No sex 16: Infieles

La gente que cree que la lealtad es aburrida es la misma gente que vive descontando cada día para las siguientes vacaciones. O la que quiere que le resuman el libro. Y tú, ¿a qué o a quién le eres fiel?

Match Point, Los Puentes de Madison, Anna Karenina, Vicky Cristina Barcelona, Crazy, Stupid, Love, Brokeback Mountain. Quise buscar una película para hablar de esto y me encontré con veinte. Por qué será.

Sí, de la infidelidad. A eso vine.

Hace apenas una semana estallaba un escándalo italiano con tinte global porque internet es lo que tiene, que todo permea. La influencer y empresaria Chiara Ferragni había sido engañada durante los siete años que duró su matrimonio. El otro, el verdugo Fedez, es un rapero italiano conocido por sus polémicas variadas y su inestabilidad psicológica, algo que sí se había hecho público. Ella imputada por una supuesta estafa con un proyecto benéfico. Él mensajeándose con una amante el mismo día de la boda —eso dicen, eso confirmó Chiara en stories

Una familia casi perfecta en Instagram, una exposición constante de la intimidad y un amor gritado a los cuatro vientos con algunas dificultades que se habían encargado de mostrar en su documental. Era casi imposible que los que seguimos la historia pensáramos que el cantante estaba traicionando así. 

Me pongo el sombrero de espectadora: en redes sociales hoy parece tan peligroso compartir todo como no compartir nada. Si compartes demasiado me haces pensar en tu inseguridad y en tu necesidad de remarcar el amor profundo e intenso que vives pero si no compartes nada… siento que quieres ocultar algo (a alguien, en este caso). Si habitualmente subes contenido con gente que quieres, ¿por qué excluirías a tu pareja? 

En ambos casos el peligro está, existe, se palpa, pero las redes sólo amplifican algo que ha existido siempre. Matrimonios ideales con vidas paralelas, noches de descontrol,  mensajitos, cartas, encuentros fugaces. El engaño convivía antes con el silencio o la connivencia, además apoyado por un argumento —tan consciente como inconsciente— de diferenciar a la pareja del amante, como si ambas figuras no pudiesen coexistir en la misma persona. Ahora quizás navega más entre divagaciones sobre la sociedad del deseo inmediata que busca picos de euforia aportados no sólo por el sexo sino por la conquista y el ego. Pero, en general, nunca nos libramos del engaño, sólo vamos alternando las excusas.

Sucede algo curioso porque la persona engañada se siente ridícula, como habiendo trabajado para cavar su propia tumba, dedicando esfuerzo y ganas a un compromiso de dos que se vuelve desigual. El engañado se avergüenza, piensa en lo que pensarán los demás: ¿cómo no se dio cuenta? Parecía más inteligente. Yo lo hubiese notado, bla, bla, bla. Tome la decisión que tome —si es que llega a enterarse— desde fuera podremos opinar lo que queramos: que cómo lo perdonó, que bueno total fue una noche, que si eso es engañar, que si hablaba con alguien, que si eso es peor. 

Engañar está mal, al menos eso nos han enseñado y al menos eso creemos muchos. Y está mal porque es desleal, es letal para cualquier vínculo. Si rompes el acuerdo que tenemos, rompemos un contrato, se acabó el acuerdo. Pero ojalá fuese tan fácil el amor y el desamor—el problema de los divorcios nunca es el papel firmado—. Así que hablemos en plata: ¿cuánto se puede limitar el deseo? ¿Cómo de sano es el esfuerzo? ¿Cuánto debe nacer ser fiel y cuidar la relación versus cuánto debe ser un empeño colosal? ¿La lealtad sólo sirve si te brota de dentro o qué pasa si tienes que andar conteniéndote y poniendo obstáculos sin parar para boicotear tus ganas de cagarla?

La lealtad sirve porque a veces aguantarse es sinónimo de salud. Como cuando no sueltas un puñetazo al primer antipático que te cruzas de buena mañana o como cuando practicas meditación y te dicen que si te desconcentras pero deseas volver es que vas por el buen camino. Algo así, un poquito de trabajo, un pelín de intención y de consecuencia. Un pelín de pensar y amar a lo que se decidió apostar antes de quebrar la frágil vasija de la confianza.

La gente que cree que mantener algo que ha construido es aburrido es la misma gente que vive descontando cada día para las siguientes vacaciones. O la que quiere que le resuman el libro. La gente que deja proyectos a medias y que practica el giro copernicano para justificarse si hacen las cosas mal. Son también los que se van a pasar la vida pensando que el de al lado tiene una casa más bonita. Lo elegido puede ser emocionante y divertido si dejamos de concebir a las parejas como algo ya conseguido y acabado y empezamos a pensar en esos vínculos como algo en constante movimiento y transición: crezcamos juntos con la confianza de que queremos hacerlo, de que nos hemos dicho que nos gustamos, ¿no? 

En una entrevista reciente a Francis Ford Coppola le decían que qué pregunta haría para que alguien se identificase hoy en día, para que dijese quién es. 

Él respondió: ¿a qué o a quién le eres fiel?

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La gente que cree que la lealtad es aburrida es la misma gente que vive descontando cada día para las siguientes vacaciones. O la que quiere que le resuman el libro. Y tú, ¿a qué o a quién le eres fiel?

Match Point, Los Puentes de Madison, Anna Karenina, Vicky Cristina Barcelona, Crazy, Stupid, Love, Brokeback Mountain. Quise buscar una película para hablar de esto y me encontré con veinte. Por qué será.

Sí, de la infidelidad. A eso vine.

Hace apenas una semana estallaba un escándalo italiano con tinte global porque internet es lo que tiene, que todo permea. La influencer y empresaria Chiara Ferragni había sido engañada durante los siete años que duró su matrimonio. El otro, el verdugo Fedez, es un rapero italiano conocido por sus polémicas variadas y su inestabilidad psicológica, algo que sí se había hecho público. Ella imputada por una supuesta estafa con un proyecto benéfico. Él mensajeándose con una amante el mismo día de la boda —eso dicen, eso confirmó Chiara en stories

Una familia casi perfecta en Instagram, una exposición constante de la intimidad y un amor gritado a los cuatro vientos con algunas dificultades que se habían encargado de mostrar en su documental. Era casi imposible que los que seguimos la historia pensáramos que el cantante estaba traicionando así. 

Me pongo el sombrero de espectadora: en redes sociales hoy parece tan peligroso compartir todo como no compartir nada. Si compartes demasiado me haces pensar en tu inseguridad y en tu necesidad de remarcar el amor profundo e intenso que vives pero si no compartes nada… siento que quieres ocultar algo (a alguien, en este caso). Si habitualmente subes contenido con gente que quieres, ¿por qué excluirías a tu pareja? 

En ambos casos el peligro está, existe, se palpa, pero las redes sólo amplifican algo que ha existido siempre. Matrimonios ideales con vidas paralelas, noches de descontrol,  mensajitos, cartas, encuentros fugaces. El engaño convivía antes con el silencio o la connivencia, además apoyado por un argumento —tan consciente como inconsciente— de diferenciar a la pareja del amante, como si ambas figuras no pudiesen coexistir en la misma persona. Ahora quizás navega más entre divagaciones sobre la sociedad del deseo inmediata que busca picos de euforia aportados no sólo por el sexo sino por la conquista y el ego. Pero, en general, nunca nos libramos del engaño, sólo vamos alternando las excusas.

Sucede algo curioso porque la persona engañada se siente ridícula, como habiendo trabajado para cavar su propia tumba, dedicando esfuerzo y ganas a un compromiso de dos que se vuelve desigual. El engañado se avergüenza, piensa en lo que pensarán los demás: ¿cómo no se dio cuenta? Parecía más inteligente. Yo lo hubiese notado, bla, bla, bla. Tome la decisión que tome —si es que llega a enterarse— desde fuera podremos opinar lo que queramos: que cómo lo perdonó, que bueno total fue una noche, que si eso es engañar, que si hablaba con alguien, que si eso es peor. 

Engañar está mal, al menos eso nos han enseñado y al menos eso creemos muchos. Y está mal porque es desleal, es letal para cualquier vínculo. Si rompes el acuerdo que tenemos, rompemos un contrato, se acabó el acuerdo. Pero ojalá fuese tan fácil el amor y el desamor—el problema de los divorcios nunca es el papel firmado—. Así que hablemos en plata: ¿cuánto se puede limitar el deseo? ¿Cómo de sano es el esfuerzo? ¿Cuánto debe nacer ser fiel y cuidar la relación versus cuánto debe ser un empeño colosal? ¿La lealtad sólo sirve si te brota de dentro o qué pasa si tienes que andar conteniéndote y poniendo obstáculos sin parar para boicotear tus ganas de cagarla?

La lealtad sirve porque a veces aguantarse es sinónimo de salud. Como cuando no sueltas un puñetazo al primer antipático que te cruzas de buena mañana o como cuando practicas meditación y te dicen que si te desconcentras pero deseas volver es que vas por el buen camino. Algo así, un poquito de trabajo, un pelín de intención y de consecuencia. Un pelín de pensar y amar a lo que se decidió apostar antes de quebrar la frágil vasija de la confianza.

La gente que cree que mantener algo que ha construido es aburrido es la misma gente que vive descontando cada día para las siguientes vacaciones. O la que quiere que le resuman el libro. La gente que deja proyectos a medias y que practica el giro copernicano para justificarse si hacen las cosas mal. Son también los que se van a pasar la vida pensando que el de al lado tiene una casa más bonita. Lo elegido puede ser emocionante y divertido si dejamos de concebir a las parejas como algo ya conseguido y acabado y empezamos a pensar en esos vínculos como algo en constante movimiento y transición: crezcamos juntos con la confianza de que queremos hacerlo, de que nos hemos dicho que nos gustamos, ¿no? 

En una entrevista reciente a Francis Ford Coppola le decían que qué pregunta haría para que alguien se identificase hoy en día, para que dijese quién es. 

Él respondió: ¿a qué o a quién le eres fiel?

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