Me jode tener un talla L
En su último vídeo corre 11 kilómetros y lleva una coleta que le estira el rostro y enseña los dientes y suda
4/07/2025
Por Claudia Vila
4/07/2025En su último vídeo corre 11 kilómetros y lleva una coleta que le estira el rostro y enseña los dientes y suda
La mujer tiene 650.000 seguidores en Instagram, esto es más que los habitantes empadronados en Málaga, la quinta ciudad más grande de España. Esta urbe virtual la mira cuando prepara pollo a la plancha, cuando muestra los bolsos sintéticos de su marca y cuando recomienda un champú de 45 euros. «¡Un día conmigo!». Todo es contenido y, por tanto, lo que no graba es desperdicio económico. Con una voz despiadada que escupe un acento muy concreto, muy de capital arrogante, propone una rutina inasumible. Los espectadores la ven quitarse los pantalones, quedarse en braguitas, y la escuchan decir:
«Pues nada, chicas, soy una talla L. En realidad me han dicho que la prenda talla pequeña, pero me jode tener una talla L».*
Porque ese asentamiento online es un espacio seguro para conversar, donde puede decir lo que soltaría a sus amigas. Pero algunas chicas que la siguen gastan incluso una XL, y ella no percibe que quejarse así ante ellas puede hacer que se sientan despreciadas. Ella pensará: «No me entendéis: No está mal ser gorda, lo terrorífico es que yo lo sea».
(Suspira) «Es que soy tan adicta a estos chips de kale, ¡menos mal que no son chips normales!»*
(Clava el tenedor en un bol) «¿Qué hay mejor que comer una ensalada fresquita en verano?»*
(Mordisco a la fruta) «Mi verano no es verano si no tomo cuatro kilos de nectarinas y paraguayos»*
No sabe que no todo es memorable, no todo es heavy, no todo alucina. Le cuesta hacer criba, ser mala con ella misma, abandonar la autocomplacencia, buscarse también en la miseria. ¿Quién puede identificarse con todo esto? Pero ella se muestra inalcanzable y modélica. Otras quieren dedicarse a las redes sociales. Otras quieren su casa inmaculada. Otras quieren que a diario se acumule una montaña de paquetes. Uf, es su trabajo.
«Odio el desperdicio de papel. Es increíble que la empresa Haribo malgaste tanto cartón para mandar solo dos bolsas de chuches»*.
Ella aprieta la pantalla de su iPhone 18 para terminar la grabación y se alegra porque ha podido compartir un pedacito de su noble corazón. Le sale natural, tiene el carisma de muy pocos. Es una gurú del buen gusto en un mundo repantigado. Le resulta cómodo mostrarlo en los podcasts pactados, donde el entrevistador le confiesa: «Es impresionante lo que has conseguido». Ella piensa: «Lo sé». Ella dice: «Cualquiera podría hacerlo». Ella piensa: «Que se atrevan».
NO SE PUEDE DECIR NADA. Ya nadie puede decir nada nunca de ninguna manera. Que me pongan un bozal, que me aprieten los pensamientos, que me asfixien la idea. ¿Por qué no me dejan ser una mujer libre, empoderada, deportista, emprendedora, sexy, sincera? ¿Por qué no me dejan decir lo que todos piensan? Yo vivo de mi cuerpo, me pagan por mi cuerpo, (¿soy una prostituta de las marcas?), por eso pienso en mi cuerpo. Tener una talla L es aterrador.
En su último vídeo corre 11 kilómetros y lleva una coleta que le estira el rostro y enseña los dientes y suda y se esfuerza y se merece. Se merece los abdominales que se labra/ se merece el hueco entre las piernas/ se merece los seguidores que apoyan su llaneza/ se merece el dinero y se merece que una niña la pare por la calle. «Quiero parecerme a ti», y ella le da un abrazo fuerte, maloliente y huesudo. Su rostro destila amor, pero la influencer piensa: «Niña gorda y fea, jamás, en tu puta vida, serás como yo».
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* Frase textual extraída de un vídeo de YouTube
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