El otro día decía Pierre que para escribir columnas el proceso va desde que te pasa algo, crees que ese algo merece la pena, hasta intentar llegar a una conclusión que va a compensar el tiempo invertido por el lector. En su honor, voy a intentar seguir esa estructura.
En una de mis interminables horas invertidas en twitter, vi el vídeo de cómo unos cuantos jóvenes esperaban para comprar la PlayStation 2 en Estados Unidos. Desconozco la fecha del vídeo pero, chequeando en Google, el lanzamiento se produjo en Octubre del 2000. La búsqueda en sí misma me ha hecho daño. El vídeo no tiene nada más que eso, gente esperando organizadamente para hacerse con su maquinita, que diría mi madre. El vídeo me gusta pese a hacerme sentir viejo, es un mundo inocente, anterior al 11S, mundo que los que se gradúen este año de la universidad no vivieron. No hay excentricidades, no hay paranoias montadas, la gente va con sus caras llenas de granos a comprar una consola porque para ellos no significa nada más que eso, un objeto de entretenimiento.
En el lejano septiembre de 2024, se empezó a emitir La Revuelta en TVE. A partir de ahí se dió un fenómeno donde los espectadores, los políticos, y medio país estaba pendiente de los resultados de audiencia de ese programa y su competidor y, lo que es más cómico, de hacer una exposición pública de que veían uno u otro o comentando, como si de un partido de fútbol se tratase.
Durante el todavía más lejano verano de 2023, de manera similar, vimos como la película Barbie se convertía en algo más que una película. La masa acudía a verla pero no sólamente como aficionados, sino ataviados con colores rosas, ropa como con un toque cowboy, como si todos ellos fuesen parte de la película, como si no fuese suficiente con verlo, hay que decirle al mundo entero que ellos van a ver Barbie porque, entendían, que se asignaba cierto “algo” a ver la película.
Esta semana, por acercarnos al presente, en Sustrato —debería cobrar comisión por el crosselling—, Amaya escribía un artículo muy largo, en mi opinión demasiado largo y recargado, demasiada palabrería para algo tan nimio como una smash burger, no es necesario escribir una tesis para hablar de personajes lamentables como Pablo Cabezali o Cabezudo -no quiero ni saber cómo se llama-, también conocido como CenandoConPablo y una, rebuscada, relación con elecciones políticas o con filias de los consumidores de bocadillos de carne aplastada.
Siguiendo el esquema que mencionaba Pierre, ahora es el momento de intentar mostrar una conclusión, intentando, a poder ser, citar a alguien para validarla, y así parecer más leído e inteligente. De antemano, asumo mi fracaso con lo último pero vamos a ello.
En los casos actuales que menciono hablamos de tres productos de consumo: un programa de televisión, una película o una hamburguesa. Podríamos haber elegido más cosas como una marca de ropa que está hecha de plástico reciclado, usar Apple y no Android, alardear de dejar Twitter.
El punto en cuestión es cómo simples productos de consumo se han acabado convirtiendo en algo más o, peor, se han convertido en elementos que permiten al consumidor, a la persona, posicionarse de una manera o de otra ante los demás, como una manera de significarse ante el mundo, expresar unas inquietudes, una posición política o ideológica frente al otro, un otro que, obviamente, es peor que él y quiere que todo el mundo lo sepa.
Los productos no han cambiado, siguen satisfaciendo necesidades, pero somos nosotros los consumidores quienes les otorgamos otras cualidades o emitimos juicios en torno a lo que consume una u otra persona. Esta forma de definirnos es empleada por las propias marcas que intentan vincularse con dichas causas para generar una unión y por su propio interés. No venden productos, venden identidad. Nike no apoya el BLM por convicción, ni P&G el movimiento LGTBIQ++, solo han aprendido que las causas venden. Otras veces, creemos que al consumir apoyamos una causa y nos sentimos virtuosos. En el mundo más conectado posible, tenemos a los habitantes más desconectados de la realidad, que creen que consumir ciertos productos están ayudando a sus causas. La vida como un simulacro de acción política.
El consumo siempre ha sido considerado una forma de marcador social, lo cual es lógico porque va unido al propio coste del producto. Pero asignarle otro tipo de valores o un sentido de pertenencia señala que la separación que existe entre cada uno de nosotros es cada vez mayor y buscamos desesperadamente unos iguales que nos ayuden a sentirnos menos solos. A veces, me hace pensar que en un mundo que ha ido apartando los valores sobre los que se sustenta, incluida la religión, acaba por intentar encontrar, si no la salvación, al menos dotar a todo de una mayor trascendencia para hacer más llevadera su estancia en este mundo. “A medida que se cree menos en el alma, es decir, en la mortalidad consciente, personal y concreta, se exagera más el valor de la pobre vida pasajera” escribió Unamuno (he aquí la cita para hacerme el leído). A medida que creemos más en nada, más valor tienen las cosas mundanas de nuestro día a día.
En un mundo sin Dios, donde no creemos en nada, no actuamos por nada y sólo aparentamos, manteniendo con todo esa distancia irónica tan propia de nuestra época, buscamos el sentido en las transacciones económicas, dotándolas de un algo más que no tienen. Buscamos experiencias en todo, sentirnos mejor y ridiculizar lo que otros hacen, comen o ven desde unas atalayas morales falsas. Queremos buscarle un sentido extra cuando, a veces, una película, un programa o una hamburguesa son solo eso: simples objetos que cubren una necesidad. No una trinchera donde depositar las filias de cada uno.