Me entrevistaron y dije que no escribo en cafeterías, que lo hago en mi casa o en la biblioteca. Al día siguiente, en cambio, escribí mi columna semanal en una cafetería. Quizá no me conozca tan bien. Me resulta difícil ser preciso. Con Madrid me pasa bastante. También es cierto que en aquella cafetería se hablaban diferentes idiomas, sonaban diferentes acentos: era fácil sentirse a solas. Pero la contradicción es innegable. Pedí un café y una tostada y abrí mi portátil frente a un ventanal que daba a la calle. El café era de especialidad, claro.
Las entrevistas que llaman charlas siempre me han gustado; he escuchado muchas, infinidad. Pero ahora admiro más a los buenos entrevistados. Salir airoso es complicado. En mi caso, sentí que llevaba una bandeja repleta de vasos a punto de rebosar. Podría haber dicho algo en lo que no creía. Menos mal que no salió el tema del terraplanismo. Pero eso no significa que la entrevista constituyera un tormento; de hecho, no me escuché mal, incluso lo pasé bien. Como de costumbre, ya sea en el trabajo o de cañas, prevaleció la risa, la broma suave. No sé si me mostré demasiado despreocupado. La verdad es que intento no quejarme, pero eso no significa que no me tome en serio lo que hago; tan solo es una posición estética ante la vida. Me preguntaron qué era lo mejor de vivir en Córdoba. Creo que respondí algo así como que es el lugar en el que puedo ser yo sin demasiados obstáculos.
Fui a Madrid por la entrevista y aproveché para hacer otros planes. Vi a mi hermana, quedé con amigos, fui a un concierto. Todo salió de maravilla. Fue un placer estar con los que me recibieron allí. Pero el sábado me fui. Podría haberme quedado hasta el domingo, pero no lo hice. Mis visitas son muy quirúrgicas e intensas desde hace años. Cumplo con la programación fijada y me voy. Los tiempos muertos los prefiero en casa.
La gente quiere irse a Madrid. La gente quiere irse de Madrid. La gente (no sé muy bien qué es eso) debe de tener las cosas clarísimas. Por mi parte, intento no darle tanta importancia a mi ubicación en el mapa. Relativizo por sistema, cada vez se me da mejor; quizá sea una cuestión de supervivencia. Por un lado, no mentiría si dijese que probar Madrid una temporada estaría bien; por otro lado, me atrevería a afirmar que no estaría mal vivir el resto de mi vida en Córdoba. Pero nada de eso depende únicamente de mi voluntad, así que no me paro mucho a pensarlo. El lamento es peligroso, pegajoso. Es mejor evitarlo, aunque incurra uno en contradicciones, porque luego es muy difícil quitárselo de encima.