Sin reseñas

La magia del descubrimiento está de vuelta, aun llevando consigo la incertidumbre y el riesgo a fallar

Evento relacionado
al
·

El otro día fuimos a una bodega a tomar algo antes de cenar. No estaba en nuestros planes, nos la encontramos de camino. La vimos, teníamos tiempo, había sitio y entramos. Sin colas, sin tik toks y sin Chat GPT. Sin ni siquiera mirar las reseñas de Google Maps. A lo loco. 

Resulta ridículo que esta sea una manera digna de empezar un artículo, ¿no?: «Mírame, no he consultado ninguna fuente para entrar en un local a tomarme una caña». Pero esto que parece tan tonto, deja de serlo en el momento en el que toda opinión está formada por la opinión de otro.

No es que me las quiera dar de pedante y fingir que no soy la primera que nutre su lista de cosas que hacer gracias al contenido ajeno. Sin embargo, a la hora de la verdad, miro esa lista con desgana al entender que mis hallazgos no son más que los hallazgos de todos, y que en realidad, estoy formando parte de un grupo que ha perdido el criterio por completo. Si mi «para ti» de Tik Tok es el mismo que «para Claudia», «para María» y «para Pablo» ¿es realmente un algoritmo personalizado o es una lobotomización al unísono?. Lejos de revelar lo conectados que estamos entre nosotros, es escalofriante pensar que recibimos el mismo contenido adrede, como una forma de control del pensamiento común. 

En primero de carrera, en la asignatura Teoría de las Ciencias de la Información, nos hablaron de un concepto que quiero rescatar del fondo de mi memoria: la agenda setting. De las pocas cosas que recuerdo de aquellas clases, la teoría de la agenda setting ha tenido la capacidad de resurgir en mi mente siempre que ha sido conveniente, véase ahora mismo. Dicha tesis nos habla de la capacidad de ciertos actores, como los medios de comunicación, las redes sociales o incluso los memes, de influir en la agenda pública, es decir, de lo que se habla en la calle. Según la hipótesis, la opinión pública no responde a su entorno real, sino a uno construido por el algoritmo1. Es lícito, en este sentido, pensar que nuestro algoritmo no se amolda a nosotros, sino que nosotros nos amoldamos a él. Yo, que he sido una abanderada de las cookies, siempre en defensa del contenido personalizado con el fin de obtener anuncios y descuentos específicos a mi experiencia vital, ahora, renegando. No, no quiero ir al último sitio que se ha hecho viral. No quiero reservar con mil años de antelación. No quiero fiarme de un @ cualquiera. No quiero hacer cola, sobre todo no quiero hacer cola.


No quiero que me recomiendes lo que has visto recomendado. No quiero que me digas lo que tengo que pedir, ni los trucos que necesito saber, ni dónde me tengo que sentar. Quiero que la experiencia sea mía y de nadie más. Quiero equivocarme, quiero entrar en un sitio pequeño, algo viejo y con la carta escrita a mano, quiero cagarla pidiendo la ensaladilla rusa rancia del mostrador. Y con esto no estoy rechazando a lo popular; estoy haciendo una oda a lo real, a recuperar la experiencia más auténtica que podemos tener como seres humanos: la propia. Como decía Anthony Bourdain: «Don't be afraid to eat a bad meal. You know, if you don't risk the bad meal, you'll never get the magical one». Pues eso. 

Es significativo que tuviera esta pequeña epifanía, si es que puede llamarse así, entrando en una bodega como las de antes. Desde hace unos meses me huelo, igual que un perro trufero, el resurgir de estos sitios que se quedaron anclados en otra época. No lo digo desde la certeza de que lo cañí, sobre todo en el ámbito de la restauración, está de moda, sino porque el interés de descubrir algo único resulta emocionante y cada vez lo hacemos menos. La magia del descubrimiento está de vuelta, aun llevando consigo la incertidumbre y el riesgo a fallar. 

Dichas bodegas no son más que una perfecta metáfora para desarrollar mi propia teoría: 

leo en mil y un sitios que la imperfección se va a convertir en un valor añadido, como señal de una producción artesana y humana. En cierto modo, esas bodegas con la barra de madera antigua y pegajosa, las servilletas de papel inservibles y el mostrador abarrotado de comida, ondean la bandera de la autenticidad. Son lugares a los que no sabíamos que queríamos volver pero que nos hacen sentir como en casa. Después de tanto taburete metálico, tanto tartar de fuet y tantas modas, parece que por fin estamos recuperando lo que fuimos. 

Ah, y en cuanto a la bodega, lo único que puedo decirte es que me gustó mucho y que, por supuesto, no pienso decir dónde está. 

---

1 La teoría habla de los mass-media pero me parece oportuno, con el debido respeto, retocarla e introducir el concepto del algoritmo en ella. 

sustrato funciona gracias a las aportaciones de lectores como tú, que llegas al final de los artículos. Por eso somos de verdad independientes.
Lee a tus autores favoritos y apoya directamente su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES
Gastronomía
Sin reseñas
La magia del descubrimiento está de vuelta, aun llevando consigo la incertidumbre y el riesgo a fallar
Evento relacionado
al
·

El otro día fuimos a una bodega a tomar algo antes de cenar. No estaba en nuestros planes, nos la encontramos de camino. La vimos, teníamos tiempo, había sitio y entramos. Sin colas, sin tik toks y sin Chat GPT. Sin ni siquiera mirar las reseñas de Google Maps. A lo loco. 

Resulta ridículo que esta sea una manera digna de empezar un artículo, ¿no?: «Mírame, no he consultado ninguna fuente para entrar en un local a tomarme una caña». Pero esto que parece tan tonto, deja de serlo en el momento en el que toda opinión está formada por la opinión de otro.

No es que me las quiera dar de pedante y fingir que no soy la primera que nutre su lista de cosas que hacer gracias al contenido ajeno. Sin embargo, a la hora de la verdad, miro esa lista con desgana al entender que mis hallazgos no son más que los hallazgos de todos, y que en realidad, estoy formando parte de un grupo que ha perdido el criterio por completo. Si mi «para ti» de Tik Tok es el mismo que «para Claudia», «para María» y «para Pablo» ¿es realmente un algoritmo personalizado o es una lobotomización al unísono?. Lejos de revelar lo conectados que estamos entre nosotros, es escalofriante pensar que recibimos el mismo contenido adrede, como una forma de control del pensamiento común. 

En primero de carrera, en la asignatura Teoría de las Ciencias de la Información, nos hablaron de un concepto que quiero rescatar del fondo de mi memoria: la agenda setting. De las pocas cosas que recuerdo de aquellas clases, la teoría de la agenda setting ha tenido la capacidad de resurgir en mi mente siempre que ha sido conveniente, véase ahora mismo. Dicha tesis nos habla de la capacidad de ciertos actores, como los medios de comunicación, las redes sociales o incluso los memes, de influir en la agenda pública, es decir, de lo que se habla en la calle. Según la hipótesis, la opinión pública no responde a su entorno real, sino a uno construido por el algoritmo1. Es lícito, en este sentido, pensar que nuestro algoritmo no se amolda a nosotros, sino que nosotros nos amoldamos a él. Yo, que he sido una abanderada de las cookies, siempre en defensa del contenido personalizado con el fin de obtener anuncios y descuentos específicos a mi experiencia vital, ahora, renegando. No, no quiero ir al último sitio que se ha hecho viral. No quiero reservar con mil años de antelación. No quiero fiarme de un @ cualquiera. No quiero hacer cola, sobre todo no quiero hacer cola.


No quiero que me recomiendes lo que has visto recomendado. No quiero que me digas lo que tengo que pedir, ni los trucos que necesito saber, ni dónde me tengo que sentar. Quiero que la experiencia sea mía y de nadie más. Quiero equivocarme, quiero entrar en un sitio pequeño, algo viejo y con la carta escrita a mano, quiero cagarla pidiendo la ensaladilla rusa rancia del mostrador. Y con esto no estoy rechazando a lo popular; estoy haciendo una oda a lo real, a recuperar la experiencia más auténtica que podemos tener como seres humanos: la propia. Como decía Anthony Bourdain: «Don't be afraid to eat a bad meal. You know, if you don't risk the bad meal, you'll never get the magical one». Pues eso. 

Es significativo que tuviera esta pequeña epifanía, si es que puede llamarse así, entrando en una bodega como las de antes. Desde hace unos meses me huelo, igual que un perro trufero, el resurgir de estos sitios que se quedaron anclados en otra época. No lo digo desde la certeza de que lo cañí, sobre todo en el ámbito de la restauración, está de moda, sino porque el interés de descubrir algo único resulta emocionante y cada vez lo hacemos menos. La magia del descubrimiento está de vuelta, aun llevando consigo la incertidumbre y el riesgo a fallar. 

Dichas bodegas no son más que una perfecta metáfora para desarrollar mi propia teoría: 

leo en mil y un sitios que la imperfección se va a convertir en un valor añadido, como señal de una producción artesana y humana. En cierto modo, esas bodegas con la barra de madera antigua y pegajosa, las servilletas de papel inservibles y el mostrador abarrotado de comida, ondean la bandera de la autenticidad. Son lugares a los que no sabíamos que queríamos volver pero que nos hacen sentir como en casa. Después de tanto taburete metálico, tanto tartar de fuet y tantas modas, parece que por fin estamos recuperando lo que fuimos. 

Ah, y en cuanto a la bodega, lo único que puedo decirte es que me gustó mucho y que, por supuesto, no pienso decir dónde está. 

---

1 La teoría habla de los mass-media pero me parece oportuno, con el debido respeto, retocarla e introducir el concepto del algoritmo en ella. 

sustrato se mantiene independiente y original gracias a las aportaciones de lectores como tú, que llegas al final de los artículos.
Lo que hacemos es repartir vuestras cuotas de manera justa y directa entre los autores.
Lee a tus autores favoritos y apoya directamente su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES