Tutto Passa

He decepcionado a personas por las que sería capaz de andar en el agua. No hay mejor sensación que la de conocerse y reconocerse en las hechuras del alma.

Puede que todavía no te hayas dado cuenta para qué estás aquí, cuáles son tus dones, cuál es tu motivo. Incluso puede que no tengas ninguno y simplemente tengas que disfrutar de lo que está por venir. Puede que ayer, hoy o mañana hayan sido o vayan a ser los peores días de tu vida, pero no pasa nada. Y no pasa nada porque estás vivo. Fíjate qué simple, qué sencillo. Todo el resto de las cosas son totalmente pasajeras y, probablemente, la mayoría innecesarias. Por mucho que ahora sientas que el mundo se te cae encima, que no hay alternativa, que vas a claudicar en esta batalla. He perdido muchas veces y todavía no soy consciente de todas las que me faltan. He perdido amigos por mantener mis principios a raya, mujeres que valían la pena y que ahora tengo que verlas de la mano de otro hombre, contento de que hayan encontrado lo que no fui capaz de darles, porque no estaba en mi mejor momento o, quizás, porque el miedo me jugó una mala pasada. Quien nunca es capaz de ver que él puede ser el problema, usa el típico argumento de que no era la adecuada. He perdido oportunidades por mis complejos que otros soñarían con tener. He perdido atardeceres, silencios, madrugadas. He perdido canciones que nunca volverán a sonar como sonaban ayer. He decepcionado a personas por las que sería capaz de andar en el agua. He sentido heridas que creía cicatrizadas. He sentido que el mundo se abría bajo mis pies y que me perdía en su mirada.

Pero aquí estoy, caminando por el tablón de madera de este barco pirata a punto de cumplir veintiséis. Apenas faltan cinco días. Y miro para atrás pensando en todo lo que creí que nunca superaría, todo lo que pensé que me arrastraría, y se me dibuja una sonrisa en la cara de esas que nos salen cuando nuestro equipo mete un gol en el minuto noventa. Una sonrisa cargada de ironía, una pizca de maldad al acordarte de los que te querían ver caer y tendrán que esperar a otro día, pero llena de la esperanza de quien sabe que tiene una nueva oportunidad para volver a intentarlo, para volver a luchar contra los defectos que Dios le ha dado y que ha aprendido a verlos aparecer a kilómetros andando con el diablo. Porque no hay mejor sensación que la de conocerse y reconocerse en las hechuras del alma, de saber anticipar por dónde va a querer salir a bailar el próximo tango el duende que vive en nuestra espalda. Cuando uno ya sabe cómo poner la muleta para llevar al toro por donde uno quiere que vaya, cuando uno toma las riendas en las horas más intempestivas de una batalla, asume que todo pasa, que ningún dolor es para siempre porque de tanto convivir con él empieza a cogerle cariño para buscar el lado por el que menos rasca y que tan solo tiene que buscar cobijo en aquellos que le quieren hasta que la lluvia se va y el sol vuelve a salir como cada mañana.

Levántate, vete al baño a darte una ducha o lavarte la cara y mira fijamente a la persona que aparece en el espejo. No te hace falta música, alcohol, drogas o ruido para aprender a mirarla. Solamente silencio. Silencio y muchas ganas de aprender a querer lo que estás viendo porque es con la única persona con la que vas a tener que convivir hasta que te vayas. Y no vas a decidir irte porque sabes que merece la pena estar aquí. Aunque parezca que todo está a oscuras, que no tienes en quien apoyarte para salir del agua. Créeme que si hay gente a tu alrededor, que están ahí fuera, que no quieren saber de ti para molestarte sino para sentirte cerca. Grábate a fuego en tu cabeza la frase de que todo pasa, porque nunca entre tantas pocas letras pudo vivir la esperanza.

Sirva esta columna para agradecer a los que confiaron en mí cuando ni si quiera uno lo hacía, a los que se quedaron cuando lo fácil era salir corriendo en dirección contraria y a quienes cada día me dan un motivo para seguir navegando un barco que se pasa la mitad del año a la deriva tratando de encontrar un rumbo, una playa. Nadie necesita saber sus nombres, los reconocerán por su mirada. Compartimos las mismas cicatrices que la vida nos hizo en el alma. Voy camino de la treintena. Mi lealtad sigue intacta.

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Pero aquí estoy, caminando por el tablón de madera de este barco pirata a punto de cumplir veintiséis. Apenas faltan cinco días. Y miro para atrás pensando en todo lo que creí que nunca superaría, todo lo que pensé que me arrastraría, y se me dibuja una sonrisa en la cara de esas que nos salen cuando nuestro equipo mete un gol en el minuto noventa. Una sonrisa cargada de ironía, una pizca de maldad al acordarte de los que te querían ver caer y tendrán que esperar a otro día, pero llena de la esperanza de quien sabe que tiene una nueva oportunidad para volver a intentarlo, para volver a luchar contra los defectos que Dios le ha dado y que ha aprendido a verlos aparecer a kilómetros andando con el diablo. Porque no hay mejor sensación que la de conocerse y reconocerse en las hechuras del alma, de saber anticipar por dónde va a querer salir a bailar el próximo tango el duende que vive en nuestra espalda. Cuando uno ya sabe cómo poner la muleta para llevar al toro por donde uno quiere que vaya, cuando uno toma las riendas en las horas más intempestivas de una batalla, asume que todo pasa, que ningún dolor es para siempre porque de tanto convivir con él empieza a cogerle cariño para buscar el lado por el que menos rasca y que tan solo tiene que buscar cobijo en aquellos que le quieren hasta que la lluvia se va y el sol vuelve a salir como cada mañana.

Levántate, vete al baño a darte una ducha o lavarte la cara y mira fijamente a la persona que aparece en el espejo. No te hace falta música, alcohol, drogas o ruido para aprender a mirarla. Solamente silencio. Silencio y muchas ganas de aprender a querer lo que estás viendo porque es con la única persona con la que vas a tener que convivir hasta que te vayas. Y no vas a decidir irte porque sabes que merece la pena estar aquí. Aunque parezca que todo está a oscuras, que no tienes en quien apoyarte para salir del agua. Créeme que si hay gente a tu alrededor, que están ahí fuera, que no quieren saber de ti para molestarte sino para sentirte cerca. Grábate a fuego en tu cabeza la frase de que todo pasa, porque nunca entre tantas pocas letras pudo vivir la esperanza.

Sirva esta columna para agradecer a los que confiaron en mí cuando ni si quiera uno lo hacía, a los que se quedaron cuando lo fácil era salir corriendo en dirección contraria y a quienes cada día me dan un motivo para seguir navegando un barco que se pasa la mitad del año a la deriva tratando de encontrar un rumbo, una playa. Nadie necesita saber sus nombres, los reconocerán por su mirada. Compartimos las mismas cicatrices que la vida nos hizo en el alma. Voy camino de la treintena. Mi lealtad sigue intacta.

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