El gym no da la talla

Los estudios de pilates reformer, barre, indoor cycling o el método 3B inundan las calles y creo que está justificado

El otro día tuve la pésima idea de ir a la primera clase de spinning del día. 7:30 am. Una sala que poco tiene que envidiar a un zulo, lucecitas leds bailando al son de la ¿música? tecno y un profesor más joven que yo con una energía desproporcionada para la hora que era. Planazo. 

Antes de seguir leyendo deja que te ponga en contexto. No soy nueva en spinning, llevo ya un tiempo creyéndome que dos sesiones semanales de 45 minutos son suficientes para compensar mi falta de implicación deportiva. El caso es que para ir acompañada de mi amiga Cate, de vez en cuando, cometo la semejante locura de renunciar a mi horario habitual, 12 horas más tarde. 

Me gusta ir por la tarde, en primer lugar, porque detesto con todas mis fuerzas madrugar y, en segundo, porque el profesor merece la pena. Nunca mejor dicho. Willy pone canciones actuales, sabe cómo levantar los ánimos de una clase abarrotada y no habla de números, habla de que “lo más importante ya lo has hecho, que es venir”. Casi terapéutico, de verdad. 

De Willy me acuerdo subida encima de la bici, aún con la legaña en el ojo mientras un chico de veintimuypocos me grita sonriendo y me pide que haga matemáticas, que cada 5 revoluciones aumente mi ritmo un 5% hasta llegar a 120. ¿120 qué? ¿qué dice? La testosterona pesa en el ambiente, no sólo en spinning, también en la sala de máquinas o en la clase de bootcamp. Es por eso que no me extraña que haya tropecientas mil salas repartidas por la ciudad lideradas por mujeres adaptando disciplinas male-coded hacia una versión más amable, menos ruda y por supuesto menos hostil. 

No estoy diciendo que el deporte sea femenino o masculino, pero el enfoque desde el que se aborda es notablemente diferente. Aislando la salvajada que es el crossfit, los estudios de pilates reformer, barre, indoor cycling o el método 3B inundan las calles a precios altos y sin embargo, en comparación a los gimnasios tradicionales, creo que está justificado. Detalles como que en los baños haya gomas de pelo, desodorantes, secadores potentes, champús que no sean la burda mezcla de gel-champú o incluso tampones, hacen que ir a estos sitios sea entrar en Barbieland por la puerta grande. Pero una cosa te diré, que no te engañen las mil y una tonalidades de beige, terracota o rosa palo ni la cantidad de gente conjuntada que abunda, las clases son intensas y, aunque no en todas sudes por igual, en todas se trabajan zonas del cuerpo que probablemente desconocías antes. 

Personalmente he probado tres de estas disciplinas y a mí que me perdonen, pero las prefiero al gimnasio tradicional. Hay algo en que la instructora no me hable en lenguaje gym bro, aunque me invite a pensar en el sacro más de lo recomendado. En que las canciones que se usen sean esencialmente mi Spotify Wrapped. En que me hablen de fuerza, bienestar y ganas y no de todo lo que he comido el finde. Por eso y muchas más cosas me parece sorprendente que en el último episodio Amiga Date Cuenta se utilicen palabras como tormento o fascismo para referirse a este tipo de salas, como si aquí mi amigo el gym bro de las 7.30 de la mañana fuera mejor plan. 

Me sorprende también que los de Saturday Night live no lo pinten mucho mejor: 

Yo a esta clase no he ido, ya te lo digo

Entiendo lo que dicen, el ambiente puede ser muy auto-exigente, verse fit, mona y fina mientras haces deporte es algo exageradamente contradictorio, sin embargo, creo que estos espacios generan hábitats en los que sentirse más cómoda que en otros centros deportivos, o al menos es mi sensación. La auto-consciencia y el nivel de exposición que percibo en un gimnasio tradicional es mayor. Lógico, hay más gente. Supongo que todo va asociado al tipo de tara que tengamos cada uno. Personalmente prefiero preguntarle a la chica conjuntada de pies a cabeza dónde se llena la botella de agua antes que al forzudo que se pone al máximo la máquina de tríceps (?) y grita con cada repetición. 

Reconozco que, muy a mi pesar, sigo apuntada al gimnasio. Por precio, ubicación y horarios, es lo que mejor me va, pero cada vez que voy y no hago el spinning de Willy, echo de menos las clases de los estudios boutique. Cuando siento que el gimnasio se ha convertido en un sitio hostil en el que ir a sufrir, pongo la oreja en conversaciones ajenas —sí, sí está mal ya lo sé— y me doy cuenta de que el ambiente no se aleja tanto en realidad. Al final, a todos nos preocupan las mismas cosas: seguimos hablando del mal día que hemos tenido en el trabajo, de que hay una mascarilla bien de precio que deja el pelo brillantísimo o de qué cenaremos esta noche, pero con otra decoración y música de fondo. 

Por ahora mantendré la esperanza en que ejerza la ley de la competencia de mercado en algún momento y que los gimnasios canónicos se pongan las pilas, que empiecen a ofrecer alguna consideración femenina y que todas podamos beneficiarnos de ello. A ver si lo de renovarse o morir les pasa un poco de factura también. 

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Costumbres

El gym no da la talla

Los estudios de pilates reformer, barre, indoor cycling o el método 3B inundan las calles y creo que está justificado

El otro día tuve la pésima idea de ir a la primera clase de spinning del día. 7:30 am. Una sala que poco tiene que envidiar a un zulo, lucecitas leds bailando al son de la ¿música? tecno y un profesor más joven que yo con una energía desproporcionada para la hora que era. Planazo. 

Antes de seguir leyendo deja que te ponga en contexto. No soy nueva en spinning, llevo ya un tiempo creyéndome que dos sesiones semanales de 45 minutos son suficientes para compensar mi falta de implicación deportiva. El caso es que para ir acompañada de mi amiga Cate, de vez en cuando, cometo la semejante locura de renunciar a mi horario habitual, 12 horas más tarde. 

Me gusta ir por la tarde, en primer lugar, porque detesto con todas mis fuerzas madrugar y, en segundo, porque el profesor merece la pena. Nunca mejor dicho. Willy pone canciones actuales, sabe cómo levantar los ánimos de una clase abarrotada y no habla de números, habla de que “lo más importante ya lo has hecho, que es venir”. Casi terapéutico, de verdad. 

De Willy me acuerdo subida encima de la bici, aún con la legaña en el ojo mientras un chico de veintimuypocos me grita sonriendo y me pide que haga matemáticas, que cada 5 revoluciones aumente mi ritmo un 5% hasta llegar a 120. ¿120 qué? ¿qué dice? La testosterona pesa en el ambiente, no sólo en spinning, también en la sala de máquinas o en la clase de bootcamp. Es por eso que no me extraña que haya tropecientas mil salas repartidas por la ciudad lideradas por mujeres adaptando disciplinas male-coded hacia una versión más amable, menos ruda y por supuesto menos hostil. 

No estoy diciendo que el deporte sea femenino o masculino, pero el enfoque desde el que se aborda es notablemente diferente. Aislando la salvajada que es el crossfit, los estudios de pilates reformer, barre, indoor cycling o el método 3B inundan las calles a precios altos y sin embargo, en comparación a los gimnasios tradicionales, creo que está justificado. Detalles como que en los baños haya gomas de pelo, desodorantes, secadores potentes, champús que no sean la burda mezcla de gel-champú o incluso tampones, hacen que ir a estos sitios sea entrar en Barbieland por la puerta grande. Pero una cosa te diré, que no te engañen las mil y una tonalidades de beige, terracota o rosa palo ni la cantidad de gente conjuntada que abunda, las clases son intensas y, aunque no en todas sudes por igual, en todas se trabajan zonas del cuerpo que probablemente desconocías antes. 

Personalmente he probado tres de estas disciplinas y a mí que me perdonen, pero las prefiero al gimnasio tradicional. Hay algo en que la instructora no me hable en lenguaje gym bro, aunque me invite a pensar en el sacro más de lo recomendado. En que las canciones que se usen sean esencialmente mi Spotify Wrapped. En que me hablen de fuerza, bienestar y ganas y no de todo lo que he comido el finde. Por eso y muchas más cosas me parece sorprendente que en el último episodio Amiga Date Cuenta se utilicen palabras como tormento o fascismo para referirse a este tipo de salas, como si aquí mi amigo el gym bro de las 7.30 de la mañana fuera mejor plan. 

Me sorprende también que los de Saturday Night live no lo pinten mucho mejor: 

Yo a esta clase no he ido, ya te lo digo

Entiendo lo que dicen, el ambiente puede ser muy auto-exigente, verse fit, mona y fina mientras haces deporte es algo exageradamente contradictorio, sin embargo, creo que estos espacios generan hábitats en los que sentirse más cómoda que en otros centros deportivos, o al menos es mi sensación. La auto-consciencia y el nivel de exposición que percibo en un gimnasio tradicional es mayor. Lógico, hay más gente. Supongo que todo va asociado al tipo de tara que tengamos cada uno. Personalmente prefiero preguntarle a la chica conjuntada de pies a cabeza dónde se llena la botella de agua antes que al forzudo que se pone al máximo la máquina de tríceps (?) y grita con cada repetición. 

Reconozco que, muy a mi pesar, sigo apuntada al gimnasio. Por precio, ubicación y horarios, es lo que mejor me va, pero cada vez que voy y no hago el spinning de Willy, echo de menos las clases de los estudios boutique. Cuando siento que el gimnasio se ha convertido en un sitio hostil en el que ir a sufrir, pongo la oreja en conversaciones ajenas —sí, sí está mal ya lo sé— y me doy cuenta de que el ambiente no se aleja tanto en realidad. Al final, a todos nos preocupan las mismas cosas: seguimos hablando del mal día que hemos tenido en el trabajo, de que hay una mascarilla bien de precio que deja el pelo brillantísimo o de qué cenaremos esta noche, pero con otra decoración y música de fondo. 

Por ahora mantendré la esperanza en que ejerza la ley de la competencia de mercado en algún momento y que los gimnasios canónicos se pongan las pilas, que empiecen a ofrecer alguna consideración femenina y que todas podamos beneficiarnos de ello. A ver si lo de renovarse o morir les pasa un poco de factura también. 

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