Salitre y paz

Puede que el mar sea el psicólogo más barato. Ni siquiera es necesario pagarle y siempre está disponible. No entiende de horarios, no nos juzga, no nos pregunta.

Hay sensaciones que son difíciles de entender y mucho más difíciles de explicar. Me gustaría sentirme cómodo en alguna de las dos opciones anteriores, pero estaría mintiendo. Sé que todo viene de aquella fatídica noche de enero de hace años donde lloraba al teléfono con Alfonso. Mi cabeza debe de haber desarrollado un mecanismo de defensa para lanzar mensajes negativos cuando, aparentemente, no hay ningún riesgo. Una manera de sabotear situaciones como medida de prevención frente a daños futuros, pero que cuando uno cae en la cuenta empieza a preguntarse cuántas veces podrían haber tenido un final distinto. Pienso en ello desde una terraza a escasos metros de la playa mientras esta parte del mundo comienza a dormirse y la otra a despertarse. El mar está en calma, a su alrededor apenas hay un par de pescadores. No somos muchos los que estamos fuera porque hace un viento que invita a todo menos a estar en la calle, pero frente a él uno siempre está a gusto. Menos solo. 

Puede que el mar sea el psicólogo más barato. Ni siquiera es necesario pagarle y siempre está disponible. No entiende de horarios, no nos juzga, no nos pregunta. Simplemente, nos escucha mientras poco a poco vamos dejando a un lado la coraza o el escudo con el que nos hemos acostumbrado a vivir hasta que terminamos mostrando todos nuestros miedos, todas nuestras inseguridades. Tal vez sea la mejor compañía que podemos tener aquellos que nos gusta estar solos porque necesitamos nuestro tiempo para entendernos, para querernos, para llorarnos. Para ponerle freno a toda esa vertiginosidad que por momentos se apodera de nosotros. Todavía no he entendido su poder sobre el ser humano, pero frente a él los problemas se diluyen en la inmensidad de sus aguas y todo parece estar mucho más tranquilo. No sé si será el sonido de las olas rompiendo contra las rocas o deshaciéndose en la orilla. El aleteo de las gaviotas, sus graznidos, el horizonte o, simplemente, la belleza de todos estos elementos puestos en un mismo lugar como en los cuadros que pintaba Sorolla. Aunque lo importante no es la causa que lo produce sino el efecto que tiene. Y eso es impagable.

Después de haber estado observándole varias horas he llegado a la conclusión de que a veces la única manera que tenemos de avanzar es enfrentándonos a nosotros mismos. Vivir pisando el freno cuando no tenemos un motivo para ello es como intentar jugar un partido de fútbol con un balón pinchado. Nada será real, no será bonito y será cuestión de tiempo que acabemos abandonando. Y todo porque no somos capaces de ponerle un parche a las heridas que nos hicieron y seguimos permitiendo a nuestros enemigos gobernarnos a través del dolor que nos causaron. No sé si siempre hay que perdonar, pero de lo que sí que estoy seguro es que no hay que vivir con rencor, odio o miedo. Las cosas no pueden caer en el olvido, pero no deben condicionarnos porque, por suerte, los buenos somos más que los malos, y, aunque en alguna que otra ocasión perdamos, tarde o temprano terminaremos ganando. No hemos venido a este mundo para ser prisioneros, sino para caminar por las selvas más profundas, escalar las paredes más escarpadas y navegar los mares más bravos. No se trata de seguir viviendo como si nada hubiera sucedido, sino de demostrarnos a nosotros mismos que nada ni nadie podrá tirarnos al suelo porque tarde o temprano terminaremos levantándonos. Aunque nos tiemblen las piernas. Aunque lloremos en silencio. El salitre del mar terminará curándonos. 

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Hay sensaciones que son difíciles de entender y mucho más difíciles de explicar. Me gustaría sentirme cómodo en alguna de las dos opciones anteriores, pero estaría mintiendo. Sé que todo viene de aquella fatídica noche de enero de hace años donde lloraba al teléfono con Alfonso. Mi cabeza debe de haber desarrollado un mecanismo de defensa para lanzar mensajes negativos cuando, aparentemente, no hay ningún riesgo. Una manera de sabotear situaciones como medida de prevención frente a daños futuros, pero que cuando uno cae en la cuenta empieza a preguntarse cuántas veces podrían haber tenido un final distinto. Pienso en ello desde una terraza a escasos metros de la playa mientras esta parte del mundo comienza a dormirse y la otra a despertarse. El mar está en calma, a su alrededor apenas hay un par de pescadores. No somos muchos los que estamos fuera porque hace un viento que invita a todo menos a estar en la calle, pero frente a él uno siempre está a gusto. Menos solo. 

Puede que el mar sea el psicólogo más barato. Ni siquiera es necesario pagarle y siempre está disponible. No entiende de horarios, no nos juzga, no nos pregunta. Simplemente, nos escucha mientras poco a poco vamos dejando a un lado la coraza o el escudo con el que nos hemos acostumbrado a vivir hasta que terminamos mostrando todos nuestros miedos, todas nuestras inseguridades. Tal vez sea la mejor compañía que podemos tener aquellos que nos gusta estar solos porque necesitamos nuestro tiempo para entendernos, para querernos, para llorarnos. Para ponerle freno a toda esa vertiginosidad que por momentos se apodera de nosotros. Todavía no he entendido su poder sobre el ser humano, pero frente a él los problemas se diluyen en la inmensidad de sus aguas y todo parece estar mucho más tranquilo. No sé si será el sonido de las olas rompiendo contra las rocas o deshaciéndose en la orilla. El aleteo de las gaviotas, sus graznidos, el horizonte o, simplemente, la belleza de todos estos elementos puestos en un mismo lugar como en los cuadros que pintaba Sorolla. Aunque lo importante no es la causa que lo produce sino el efecto que tiene. Y eso es impagable.

Después de haber estado observándole varias horas he llegado a la conclusión de que a veces la única manera que tenemos de avanzar es enfrentándonos a nosotros mismos. Vivir pisando el freno cuando no tenemos un motivo para ello es como intentar jugar un partido de fútbol con un balón pinchado. Nada será real, no será bonito y será cuestión de tiempo que acabemos abandonando. Y todo porque no somos capaces de ponerle un parche a las heridas que nos hicieron y seguimos permitiendo a nuestros enemigos gobernarnos a través del dolor que nos causaron. No sé si siempre hay que perdonar, pero de lo que sí que estoy seguro es que no hay que vivir con rencor, odio o miedo. Las cosas no pueden caer en el olvido, pero no deben condicionarnos porque, por suerte, los buenos somos más que los malos, y, aunque en alguna que otra ocasión perdamos, tarde o temprano terminaremos ganando. No hemos venido a este mundo para ser prisioneros, sino para caminar por las selvas más profundas, escalar las paredes más escarpadas y navegar los mares más bravos. No se trata de seguir viviendo como si nada hubiera sucedido, sino de demostrarnos a nosotros mismos que nada ni nadie podrá tirarnos al suelo porque tarde o temprano terminaremos levantándonos. Aunque nos tiemblen las piernas. Aunque lloremos en silencio. El salitre del mar terminará curándonos. 

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