Tengo dudas, titubeo, pero al final me pido una caña. Podría haberla pedido sin alcohol, pero no lo hago. Prefiero posponer el tema. No me apetece dar explicaciones. A una caña le siguen luego otra y otras hasta que llega la hora de cenar y cenas en cualquier lado y sigues tomando cañas y te dan las dos de la mañana. Quería irme pronto a casa, aprovechar la mañana del día siguiente, pero vuelve a vencer el alcohol. La tarde del sábado se esfuma entre bebida, tabaco y charla desordenada; el domingo lidio como puedo con una resaca de plomo. El jolgorio rutinario ha vuelto a absorber un día y medio de mi fin de semana. Vuelvo a postergar todo lo demás.
No estoy en contra del alcohol. Asentí cuando leí la cita de Chesterton que decía que es triste que nos empeñemos en perder la felicidad de sentirnos moderadamente borrachos. Pero qué matiz es el de ese moderadamente, en él reside el arte de la cuestión. Los habrá que optan por una vida resumida en un vaivén entre obligaciones y alcohol; en ese caso, no hay conflicto ninguno. El problema viene cuando se tienen otros intereses y otras obligaciones que requieren tiempo y concentración. En ese caso se origina una batalla interminable. Entra en juego la necesidad de decir que no, de elegir, algo que cada vez hago mejor pero que todavía no domino. Cada cierto tiempo, vuelvo a tropezar con el mismo vaso.
Algunos planes parecen existir para ser postergados. Son fantasmas que siempre nos acompañan. Agradeceríamos que nos dejasen en paz, y podríamos zafarnos de ellos con algo de empeño, pero al final preferimos no hacer nada, dejarlo pasar. Se habla cada vez más de los jóvenes que rechazan el alcohol, que optan por un ocio más saludable. Esto puede parecer irrefutablemente bueno; sin embargo, no deja de ser un volantazo. Como de costumbre, se echa en falta el punto medio, el matiz.¿Acaso no es irrefutablemente bueno tomarse un fino de vez en cuando?
También es cierto que no todo el mundo tiene la misma tolerancia al alcohol. Los hay que, con un ímpetu sobrehumano, mágico, pueden correr una media maratón después de una borrachera. Otros amanecen hinchados, con los ojos como dos navajazos, y no pueden sino esconderse en sus rincones y limitarse a existir. Parece sencillo: uno debe actuar en función de sus circunstancias. Sin embargo, esto no es fácil, por lo menos a mi juicio. A veces basta con no querer hacer algo para acercarse a ello. Además, hay amistades que necesitan suspenderse si se quiere pasar una temporada de agua mineral. Uno se pide una sin alcohol o un refresco y en la cara del acompañante se intuye la desilusión, la decepción, como si estuviese ante alguien que ha ido a una fiesta de disfraces sin disfraz.
Es posible que esté atravesando una etapa vital de tránsito. La juventud se esfuma. Los amigos empiezan a tener hijos. Surge la idea de empezar a cuidarse. Como de costumbre, prefiero evitar los dramatismos. Es decir, estoy lejos de tener ganas de beber a las diez de la mañana; tan pronto como bebo un día, dejo de hacerlo por completo seis. Busco la forma de encontrar el punto medio, de ejercitar el matiz, el moderadamente. El que titubea es el que se lleva el tiro. Fijado el objetivo, es mejor ser halcón que buitre. Dentro de un rato he quedado para tomarme una caña antes de comer. Será una cosa tranquila, sin titubeos.