosotros y los artistas mediaría una distancia similar a la del perro y el humano, o si cabría esperar varios órdenes de magnitud más. ¿Era cuestión, en fin, de unos cuantos cientos o miles de años, o más bien de un millón? En cuanto al cubo, meditaba si sería una muestra de arte familiar, reconocible (algún tipo de extraña escultura o instalación, por ejemplo), o si se trataba de una disciplina por completo nueva, por descubrir. Y añadía que, después de todo, quizá no fuese disparatado considerarlo un arma o herramienta pues, ¿qué diferencia, a esta distancia, podía existir para nuestro tierno entendimiento?
En cualquier caso, concluía, podíamos felicitarnos por el contacto, aun cuando se tratase de uno impreciso, abstracto, incluso decepcionante. Se había producido, en efecto, una comunicación entre dos mundos, una comunicación de mínimos que apuntaba a que el arte era, tal vez, el único proyecto viable de un lenguaje universal. No era asunto menor, y mucho más útil de lo que algunos se habían permitido admitir. Mucho más útil que si, pongamos, en su lugar hubiera aparecido un misil o una bomba de neutrinos. Era constructivo, en lugar de destructivo. Era conciliador; no amenazador. Era un puente levadizo; una cuerda guía; una señal. Era el primer paso, quizás, en la honda noche de esos espacios infinitos.
El texto, pese a todo, no tuvo el efecto deseado. Apenas si fue leído, y quienes lo hicieron lo vieron, en el mejor de los casos, como la fantasía ingeniosa de un autor de segunda; como el intento de procurarse un inmerecido estatus en el peor. Por lo demás, éste nunca fue capaz de demostrar su experiencia, el supuesto acceso al cubo, pues era imposible: nadie salvo el niño lo había conseguido, con lo cual nadie podía probar que decía la verdad y no que, simplemente, adornaba y hacía suyas sus palabras. No era el primero que lo intentaba, y no sería el último. De esta manera, frustrado por la tibia (si no áspera, hostil) acogida, el escritor se fue con las manos vacías y su opúsculo pasó, sin más, a engrosar la extensa bibliografía publicada, en algún punto entre los textos literarios, los científicos y los filosóficos.
En lo que respecta al artefacto, nada más supimos de él. Como decíamos, el dispositivo inicial fue sustituido por uno mucho más simple, pues pronto se hizo difícil mantener tal cantidad de recursos atados a una empresa tan fútil. Ello corrió en paralelo al decaimiento del interés general. El cubo permaneció, pues, allí suspendido, en el campo a las afueras de la ciudad, y allí permanece: por un módico precio y una acreditación (si el cubo no es útil, que sea al menos rentable) se puede pasar a visitarlo: se dice que el gobierno trata por todos los medios de conseguir algo, lo que sea, aún a costa de permitir el acceso a la población general. No hay, sin embargo, visos de que nada suceda, y hay quien espera ya impaciente a que desaparezca (que lo vengan a recoger: el experimento ha fracasado; o tal vez simplemente se olvidaran, se deshicieran de él).
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