Mi abuelo, mi padre y cansarse de la pelota

El sábado, tras no ver otro partido, le dije a mi padre que pasaba del fútbol. Creo que es uno de los mensajes más complicados que le he mandado. Ahora siendo adulto, siendo casi un igual, ya no hacen falta intermediarios para tener una relación abuelo-nieto, padre-hijo.

Mi abuelo jugó al fútbol. A mi abuelo le gustaba el fútbol. Hablo en pasado porque pasa absolutamente de él, no porque haya fallecido. Alguna vez ve algún partido pero es algo raro, prefiere las novelas de Estefanía o la TVG. Lo suyo era pasión. Durante la postguerra, pudiendo estudiar, prefirió jugar al fútbol. No le juzgo, a pocos kilómetros de donde él jugaba, salieron Amancio y Luis Suárez. Le gusta el juego, ahí jugó sus cartas pero no le salió. Nunca he sabido con certeza de que equipo era; lo digo de verdad, no como esos árbitros o dirigentes que les falta tener un tatuaje. Fue socio del Deportivo hasta que subió a primera por primera vez. Quizás mi abuelo fuese una suerte de indie primigenio: “cundían más cuando perdían”, me imagino diciendo dando un paseo por Sada. Sin embargo, mi abuela, mi madre y mi tía sostienen que a él en el fondo lo que más le tiraba era el Madrid. No lo tengo claro. Mi abuelo me llevó a mi hermano y a mí por primera vez a jugar en un equipo de verdad, después de debatir con un niño de ocho años que lo que hacía Oliver Atom no era replicable; el cabezota del niño le decía que sí, que tenía una foto chutando, suspendido en el aire con una camiseta de Rebrov. Recuerdo que venía a vernos jugar siempre que podía y que, una vez en Madrid, siempre que venían estaba en la grada. A mi abuelo, definitivamente, le gustaba el fútbol hasta que España ganó el Mundial. Cuando ganamos la Eurocopa de 2008, tras ver la final en Os Condes, volvíamos a casa mi abuela, mi abuelo, mi hermano y yo pensando aún que acabamos de ver; dos años después, yendo a buscar algo de cenar en Varsovia con mis amigos para recomponernos de los ciento veinte minutos más duros, llamé a casa y pude hablar con mi abuelo. Creo que fue una de las pocas veces que le escuché llorar: “ya me puedo morir tranquilo”. Él sigue dando guerra, pero ese día abandonó el fútbol. 

Mi padre nunca jugó al fútbol como mi abuelo, si no es así emitiremos una rectificación. Mi padre es del Celta y del Madrid, bueno, diría que es del Madrid y luego, si eso del Celta, aunque a veces también dice que es del Orense. El problema, es que el Orense como tal no existe pese al breve escarceo copero de este año. “Cuantos partidos vi en O Couto con tu abuelo” me dijo estas navidades. Mi padre no sé si se hizo del Madrid una vez se mudó a estudiar a Madrid; no sé si de un equipo uno nace, se hace o te hacen. Sea como fuere, mi padre es de esa clase de madridistas que sufrió una larga caminata por el desierto, los treinta y dos años sin tocar una Orejona pesaban. Mi padre vivió durante muchos años en Madrid mientras nosotros estábamos en casa con mis abuelos, mi madre y mi tía. En esos años fue a Amsterdam, a París, a Glasgow. Mi madre no me dejó ir a Glasgow, por suerte es algo que ahora mismo me molesta menos. También estuvo en Kiev, de ahí la camiseta de Rebrov, del Dynamo de Rebrov y Shevchenko. Otra generación, otra manera de verlo. Los fines de semana sentarse en el sofá, quitando el rato de nuestros partidos, hacer un carrusel: Premier, Serie A, Bundesliga, Segunda, Primera, Playoffs, Eurocopas, Mundiales, sub21, sub20, daba igual, veíamos cualquier competición. El organizar el calendario en base a lo que había: Mónaco a ver una Supercopa de Europa antes de que se firmase a Ronaldo, fase previa de Champions en Cracovia en agosto, Mundial de Alemania, la Euro en Austria, Lisboa. Mi padre sigue viendo fútbol, le gusta, aún no se ha cansado; ya no se enfada si no se gana, no se va a la cama sin cenar, que el fútbol no te de comer es una cosa, pero que te quite el hambre es algo que ya no acepta.

Ahora mismo, a mí no me gusta el fútbol. Me cansa. El deporte en sí mismo me genera aburrimiento, todo me parece de un mecanicismo absurdo rodeado de narrativas artificiales creadas como si estuviésemos ante la enésima superproducción de Marvel, el deporte pensado para el siguiente biopic o documental de cualquier cadena de producción masiva de contenido sobre un jugador o entrenador de cuarta fila tratado como si fuese alguien a nivel generacional o, peor, de cualquier polémica absurda que permite mantener un sistema mediático que pide a gritos una revolución y recortes en gasto; un deporte dónde el too big to fail ha llegado a extremos que harían las delicias de cualquier CEO de entidad bancaria. No sé qué pesa más en mí de todo lo que he dicho o que hace ya tres años que la liga nacional debería haberse suspendido o, quizás, que me ponga un partido, incluso de cualquiera de mis dos equipos, y lo vea por el apego emocional que siento, no porque me apetezca. Lágrimas de madridista dirán. Aquí yace un madridista que se siente traicionado por el club, eso es otro tema.

El sábado, tras no ver otro partido, le dije a mi padre que pasaba del fútbol. Creo que es uno de los mensajes más complicados que le he mandado. Una parte de mi personalidad que pensé propia pero, tras escribir estos párrafos, creo que no era tal, simplemente el resultado de la forma que tenían tanto mi padre como abuelo de comunicarse con un niño cuando, quizás, no sabían hacerlo de otra manera, de estar cerca de él, de enseñarle algo, lo que fuese. Ese gran pequeño deporte que para ellos significó una forma de vivir sus vidas. Ahora siendo adulto, siendo casi un igual, ya no hacen falta intermediarios para tener una relación abuelo-nieto, padre-hijo. No sé si volveré a seguir el fútbol como antes, pero al menos me ha acercado a mi abuelo y a mi padre durante mi vida. Lo menos importante para lo más importante. Que jodido darle la razón a Valdano.

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El sábado, tras no ver otro partido, le dije a mi padre que pasaba del fútbol. Creo que es uno de los mensajes más complicados que le he mandado. Ahora siendo adulto, siendo casi un igual, ya no hacen falta intermediarios para tener una relación abuelo-nieto, padre-hijo.

Mi abuelo jugó al fútbol. A mi abuelo le gustaba el fútbol. Hablo en pasado porque pasa absolutamente de él, no porque haya fallecido. Alguna vez ve algún partido pero es algo raro, prefiere las novelas de Estefanía o la TVG. Lo suyo era pasión. Durante la postguerra, pudiendo estudiar, prefirió jugar al fútbol. No le juzgo, a pocos kilómetros de donde él jugaba, salieron Amancio y Luis Suárez. Le gusta el juego, ahí jugó sus cartas pero no le salió. Nunca he sabido con certeza de que equipo era; lo digo de verdad, no como esos árbitros o dirigentes que les falta tener un tatuaje. Fue socio del Deportivo hasta que subió a primera por primera vez. Quizás mi abuelo fuese una suerte de indie primigenio: “cundían más cuando perdían”, me imagino diciendo dando un paseo por Sada. Sin embargo, mi abuela, mi madre y mi tía sostienen que a él en el fondo lo que más le tiraba era el Madrid. No lo tengo claro. Mi abuelo me llevó a mi hermano y a mí por primera vez a jugar en un equipo de verdad, después de debatir con un niño de ocho años que lo que hacía Oliver Atom no era replicable; el cabezota del niño le decía que sí, que tenía una foto chutando, suspendido en el aire con una camiseta de Rebrov. Recuerdo que venía a vernos jugar siempre que podía y que, una vez en Madrid, siempre que venían estaba en la grada. A mi abuelo, definitivamente, le gustaba el fútbol hasta que España ganó el Mundial. Cuando ganamos la Eurocopa de 2008, tras ver la final en Os Condes, volvíamos a casa mi abuela, mi abuelo, mi hermano y yo pensando aún que acabamos de ver; dos años después, yendo a buscar algo de cenar en Varsovia con mis amigos para recomponernos de los ciento veinte minutos más duros, llamé a casa y pude hablar con mi abuelo. Creo que fue una de las pocas veces que le escuché llorar: “ya me puedo morir tranquilo”. Él sigue dando guerra, pero ese día abandonó el fútbol. 

Mi padre nunca jugó al fútbol como mi abuelo, si no es así emitiremos una rectificación. Mi padre es del Celta y del Madrid, bueno, diría que es del Madrid y luego, si eso del Celta, aunque a veces también dice que es del Orense. El problema, es que el Orense como tal no existe pese al breve escarceo copero de este año. “Cuantos partidos vi en O Couto con tu abuelo” me dijo estas navidades. Mi padre no sé si se hizo del Madrid una vez se mudó a estudiar a Madrid; no sé si de un equipo uno nace, se hace o te hacen. Sea como fuere, mi padre es de esa clase de madridistas que sufrió una larga caminata por el desierto, los treinta y dos años sin tocar una Orejona pesaban. Mi padre vivió durante muchos años en Madrid mientras nosotros estábamos en casa con mis abuelos, mi madre y mi tía. En esos años fue a Amsterdam, a París, a Glasgow. Mi madre no me dejó ir a Glasgow, por suerte es algo que ahora mismo me molesta menos. También estuvo en Kiev, de ahí la camiseta de Rebrov, del Dynamo de Rebrov y Shevchenko. Otra generación, otra manera de verlo. Los fines de semana sentarse en el sofá, quitando el rato de nuestros partidos, hacer un carrusel: Premier, Serie A, Bundesliga, Segunda, Primera, Playoffs, Eurocopas, Mundiales, sub21, sub20, daba igual, veíamos cualquier competición. El organizar el calendario en base a lo que había: Mónaco a ver una Supercopa de Europa antes de que se firmase a Ronaldo, fase previa de Champions en Cracovia en agosto, Mundial de Alemania, la Euro en Austria, Lisboa. Mi padre sigue viendo fútbol, le gusta, aún no se ha cansado; ya no se enfada si no se gana, no se va a la cama sin cenar, que el fútbol no te de comer es una cosa, pero que te quite el hambre es algo que ya no acepta.

Ahora mismo, a mí no me gusta el fútbol. Me cansa. El deporte en sí mismo me genera aburrimiento, todo me parece de un mecanicismo absurdo rodeado de narrativas artificiales creadas como si estuviésemos ante la enésima superproducción de Marvel, el deporte pensado para el siguiente biopic o documental de cualquier cadena de producción masiva de contenido sobre un jugador o entrenador de cuarta fila tratado como si fuese alguien a nivel generacional o, peor, de cualquier polémica absurda que permite mantener un sistema mediático que pide a gritos una revolución y recortes en gasto; un deporte dónde el too big to fail ha llegado a extremos que harían las delicias de cualquier CEO de entidad bancaria. No sé qué pesa más en mí de todo lo que he dicho o que hace ya tres años que la liga nacional debería haberse suspendido o, quizás, que me ponga un partido, incluso de cualquiera de mis dos equipos, y lo vea por el apego emocional que siento, no porque me apetezca. Lágrimas de madridista dirán. Aquí yace un madridista que se siente traicionado por el club, eso es otro tema.

El sábado, tras no ver otro partido, le dije a mi padre que pasaba del fútbol. Creo que es uno de los mensajes más complicados que le he mandado. Una parte de mi personalidad que pensé propia pero, tras escribir estos párrafos, creo que no era tal, simplemente el resultado de la forma que tenían tanto mi padre como abuelo de comunicarse con un niño cuando, quizás, no sabían hacerlo de otra manera, de estar cerca de él, de enseñarle algo, lo que fuese. Ese gran pequeño deporte que para ellos significó una forma de vivir sus vidas. Ahora siendo adulto, siendo casi un igual, ya no hacen falta intermediarios para tener una relación abuelo-nieto, padre-hijo. No sé si volveré a seguir el fútbol como antes, pero al menos me ha acercado a mi abuelo y a mi padre durante mi vida. Lo menos importante para lo más importante. Que jodido darle la razón a Valdano.

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