Carta abierta al Santa Claus de los premios literarios

Ahora solo podemos confiar en cuatro francotiradores emperrados en llevar la contra, exquisitamente idiosincráticos y nepotistas en sus preferencias

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¿Podríamos, de algún modo, inventar una mentira noble, una de esas que se dicen por necesidad, para persuadir ante todo a los gobernantes mismos y, si no, al resto de la ciudad?
Platón, República 414 b

Querido Santa Claus:

El año pasado se publicó un libro no muy voluminoso sobre el acto de dar gracias. Ciento y pico páginas de agradecimientos nos parece poco para esta vida regalada merced al cielo y a la paciencia progenitora de nuestras madres. Es de biennacido: ya se sabe, Santa. Desde pequeños nos enseñan que «gracias» es una palabra mágica, casi tan eficaz para abrir puertas sociales secretas como «alohomora». Los psicólogos y los curas, indiscernibles en tantos aspectos, también coinciden en instarnos a que no nos acostemos sin haber dado gracias a alguien por algo, ni que sea al presidente de los Estados Unidos por no habernos secuestrado aún. En Estados Unidos, precisamente, hay una fiesta dedicada en exclusiva a dar gracias, en la cual se libera a un pavo en nombre de todos sus congéneres secuestrados de por vida para la cena. La leyenda asegura que ese es el origen del movimiento de liberación animal. No a otra cosa parece haber acudido una venezolana a la Casa Blanca, a darle al presi un premio de la paz de esos que, al modo de los regalos chinos, valen más cuantas más veces hayan pasado de mano en mano sin desprecintar; no vayamos a mancharnos las manos…

Pocas cosas peores, Santa, que no dar gracias por los dones recibidos con la cabeza bien gacha. A todos nos hace gracia leer, a la distancia que el papel interpone, los ingratos discursos que Thomas Bernhard pronunciaba cada vez que le concedían un premio. Seguro que si hubiésemos asistido desprevenidamente a alguna de aquellas galas de entrega, nos habría dado muchísima vergüenza ajena verle morder la mano que así le alimentaba. Revisando el generoso palmarés de Bernhard, uno se queda con la sospecha de si, al enésimo escándalo de ingratitud, el siguiente jurado no esperaba ya la mordida de mano y hasta la deseaba masoquistamente, a modo de penitencia magnánima, en plan: «Mirad que biennacidos que somos, que hasta a este malnacido le premiamos». En tal caso, por la ley dialéctica de la doble negación, Bernhard perdió la oportunidad de agraviar graciosamente al establishment cultural dando algún discurso final digno de Miss Universo. Ya sabes, Santa: la paz y el hambre y los niños y Dios y mi mánager y mi madre y yo.

Solo se me ocurre algo peor que no dar gracias por los dones recibidos: negarse a recibirlos. No me refiero a esos rechazos públicos, por supuesto, como cuando Javier Marías se negó a aceptar un premio porque lo repartía el Estado; ingenua concepción del Estado como algo netamente distinto del mercado, fácil de refutar a poco que repasemos el historial del propio Marías y enumeremos las instituciones paraestatales (o sin el para-) que le galardonaron, de la Real Academia Española al Estado austriaco (primero Bernhard y luego Marías: qué le voy a hacer si hoy me he levantado con el pie kakánico). Sin leyes dialécticas que valgan, Santa, esos rechazos públicos cuentan como doble aceptación: se acepta ser reconocido mejor que todos los no premiados en esa convocatoria, y por añadidura mejor, más digno, superior a todos los premiados en convocatorias previas y consecutivas. Cómo sería la cosa, que al año siguiente de que Jean-Paul Sartre anunciase su rechazo al Nobel por la prensa, después de haberlo aceptado probablemente por vía telefónica, no hallaron a otro matao al que endiñarle ese premio maldito, ese maldito premio nórdico, que a un escritor soviético… ¡no antisoviético! ¿Te acuerdas de Mijaíl Sholojov? Pues ese, Santa, ese.

En las memorias de más de un escritor me he topado, como momento de pérdida absoluta de la inocencia vocacional, cuando descubren que la posteridad no existe, que la posteridad es otro premio amañado más. Así es, Santa, es ley de vida. Invita a tu cumple y serás invitado, no hay otra. A los escritores adultos, por lo común, ese desenmascaramiento de la posteridad no les hace desear menos sino más los premios, igual que muchos niños dejan de rezar en Navidad por la concordia entre papá y mamá y empiezan a pedir juguetes carísimos cuando se enteran de que los regalos no los envuelve un viejo gordo groenlandés —con perdón— sino, justamente, papá y mamá (que no se llevarán bien, pero mira si están forrados). En eso consiste, Santa, ser adulto. Allí donde los periodistas y los gestores de eventos culturales —los nenes de pecho de las artes— ven honores con los que meter paja en el párrafo de una noticia o segundos con los que aburrir en la presentación de una mesa redonda, los artistas adultos ven el pago a sus deudas, la compra de un coche al contado o la entrada a un piso, por fin en propiedad. Según parece, Santa, la posteridad es no pagar alquiler. 

«¿La literatura necesita de premios amañados?», le preguntaba hace nada un crítico literario a un escritor multipremiado que había salido en defensa de otro escritor multipremiado (por el mismo conglomerado editorial, entre otros laureles), habiéndose visto ambos multipremiados bajo la crítica discreta del mismo crítico literario (también premiado él, pero menos, no multi, solo una vez y por otro conglomerado, por el conglomerado de enfrente), crítico que planteaba la pregunta: «¿La literatura necesita de premios amañados?». No sé, el chiste se cuenta solo, pero la respuesta no es tan obvia. Sí, ¿tú qué te crees, Santa? Claro que la literatura necesita de premios amañados. Amañados contra esa fuerza de la naturaleza que Marías nos daba a entender como netamente distinta del Estado. Amañados contra el mercado, ¡ojalá todos los premios, Santa!

Elaborar ránquines, componer cánones, conceder premios: todos esos gestos de vanagloria institucional se supone que servían para mostrar y prescribir criterio propio, para compensar y hasta consolar a artistas arriesgados que no reciben los réditos que sus esfuerzos merecerían por el cauce ordinario de las ventas, para que la cultura no sea solo lo que más vende a cada instante. En épocas previas, los ránquines, los cánones y los premios eran las correas de transmisión a través de las cuales unas élites mafiosas imponían su sentido del valor artístico o de la solidaridad clientelar. Nunca más, Santa. Ahora solo podemos confiar en cuatro francotiradores emperrados en llevar la contra, exquisitamente idiosincráticos y nepotistas en sus preferencias. Los demás dadores de distinciones no se distinguen un ápice de la IA más vaga. El año pasado, por no remontarnos al Pleistoceno, se cumplían en España cien años del nacimiento de cierta escritora y cincuenta de la muerte de cierto dictador; a cierto suplemento literario se le ocurrió la fabulosa idea de armar una lista con los mejores cincuenta libros de los últimos y felices cincuenta años. ¿Sabes, Santa, cuál fue la escritora con más libros en esa lista? ¡Bingo! ¿Cómo lo has adivinado?

En España echamos pestes sobre los premios prepublicación, como si los pos- fuesen la panacea. En los pre- hay al menos alguien que arriesga un dinero, que apuesta —a menudo con nuestros impuestos, lo concedo— a favor de un caballo que no siempre gana. Siempre puede salirte mercantilmente rana un premiado prepublicación. En los pos- las apuestas son más seguras, se corre más a menudo con nuestros impuestos y el caballo, ya sí ganador, hace mucho que cruzó la línea de meta de las ventas multitudinarias. La lista exponencialmente creciente de distinciones que lleva siete años amasando cierta filóloga por un único ensayo de divulgación me confirma la sospecha de que lo más pútrido y arribista del sistema de premios no está en el pre- sino en el pos-. Hace décadas que las instituciones culturales se aproximan al mercado de libros como donnadies en busca de selfis con influénceres. Los premios pospublicación son las fotos temblorosas, desenfocadas, puro fan service, que el Estado y sus tentáculos paraestatales se toman posando, gracias al palo extensible de nuestros impuestos, junto a los best sellers que menos vergüenza dan. Dura competi, Santa.

¿Y qué decir de los premios prepublicación? Se les tacha de estafa contra los ingenuos lectores y los más ingenuos aún concursantes sin contactos. ¿Es que nadie piensa en los niños? Esos miles de compradores de ejemplares y esos cientos de enviadores de manuscritos… ¿Es que nadie piensa en nosotros, los sinpremio, Santa? ¿O es que solo en nosotros se piensa? Para nosotros, solo para nosotros se montan todas esas nobles mentiras de los ránquines, los cánones y los premios, anunciados a bombo y platillo, para mayor magia navideña, a finales o inicios de año. Pero ¿es que nadie piensa en los niños? ¿Qué sería de nosotros si no creyésemos en el Ratoncito Pérez de la posteridad? Nos hemos portado todo el año bien, Santa, no hemos hecho trampas con la IA, nos hemos dejado las uñas y las pestañas y los dientes en nuestros manuscritos, ¿qué te cuesta mentirnos un poquito más? ¿Qué te cuesta a ti amañar todos los premios contra el mercado? Tira a la basura esa carta de regalos preconcebidos que son las estadísticas de ventas pasadas y tráenos lo que ni siquiera sabíamos que queríamos comprar. Lo compraremos igual, ¡palabra! 

Gracias de antemano, Santa.

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¿Podríamos, de algún modo, inventar una mentira noble, una de esas que se dicen por necesidad, para persuadir ante todo a los gobernantes mismos y, si no, al resto de la ciudad?
Platón, República 414 b

Querido Santa Claus:

El año pasado se publicó un libro no muy voluminoso sobre el acto de dar gracias. Ciento y pico páginas de agradecimientos nos parece poco para esta vida regalada merced al cielo y a la paciencia progenitora de nuestras madres. Es de biennacido: ya se sabe, Santa. Desde pequeños nos enseñan que «gracias» es una palabra mágica, casi tan eficaz para abrir puertas sociales secretas como «alohomora». Los psicólogos y los curas, indiscernibles en tantos aspectos, también coinciden en instarnos a que no nos acostemos sin haber dado gracias a alguien por algo, ni que sea al presidente de los Estados Unidos por no habernos secuestrado aún. En Estados Unidos, precisamente, hay una fiesta dedicada en exclusiva a dar gracias, en la cual se libera a un pavo en nombre de todos sus congéneres secuestrados de por vida para la cena. La leyenda asegura que ese es el origen del movimiento de liberación animal. No a otra cosa parece haber acudido una venezolana a la Casa Blanca, a darle al presi un premio de la paz de esos que, al modo de los regalos chinos, valen más cuantas más veces hayan pasado de mano en mano sin desprecintar; no vayamos a mancharnos las manos…

Pocas cosas peores, Santa, que no dar gracias por los dones recibidos con la cabeza bien gacha. A todos nos hace gracia leer, a la distancia que el papel interpone, los ingratos discursos que Thomas Bernhard pronunciaba cada vez que le concedían un premio. Seguro que si hubiésemos asistido desprevenidamente a alguna de aquellas galas de entrega, nos habría dado muchísima vergüenza ajena verle morder la mano que así le alimentaba. Revisando el generoso palmarés de Bernhard, uno se queda con la sospecha de si, al enésimo escándalo de ingratitud, el siguiente jurado no esperaba ya la mordida de mano y hasta la deseaba masoquistamente, a modo de penitencia magnánima, en plan: «Mirad que biennacidos que somos, que hasta a este malnacido le premiamos». En tal caso, por la ley dialéctica de la doble negación, Bernhard perdió la oportunidad de agraviar graciosamente al establishment cultural dando algún discurso final digno de Miss Universo. Ya sabes, Santa: la paz y el hambre y los niños y Dios y mi mánager y mi madre y yo.

Solo se me ocurre algo peor que no dar gracias por los dones recibidos: negarse a recibirlos. No me refiero a esos rechazos públicos, por supuesto, como cuando Javier Marías se negó a aceptar un premio porque lo repartía el Estado; ingenua concepción del Estado como algo netamente distinto del mercado, fácil de refutar a poco que repasemos el historial del propio Marías y enumeremos las instituciones paraestatales (o sin el para-) que le galardonaron, de la Real Academia Española al Estado austriaco (primero Bernhard y luego Marías: qué le voy a hacer si hoy me he levantado con el pie kakánico). Sin leyes dialécticas que valgan, Santa, esos rechazos públicos cuentan como doble aceptación: se acepta ser reconocido mejor que todos los no premiados en esa convocatoria, y por añadidura mejor, más digno, superior a todos los premiados en convocatorias previas y consecutivas. Cómo sería la cosa, que al año siguiente de que Jean-Paul Sartre anunciase su rechazo al Nobel por la prensa, después de haberlo aceptado probablemente por vía telefónica, no hallaron a otro matao al que endiñarle ese premio maldito, ese maldito premio nórdico, que a un escritor soviético… ¡no antisoviético! ¿Te acuerdas de Mijaíl Sholojov? Pues ese, Santa, ese.

En las memorias de más de un escritor me he topado, como momento de pérdida absoluta de la inocencia vocacional, cuando descubren que la posteridad no existe, que la posteridad es otro premio amañado más. Así es, Santa, es ley de vida. Invita a tu cumple y serás invitado, no hay otra. A los escritores adultos, por lo común, ese desenmascaramiento de la posteridad no les hace desear menos sino más los premios, igual que muchos niños dejan de rezar en Navidad por la concordia entre papá y mamá y empiezan a pedir juguetes carísimos cuando se enteran de que los regalos no los envuelve un viejo gordo groenlandés —con perdón— sino, justamente, papá y mamá (que no se llevarán bien, pero mira si están forrados). En eso consiste, Santa, ser adulto. Allí donde los periodistas y los gestores de eventos culturales —los nenes de pecho de las artes— ven honores con los que meter paja en el párrafo de una noticia o segundos con los que aburrir en la presentación de una mesa redonda, los artistas adultos ven el pago a sus deudas, la compra de un coche al contado o la entrada a un piso, por fin en propiedad. Según parece, Santa, la posteridad es no pagar alquiler. 

«¿La literatura necesita de premios amañados?», le preguntaba hace nada un crítico literario a un escritor multipremiado que había salido en defensa de otro escritor multipremiado (por el mismo conglomerado editorial, entre otros laureles), habiéndose visto ambos multipremiados bajo la crítica discreta del mismo crítico literario (también premiado él, pero menos, no multi, solo una vez y por otro conglomerado, por el conglomerado de enfrente), crítico que planteaba la pregunta: «¿La literatura necesita de premios amañados?». No sé, el chiste se cuenta solo, pero la respuesta no es tan obvia. Sí, ¿tú qué te crees, Santa? Claro que la literatura necesita de premios amañados. Amañados contra esa fuerza de la naturaleza que Marías nos daba a entender como netamente distinta del Estado. Amañados contra el mercado, ¡ojalá todos los premios, Santa!

Elaborar ránquines, componer cánones, conceder premios: todos esos gestos de vanagloria institucional se supone que servían para mostrar y prescribir criterio propio, para compensar y hasta consolar a artistas arriesgados que no reciben los réditos que sus esfuerzos merecerían por el cauce ordinario de las ventas, para que la cultura no sea solo lo que más vende a cada instante. En épocas previas, los ránquines, los cánones y los premios eran las correas de transmisión a través de las cuales unas élites mafiosas imponían su sentido del valor artístico o de la solidaridad clientelar. Nunca más, Santa. Ahora solo podemos confiar en cuatro francotiradores emperrados en llevar la contra, exquisitamente idiosincráticos y nepotistas en sus preferencias. Los demás dadores de distinciones no se distinguen un ápice de la IA más vaga. El año pasado, por no remontarnos al Pleistoceno, se cumplían en España cien años del nacimiento de cierta escritora y cincuenta de la muerte de cierto dictador; a cierto suplemento literario se le ocurrió la fabulosa idea de armar una lista con los mejores cincuenta libros de los últimos y felices cincuenta años. ¿Sabes, Santa, cuál fue la escritora con más libros en esa lista? ¡Bingo! ¿Cómo lo has adivinado?

En España echamos pestes sobre los premios prepublicación, como si los pos- fuesen la panacea. En los pre- hay al menos alguien que arriesga un dinero, que apuesta —a menudo con nuestros impuestos, lo concedo— a favor de un caballo que no siempre gana. Siempre puede salirte mercantilmente rana un premiado prepublicación. En los pos- las apuestas son más seguras, se corre más a menudo con nuestros impuestos y el caballo, ya sí ganador, hace mucho que cruzó la línea de meta de las ventas multitudinarias. La lista exponencialmente creciente de distinciones que lleva siete años amasando cierta filóloga por un único ensayo de divulgación me confirma la sospecha de que lo más pútrido y arribista del sistema de premios no está en el pre- sino en el pos-. Hace décadas que las instituciones culturales se aproximan al mercado de libros como donnadies en busca de selfis con influénceres. Los premios pospublicación son las fotos temblorosas, desenfocadas, puro fan service, que el Estado y sus tentáculos paraestatales se toman posando, gracias al palo extensible de nuestros impuestos, junto a los best sellers que menos vergüenza dan. Dura competi, Santa.

¿Y qué decir de los premios prepublicación? Se les tacha de estafa contra los ingenuos lectores y los más ingenuos aún concursantes sin contactos. ¿Es que nadie piensa en los niños? Esos miles de compradores de ejemplares y esos cientos de enviadores de manuscritos… ¿Es que nadie piensa en nosotros, los sinpremio, Santa? ¿O es que solo en nosotros se piensa? Para nosotros, solo para nosotros se montan todas esas nobles mentiras de los ránquines, los cánones y los premios, anunciados a bombo y platillo, para mayor magia navideña, a finales o inicios de año. Pero ¿es que nadie piensa en los niños? ¿Qué sería de nosotros si no creyésemos en el Ratoncito Pérez de la posteridad? Nos hemos portado todo el año bien, Santa, no hemos hecho trampas con la IA, nos hemos dejado las uñas y las pestañas y los dientes en nuestros manuscritos, ¿qué te cuesta mentirnos un poquito más? ¿Qué te cuesta a ti amañar todos los premios contra el mercado? Tira a la basura esa carta de regalos preconcebidos que son las estadísticas de ventas pasadas y tráenos lo que ni siquiera sabíamos que queríamos comprar. Lo compraremos igual, ¡palabra! 

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