Mi casa es una habitación

Yo quería ser excesiva y me dieron precios inasequibles de alquileres inmundos

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·

Dios hizo el mundo en seis días, mi hogar lo encuentro en 30. Un mes de preaviso para dejar el piso y al mismo tiempo para buscar el siguiente; que me cautive, que encaje en mi partida presupuestaria y que yo deslumbre entre el casting de interesados. La mudanza es un rito que empieza con un secuestro económico (la fianza o depósito u honorarios, ah, ya por ley no se puede, pero sí, págamelo en efectivo, gracias, gracias, el piso es tuyo); continúa con una prospección de mi vida laboral como aval y termina, evidentemente, con la desesperanza. 

Todo precario, todo sudor, todo angustia.

Con lo poco que me dan, trato de armar una casa. Como Los tres cerditos. Casas de padres, casas de desconocidos, casas de abuelas, casas de amigos, casas de amantes. Y sopló y sopló. 

La diferencia entre ser una invitada y ser una habitante es la intimidad de prender una vela.

He intentado sentir mis casas mías, aunque el ordenador nunca pasaba la noche en el salón, lo traía a la habitación. Tener un cuarto está en el top tres de cosas más maravillosas que ocurren. Una victoria que se logra en la adolescencia y, tristemente, se pierde en el amor. Compartimos habitación, cama, armario, quitamos los pósters, o los juntamos en una pared ecléctica. Ya no es mía, es un híbrido. 

El dormitorio sostiene mi identidad, es el pulmón de la casa. Aquí hacemos lo que yo diga, es mi balón. Si yo no quiero jugar, nadie juega. Es el lugar donde perfecciono un hobby secreto. Para su buen uso, mis no negociables son (en ese orden):

  1. El escritorio (que da la contundencia y me saca del colchón)
  2. La cama (para unas cómodas alucinaciones hipnagógicas)
  3. La lámpara (la luz del techo es inservible, clínica)

Lo demás se puede esparcir por el suelo. Los libros de Anagrama, las faldas de tablas, el diploma del máster, un diente de niña, las cartas que me dejaron cuando tuve covid, un corazón roto.

Imagen: Agathe Vaito

La casa es pidona: exige inspección, limpieza, orden y el delirio para ignorarlo todo y poder ocuparme de otros asuntos de interés. Es un chico al que no entiendo porque habla bajito y ya me canso de preguntarle ¿qué?, y asiento, o me río cascabelera, o me pongo el mechón tras la oreja. Toreo a la casa para que me deje un ratito en paz. 

Aquí nadie puede encontrarme. Solo el casero.

El casero convive sin asumir gastos; decide si tres fuegos son suficientes (y por eso no hay que arreglar el cuarto), si tengo que pagar la tasa de basura o si se pinta la mancha que parece la Gran Nube de Magallanes. En un ademán heroico me redujo el alquiler durante la pandemia y, a finales de año, me pidió que le abonara lo que le debía. “¿Pensabas que era un regalo?”. Mi casero me hizo llorar. Es difícil amar a un casero, ser agradecida, valorar su charla cuando viene a tu (¿su?) casa y usa tu (¿su?) baño. 

Me acuerdo de la mirada triste de mi padre cuando vio el suelo levantado, el terror de que me clavara en el pie una baldosa y que me lo atravesara. Me acuerdo de todas las excusas que pusieron los dueños de mi (¿su?) hogar.

No son malos, pero también tienen hijos como yo y quieren pagarles la universidad, el máster, el primer negocio, el cole de los nietos y un chalet en las afueras con piscina. Porque esta “¡se paga sola!” (la pago yo). Temen a los okupas, pobres. Busco en internet: “Cómo ser okupa”. Que nooooooooooooo. Soy indulgente y entrañable, el propietario lo sabe. Siempre le pregunto si quiere algo de beber, atemorizada porque me suba el alquiler. Estoy secuestrada en la simpatía. 

Lo que más he pensado en la veintena es en la casa. Me preocupa más pagar el alquiler que cómo hacerlo; llegar al dinero se impone. Como una celiaquía, estoy en alerta incesante. ¿Cómo hacen los otros para vivir solos? ¿Seré yo un personaje de Netflix con su pisito de soltera en Chamberí? ¿Por qué mis abuelos no compraron un piso dentro de la M-30 por dos vacas rubias y una bolsa de pesetas? 

Yo quería ser pija y me dieron culpa por gastar. Yo quería ser frívola y me dieron una cuenta de ahorros. Yo quería ser excesiva y me dieron precios inasequibles de alquileres inmundos. Yo quería ser graciosa y me dieron ganas de compartir la tumba. Los gastos, quiero decir.

La rabia no va a tutelar mi juventud. Para mantenerme garbosa escucho jazz: Although I can't dismiss the memory of her kiss,/ I guess she's not for meeeeeee.

Es desolador, pero yo conservo la fe. A este piso entré por recomendación, cuesta menos de lo habitual. Tengo un toque individualista: pienso que, aunque el mercado esté quebrado, me las arreglaré para conseguir luz, que estoy protegida de lo cutre, que me salgo con la mía y, sobre todo, que la suerte está conmigo. Si no, no pasa nada. Si no, la fuerzo.

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Dios hizo el mundo en seis días, mi hogar lo encuentro en 30. Un mes de preaviso para dejar el piso y al mismo tiempo para buscar el siguiente; que me cautive, que encaje en mi partida presupuestaria y que yo deslumbre entre el casting de interesados. La mudanza es un rito que empieza con un secuestro económico (la fianza o depósito u honorarios, ah, ya por ley no se puede, pero sí, págamelo en efectivo, gracias, gracias, el piso es tuyo); continúa con una prospección de mi vida laboral como aval y termina, evidentemente, con la desesperanza. 

Todo precario, todo sudor, todo angustia.

Con lo poco que me dan, trato de armar una casa. Como Los tres cerditos. Casas de padres, casas de desconocidos, casas de abuelas, casas de amigos, casas de amantes. Y sopló y sopló. 

La diferencia entre ser una invitada y ser una habitante es la intimidad de prender una vela.

He intentado sentir mis casas mías, aunque el ordenador nunca pasaba la noche en el salón, lo traía a la habitación. Tener un cuarto está en el top tres de cosas más maravillosas que ocurren. Una victoria que se logra en la adolescencia y, tristemente, se pierde en el amor. Compartimos habitación, cama, armario, quitamos los pósters, o los juntamos en una pared ecléctica. Ya no es mía, es un híbrido. 

El dormitorio sostiene mi identidad, es el pulmón de la casa. Aquí hacemos lo que yo diga, es mi balón. Si yo no quiero jugar, nadie juega. Es el lugar donde perfecciono un hobby secreto. Para su buen uso, mis no negociables son (en ese orden):

  1. El escritorio (que da la contundencia y me saca del colchón)
  2. La cama (para unas cómodas alucinaciones hipnagógicas)
  3. La lámpara (la luz del techo es inservible, clínica)

Lo demás se puede esparcir por el suelo. Los libros de Anagrama, las faldas de tablas, el diploma del máster, un diente de niña, las cartas que me dejaron cuando tuve covid, un corazón roto.

Imagen: Agathe Vaito

La casa es pidona: exige inspección, limpieza, orden y el delirio para ignorarlo todo y poder ocuparme de otros asuntos de interés. Es un chico al que no entiendo porque habla bajito y ya me canso de preguntarle ¿qué?, y asiento, o me río cascabelera, o me pongo el mechón tras la oreja. Toreo a la casa para que me deje un ratito en paz. 

Aquí nadie puede encontrarme. Solo el casero.

El casero convive sin asumir gastos; decide si tres fuegos son suficientes (y por eso no hay que arreglar el cuarto), si tengo que pagar la tasa de basura o si se pinta la mancha que parece la Gran Nube de Magallanes. En un ademán heroico me redujo el alquiler durante la pandemia y, a finales de año, me pidió que le abonara lo que le debía. “¿Pensabas que era un regalo?”. Mi casero me hizo llorar. Es difícil amar a un casero, ser agradecida, valorar su charla cuando viene a tu (¿su?) casa y usa tu (¿su?) baño. 

Me acuerdo de la mirada triste de mi padre cuando vio el suelo levantado, el terror de que me clavara en el pie una baldosa y que me lo atravesara. Me acuerdo de todas las excusas que pusieron los dueños de mi (¿su?) hogar.

No son malos, pero también tienen hijos como yo y quieren pagarles la universidad, el máster, el primer negocio, el cole de los nietos y un chalet en las afueras con piscina. Porque esta “¡se paga sola!” (la pago yo). Temen a los okupas, pobres. Busco en internet: “Cómo ser okupa”. Que nooooooooooooo. Soy indulgente y entrañable, el propietario lo sabe. Siempre le pregunto si quiere algo de beber, atemorizada porque me suba el alquiler. Estoy secuestrada en la simpatía. 

Lo que más he pensado en la veintena es en la casa. Me preocupa más pagar el alquiler que cómo hacerlo; llegar al dinero se impone. Como una celiaquía, estoy en alerta incesante. ¿Cómo hacen los otros para vivir solos? ¿Seré yo un personaje de Netflix con su pisito de soltera en Chamberí? ¿Por qué mis abuelos no compraron un piso dentro de la M-30 por dos vacas rubias y una bolsa de pesetas? 

Yo quería ser pija y me dieron culpa por gastar. Yo quería ser frívola y me dieron una cuenta de ahorros. Yo quería ser excesiva y me dieron precios inasequibles de alquileres inmundos. Yo quería ser graciosa y me dieron ganas de compartir la tumba. Los gastos, quiero decir.

La rabia no va a tutelar mi juventud. Para mantenerme garbosa escucho jazz: Although I can't dismiss the memory of her kiss,/ I guess she's not for meeeeeee.

Es desolador, pero yo conservo la fe. A este piso entré por recomendación, cuesta menos de lo habitual. Tengo un toque individualista: pienso que, aunque el mercado esté quebrado, me las arreglaré para conseguir luz, que estoy protegida de lo cutre, que me salgo con la mía y, sobre todo, que la suerte está conmigo. Si no, no pasa nada. Si no, la fuerzo.

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