Pitidos censores

Me anima a abonarme al exabrupto, que no es un arte menor. Si conseguimos que todo pite sin parar, igual un día revienta tanta gilipollez.

A veces estás en mitad de una buena canción y los auriculares se quedan sin batería. Lo repentino forma parte de nuestra vida; aterriza en nuestra rutina sin dejarnos margen de maniobra. Lo último que me ha pillado con el pie cambiado ha sido una moda inquietante: la irrupción en los medios de los pitidos censores. Cada vez me encuentro con más programas de televisión o pódcast con esos lamparones. Se trata de una invasión, como la de las cotorras argentinas. Ante una palabra malsonante o una marca publicitaria, estallan los pitidos, que se van extendiendo por todas partes y nadie dice nada. De hecho, empiezo a pensar que los propios locutores o presentadores quieren tener pitidos en sus programas. No quieren quedarse atrás, perder caché. ¿Tu programa nunca pita? Menuda basura. ¿No te has apuntado a la moda de la censura manifiesta? Vaya.

Creo que fue Juan Tallón el que escribió una columna sobre una mosca que se posó en el pelo blanco de un político estadounidense durante una entrevista. Ya no importaba nada lo que dijese aquel hombre. Una mosca negra en contraste perfecto con su pelo canoso opacaba cualquier palabra que pronunciase. Con los pitidos censores me pasa lo mismo. Para mí, pierde interés una entrevista después de que se haya ocultado parte del mensaje de una forma tan burda. Es algo muy Cuéntame cómo pasó. ¿Tendremos que volver a Perpiñán?

A veces, además, la censura es muy torpe, tan solo una molestia ineficaz. Se adivina la palabra prohibida y el ridículo del medio se redobla, y no solo por la ineptitud, sino también por la chorrada que se oculta. El otro día, por ejemplo, un actor no paraba de decir «hostia» cuando respondía las preguntas de un periodista. El hombre quería enfatizar sus ideas; sin embargo, consiguió lo contrario: sus palabras terminaron tan adornadas por pitidos que desaparecieron. ¡Hostia, nada más y nada menos! Otro caso curioso fue el de la presentación del último libro de Paulina Flores en Barcelona, acompañada por Luna Miguel. Ambas anunciaron el evento en Instagram y compartieron lo que otros publicaban. Parece algo normal; sin embargo, volví a toparme con el espíritu del pitido censor: La próxima vez que te vea, te mato me parece un título estupendo, pero la red social debe de interpretarlo como una incitación al asesinato, así que todos tenían que esconder la última palabra para no ser censurados. Unos la tapaban con una pistolita; otros dejaban un lápiz encima de la palabra peligrosa antes de hacerle la foto al libro. En fin, cada uno hizo lo que se le ocurrió. Y no pasó nada. Imagino que a ninguno le chirrió. También he visto estallar pitidos ante un «coño», palabra tan habitual que solo llama la atención cuando intentan suprimirla. Es decir, el umbral censor es ridículo. ¿Ante qué algoritmo llegaremos a plegarnos para poder seguir saliendo en la foto? ¿Dejará de ser posible entrevistar en condiciones a Robe Iniesta?

A juzgar por su imparable proliferación, supongo que la gente está encantada con los pitidos. Algunos dirán que tiene su gracia, que es un nuevo estilo comunicativo. A mí me parece rancio. Me anima a abonarme al exabrupto, que no es un arte menor. Si conseguimos que todo pite sin parar, igual un día revienta tanta gilipollez.

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Pitidos censores

Me anima a abonarme al exabrupto, que no es un arte menor. Si conseguimos que todo pite sin parar, igual un día revienta tanta gilipollez.

A veces estás en mitad de una buena canción y los auriculares se quedan sin batería. Lo repentino forma parte de nuestra vida; aterriza en nuestra rutina sin dejarnos margen de maniobra. Lo último que me ha pillado con el pie cambiado ha sido una moda inquietante: la irrupción en los medios de los pitidos censores. Cada vez me encuentro con más programas de televisión o pódcast con esos lamparones. Se trata de una invasión, como la de las cotorras argentinas. Ante una palabra malsonante o una marca publicitaria, estallan los pitidos, que se van extendiendo por todas partes y nadie dice nada. De hecho, empiezo a pensar que los propios locutores o presentadores quieren tener pitidos en sus programas. No quieren quedarse atrás, perder caché. ¿Tu programa nunca pita? Menuda basura. ¿No te has apuntado a la moda de la censura manifiesta? Vaya.

Creo que fue Juan Tallón el que escribió una columna sobre una mosca que se posó en el pelo blanco de un político estadounidense durante una entrevista. Ya no importaba nada lo que dijese aquel hombre. Una mosca negra en contraste perfecto con su pelo canoso opacaba cualquier palabra que pronunciase. Con los pitidos censores me pasa lo mismo. Para mí, pierde interés una entrevista después de que se haya ocultado parte del mensaje de una forma tan burda. Es algo muy Cuéntame cómo pasó. ¿Tendremos que volver a Perpiñán?

A veces, además, la censura es muy torpe, tan solo una molestia ineficaz. Se adivina la palabra prohibida y el ridículo del medio se redobla, y no solo por la ineptitud, sino también por la chorrada que se oculta. El otro día, por ejemplo, un actor no paraba de decir «hostia» cuando respondía las preguntas de un periodista. El hombre quería enfatizar sus ideas; sin embargo, consiguió lo contrario: sus palabras terminaron tan adornadas por pitidos que desaparecieron. ¡Hostia, nada más y nada menos! Otro caso curioso fue el de la presentación del último libro de Paulina Flores en Barcelona, acompañada por Luna Miguel. Ambas anunciaron el evento en Instagram y compartieron lo que otros publicaban. Parece algo normal; sin embargo, volví a toparme con el espíritu del pitido censor: La próxima vez que te vea, te mato me parece un título estupendo, pero la red social debe de interpretarlo como una incitación al asesinato, así que todos tenían que esconder la última palabra para no ser censurados. Unos la tapaban con una pistolita; otros dejaban un lápiz encima de la palabra peligrosa antes de hacerle la foto al libro. En fin, cada uno hizo lo que se le ocurrió. Y no pasó nada. Imagino que a ninguno le chirrió. También he visto estallar pitidos ante un «coño», palabra tan habitual que solo llama la atención cuando intentan suprimirla. Es decir, el umbral censor es ridículo. ¿Ante qué algoritmo llegaremos a plegarnos para poder seguir saliendo en la foto? ¿Dejará de ser posible entrevistar en condiciones a Robe Iniesta?

A juzgar por su imparable proliferación, supongo que la gente está encantada con los pitidos. Algunos dirán que tiene su gracia, que es un nuevo estilo comunicativo. A mí me parece rancio. Me anima a abonarme al exabrupto, que no es un arte menor. Si conseguimos que todo pite sin parar, igual un día revienta tanta gilipollez.

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