Gracioso diario grave
Lo que me interesa de Simone Weil no es la luminosidad que guía desde arriba sino las condiciones pedregosas para todo tipo de despegue
4 de marzo 2026
Por Rodrigo Curicó
4 de marzo 2026Lo que me interesa de Simone Weil no es la luminosidad que guía desde arriba sino las condiciones pedregosas para todo tipo de despegue
“Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas
nada más inventa ceremonias e infúndeles vida”.
(La carretera, Cormac MacCarthy)
De pronto las tres teclas que no funcionan ni a martillazos se arreglan y lo tomo como una señal para venir aquí. Lo que no consigo solucionar materialmente lo traslado al terreno de la gracia. Una gracia no solo secularizada sino antojadiza. Por ejemplo, si en esta llamada telefónica constato que X se siente mejor luego de su accidente lavo toda la loza, ordeno la pieza y los closets de un solo tirón; si veo que pagaron la quincena un par de días antes salgo a correr aunque el frío me entre por las dedos; si mi pc decide meter una hora de actualizaciones es una señal para leer, y así. Sé que hago trampa, que son señuelos que me voy dejando, que me escindo a conveniencia para dibujar un afuera desde el cual hablarme mejor a mí mismo; sé que, a fin de cuentas, no guardo relación con ninguna trascendencia y más bien siembro incentivos para ir devolviendo la mano a la también antojadiza bondad del mundo y, sin embargo, en conjunto, en el ida y vuelta entre aquello que supuestamente me ocurre y el ocurrir autopropinado de mí mismo, construyo una especie de gracia, un correlato ajeno a la fealdad que me propone el presente.
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“La gracia viene de arriba, pero cae en un ser que tiene una naturaleza psicológica y física, y no hay ninguna razón para no dar cuenta de lo que se produce en esta naturaleza al contacto con ésta1”.
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Lo que me interesa de Simone Weil no es la luminosidad que guía desde arriba sino las condiciones pedregosas para todo tipo de despegue; antes que el salvífico horizonte, su propuesta para destruir el yo. ¿Qué queda del ser sin el yo? ¿Cómo se opera esa resta? ¿Qué condición humana la posibilita? ¿Es la finitud apertura o clausura del ser? Mientras la filosofía estricta merodea con cautela de arqueólogo, limpiando a punta de tratados el terreno circundante a su objeto de estudio, Weil entra en modo griego, dispensando aforismos y misterios como picotazos.
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“Todo lo que llamamos yo es un plazo2”.
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Casa sola durante dos meses. Recorro cada sector dando todo lo que puedo. Arrodillado hasta volver visible la baldosa alrededor del refrigerador. Boto, reubico, limpio. Cuando Simone Weil dice que cada ser usa toda la fuerza de la que dispone pienso que también puede tratarse de esto.
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“Nuestro destino debería ser la huida, aunque fuera hacia una prisión más vasta que desemboca en otra más vasta aún en una serie infinita de celdas, pero para ello las puertas deberían abrirse de repente en la pared amarillenta de nuestro hueso frontal. Voy a garabatear aquí, con un clavo oxidado, en meses o años de esfuerzo miserable, animal, esa puerta en la pared hasta que finalmente (tengo mis propias señales) esa abertura tenga que ceder3”.
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Una estructura de castigos y recompensas amarrada a la manifiesta decadencia de la iglesia fue lo único que mataron cuando mataron a Dios. Lo digo no por salvar al Mismísimo sino para injuriar a quienes creen que es posible abdicar sin siquiera haberlo intentado. La calidad en la producción local de ateos sigue en baja y yo sigo sin entender qué habría de heroico en abandonar lo trascendental y su poética. En cualquier caso, me mantengo sensiblemente a distancia, bien lejos de creer o no creer y más bien atento al hilo que teje entre inmanencia y trascendencia. ¿Qué podría importar la afirmación o negación contingente sobre un concepto añejo de lo divino? Por eso mantengo mi atención alrededor de Simone Weil y otros filósofos, lo poco que alcanzo a entender de física cuántica y un puñado de intuiciones que me acompañan desde la infancia, no sé si a la espera, pero atento. Y todo esto sin ningún apuro. No creo que se necesite mucho más. De hecho, exagero: bastaría con mucho menos.
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“Como consecuencia, todas las filosofías del aquí y ahora me resultan bastante repulsivas poco firmes, si usted quiere. No creo que esté tratando de crear para mí mismo un proceso deliberado para tranquilizarme. Nunca me he tenido que esforzar mucho para convencerme de un más allá. Después de todo, ¿no le parece infinitamente más verosímil que su noción opuesta: el olvido?4”.
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Mi abuela Zunilda, profesora normalista ya fallecida, hacía mandas -de las tradicionales, con la virgen, de rodillas, todo eso- y ahora yo hago esto que, supongo, comenzó una vez que iba justamente a verla a ella y, ante el mareo y el asco y el hecho de tener diez años e ir solo en un bus, prometí a Dios que ni bien me quitara el pesar le regalaría quinientos pesos al primer vagabundo que encontrara en Angol. Recuerdo que funcionó: de golpe, mirando el veloz verdor del sur por la ventana, comencé a sentirme mejor. No sé si pagué esa protomanda, pero fue la primera de muchas. Un puñado de años después, sin remos y en medio de un lago sumido en la niebla, le dije a mi amigo que si salíamos vivos le regalaba la mitad de mis Condoritos. Recuerdo vagamente que al rato pasó una lancha y nos llevaron a la orilla, que estaba ahí mismo. Me arrepentí al instante y, según recuerdo, el día que fue a buscar mis atesoradas revistas escondí la mitad.
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No pude con Sobre Dios del señor Byung-Chul Han, a quien considero, al menos en sus inicios, un excelente divulgador. Quería que me gustara, pero lo sentí como una columna de Warnken, es decir, otro homenaje trasnochado a la vida lenta desde la asepsia total de lo político.
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Con Isabel estamos releyendo La gravedad y la gracia. Esto es lo que llevo anotado en mi cuaderno: La propuesta es derechamente antinatural, o meta o anti o post finitud, en rigor postkantiana, en el estricto sentido de que hay que ser tomado para entrar y lo único trabajable es cierta disposición / LA GRACIA ES LA LEY DEL MOVIMIENTO DESCENDENTE / Dañar: trasladar el vacío de uno hacia otro / No sé si entiendo esto5. Si ando de la perra y aun así paso todo el día acompañando a alguien que está deprimido, ¿estoy ejerciendo la virtud o solo perdiendo energía? / El sufrimiento acostumbrado es inferior al sufrimiento escogido / La súplica entendida no como degradación, sino como escisión, relación no mediada con la “energía antinatural”, que vendría a ser el nombre feo de Dios / ¿Acaso no puede haber una buena economía de la gravedad mientras reunimos las condiciones para abandonarla? / La igualación de toda pasión me parece negarle espesor a la finitud: no puede ser que la pasión por hacer posible la emancipación humana sea igualable a la pasión por, no sé, las carreras de autos, o coleccionar estampillas. En ese extremo, todas las filosofías de la anulación total de la finitud me parecen pobres, malamente aéreas / Renunciar a que el otro sea lo que imaginamos: imitar Su renuncia / Qué lejos estoy de todo esto. Yo, apenas puedo, luego de algún padecimiento prolongado, busco mi retribución, del tipo que sea. Incluso mientras padezco intento soportar con la vista fija en el horizonte del bienestar y la recompensa. Cero weiliano.
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Para tranquilizarme decido no creer
¿en qué? —se ignora, pero el no creer
también se aplica a la secuela.
Muy tonto fui: no creo que no crea.
A idiota tal no cabe escuela
que lo mejore. Dios lo crea6.
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No se trata de creer, pero tampoco de saber. Apenas comencé a acercarme a Simone Weil –de pronto se me apareció citada en cada libro que abría, en la tesis de un amigo e incluso en una película de Godard7- me incliné por el lado del misterio en tanto deseo y, desde mi formación marxista-hegeliana, por el lado del ejercer. Nunca me pareció que hubiera que escoger. Rápido entendí que no se trata ni de la voluntad ni de la historia sino de su juego. Y de cómo ese juego va cimentando una verdad. No La Verdad sino una verdad. Esta. La de esta arbitrariedad que somos juntos y que, guste o no, va creando sus breves reglas. Sé que lo que tiene de verdadero y efectivo la poesía tiene que ver con una precisa relación entre finitud e infinitud pero no me acuerdo cómo lo supe, o más bien, cuándo hice esa experiencia. Ya sea a través del arte, el trabajo, o las cosmogonías temporalmente autónomas de un niño a punto de vomitar en un bus, nuestra experiencia se acumula, se vuelve sobre sí, y va generando capas. Siempre he sentido que para ver primero hay que barrer, quedarse, participar; confundirse uno mismo en lo visto. Estar atentos, persistir, olvidar el propósito, y de pronto, entender. Pero entenderlo desde la pared amarillenta de nuestro hueso frontal que menciona Mircea. Es que a veces uno sabe algo de golpe y luego debe hacer el camino. Lichtenberg lo decía así: Primero debemos creer, luego creemos. Con Weil –y muchas veces más con lo que inspira su prosa que con la argumentación misma de sus verdades- he podido darle cuerpo a ciertas intuiciones y, al día de hoy, aseveraciones como esa de abajo me parecen de lo más sensatas y armonizables con mi marxismo de cuneta.
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“La inteligencia nada tiene que buscar: tiene que limpiar el terreno. Tan solo es útil para las tareas serviles8”.
Si ha de establecerse alguna relación con Dios, ésta no debe constituir una creencia, sino un hambre, un deseo, pero no cualquier deseo, sino uno trazado por el misterio: “En tanto no se ha comido, no es necesario, ni siquiera útil, creer en el pan. Lo esencial es saber que se tiene hambre9”. O también: “El peligro no es que el alma dude si hay o no un pan, sino que se deje persuadir por la mentira de que no tiene hambre10”. Sería este un deseo orientado hacia la imposibilidad que, a su vez, tiene que ser leído no desde las filosofías posmodernas de la incomunicación sino desde la comprensión weiliana de la Trinidad, es decir, desde la configuración íntima de lo divino como secreto de sí ante sí: “La fe verdadera implica una gran discreción incluso para con uno mismo. Es un secreto entre Dios y nosotros en el que casi no participamos11”.
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La antigua idea de que el llamado es justamente para aquellos que no están interesados. ¿Puedo, entonces, acercarme, solo acercarme, sin ser necesariamente tragado? ¿Puedo ponerme a un costado de la luz sin disolver mi silueta en el blanco absoluto? ¿Te molesta, Dios, si solo merodeo intensamente? No sé qué tipo de cosa sería un secreto entre Dios y nosotros en el que casi no participamos ni tampoco se me ocurre qué tipo de cosquilleo es el roce con lo divino, pero me parece de lo más interesante seguir imaginándolo, leerlo en los otros, atender a esa poética.
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Así relata Simone Weil el único y decisivo encuentro que tuvo mientras recitaba el poema Love de George Herbert: “Fue en el curso de una de esas recitaciones cuando Cristo mismo descendió y me tomó (…) En este súbito descenso de Cristo sobre mí, ni los sentidos ni la imaginación tuvieron parte alguna; sentí solamente, a través del sufrimiento, la presencia de un amor análogo al que se lee en la sonrisa de un rostro amado12”. Si a veces, desde lejos, observo el amor de los otros y me parece verdadero, ¿por qué esto sería distinto? ¿No redobla, acaso, Su ausencia, la posibilidad del drama?
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“El señor de lo vivo no sería a la vez el Dios de las respuestas, tal como aparece en sus tempranas invocaciones, si provenientes de lo animado no volvieran torrencialmente y de inmediato hacia él confirmaciones de sus impulsos de aliento. El aliento es desde un principio conspirador, respirador, inspirador; tan pronto como hay aire, respira a dos13”.
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Algo tiene de sagrado o universal el hecho de que todos estemos escribiendo al mismo tiempo. O más bien: en la misma dimensión o temporalidad (la de la escritura). ¿Cómo no va a ser esta insistencia una especie de conjuro? Mi relación con el diario que arrastro hace décadas no es tan distinta de la que mantenían otros antes de mí. Multitudes de Sísifos para una sola piedra. Pasa parecido con los sueños: la mediación de sí puesta fuera, en esa liminalidad que llevamos dentro, como juego, sin fin claro –diga lo que diga el psicoanálisis-, es más o menos la misma aquí y allá. Con o sin Jung, un mismo tipo de movimiento, un texto más o menos común. Quizá sagrado es decir mucho, pero no sé qué otra palabra usar para esta especie de trascendentalidad portátil, universal en la medida misma de su inutilidad.
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Leí unas cuantas columnas y vi una cantidad absurda de reels sobre un supuesto giro conservador propiciado por Rosalía y su Lux y no sé, intento no juzgar al periodismo cultural más allá de lo suyo, pero la verdad es que me cabreo, lo que a su vez permite que me sorprenda, por ejemplo con esta columna de Tamara Tenenbaum que tematiza el impulso monacal sin pasarse, o esta completísima entrada del substack de Carmen –segunda parte de su comentario sobre Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social de Simone Weil- en la que le acabo de comentar que he quedado con la sensación de que, pese a que se está hablando más de Weil, no vi en ninguna parte la distinción entre el Dios oficial y este otro Dios ausente (descontando todas las posturas posibles respecto a la repentina masividad de una obra filosófica cualquiera, las consecuencias directas de una y otra cosmovisión son abismantes, y me parece como mínimo curioso que no se mencionen).
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Y ya que estamos, el movimiento weiliano de la Creación podría resumirse así: “Dios se vacía en la creación, y dota a sus criaturas de una falsa divinidad de la que éstas a su vez habrían de vaciarse para que la creación tuviera por fin cumplimiento14”. O sea, no es solo que Dios se haya retirado para que seamos, sino que nos pide ese mismo gesto de vuelta. La nada que permite el ser debe ser devuelta o nuevamente creada, pero, ¿para posibilitar qué? Así a primera vista, uno no encuentra en tal movimiento más finalidad que la de la simetría, la del círculo que se cierra sobre sí; “tal vez haya que pasar por ahí para salir de la creación y volver al principio15”.
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Una por una, riego durante ochentaicinco segundos cada planta para que mi madre viva hasta esa edad. Todo lo que hago durante estos días lo direcciono hacia su pronta recuperación. Apenas sé, declino toda invitación y dejo de fumar y beber, hasta que ella vuelva a casa. Aún no, por favor, aún no, balbuceo mentalmente, a quién.
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. “En verdad tú eres un Dios escondido”. (Isaías 45, 15)
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Un Dios omnipotente que premia y castiga se parece demasiado al mundo, en cambio, un Dios que se ha retirado y hace de su impotencia nuestra potencia, se me hace al menos imaginable, cuestión completamente irrelevante e incluso nociva en la medida que para Weil la imaginación queda del lado del mal, o al menos de aquello que debe ser custodiado o suspendido, pero da igual, se puede entrar en una autora y no escogerlo todo, quizá por eso es que me gusta cuando dice que todos llevamos un átomo imperceptible de bien puro alojado en el alma16. Frases así son todo lo que despreciaba cuando era adolescente nietzcheano, es cierto. Frases susceptibles de ser metidas en un recuadro luminoso junto a la foto de la autora directo a la corroboración memística del Dios tradicional católico. Lo curioso es que, incluso así, prefiero creer que la bondad existe. Mayusculizable o no, a estas alturas qué importa. Un átomo imperceptible que no es obligatorio usar ni hacerle caso, pero está ahí. Una guía, un soplo, una intuición. No como cosa en sí kantiana, no como idea platónica; sencillamente, y de un modo que aún no entendemos, ahí. Ante la obscenidad actual de los presidentes dementes, el capital y sus imágenes, ¿cómo negarnos al bien si, antes que un enunciado absoluto que nos precede, lo leemos como una actividad o una elección? Escuché hace poco decir a Constanza Michelson que no nos volvemos necesariamente buenos, pero sí tenemos la posibilidad de ser mejores personas cuando no estamos en peligro. Bastaría con eso, para empezar.
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“Que el mundo sea, que cualquier cosa pueda aparecer y tener rostro, que existan la exterioridad, y el desocultamiento como la determinación y el límite de cada cosa: esto es el bien17”.
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Prestado del diario de mi amiga Liz:
Nunca había almorzado en una terraza mientras llueve, pienso. De pronto las mujeres de la mesa empiezan a contar sus sueños. Carito cuenta: “soñé que estaba en la mesa con mi familia y me servían tierra con agua. Al principio estaba rica, después no quería más, pero me obligaban a comer”. Me doy cuenta que empiezo a querer a la gente por los sueños que cuentan. Y mientras hablan del significado religioso del sueño, de la comida que le damos al espíritu por costumbre, pienso si acaso me gusta más Dios en los otros cuando no hablan de Dios y si no será esa la única forma de llegar a Él.
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“¿Lo que llamamos historicidad quizá no sea otra cosa que la cantidad de tiempo necesaria para repetir humanamente la artimaña de Dios?18”. Una teoría de un Dios impotente debería temer menos a esta pregunta que una teoría de un Dios omnipotente. No es lo mismo poner toda la existencia que correrse para hacer sitio. Hay un mundo de diferencia entre un Dios vigilante y uno ausente. Copiar el gesto de Dios (ser algo así como los autores absolutos de la Historia) sólo es una herejía para una concepción en la cual Dios, efectivamente, puso positivamente algo allí donde antes no había absolutamente nada. ¿Cómo podría importarle a un Dios impotente que nos demoremos cinco mil años más en comprender que la artimaña es otra, que se trataba de desaparecer sin morir y, entremedio, de ser posible, no destruir el mundo? Pero no hay cinco mil años más. Quizá ni cincuenta.
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Año nuevo chino. Chateo con mi madre. Se ha hecho amigas de habitación en el hospital. La siento de buen ánimo y vuelvo un poco en mí. Sigo al pie de la letra un reel que me envía. Calcetines rojos, vestir algo nuevo, y así. Me doy cuenta que me da lo mismo si no estoy de acuerdo, por ejemplo, con la sugerencia de no tener pensamientos negativos en ese día que, según dice la mujer del reel, será una muestra del resto del año. Recojo de todo aquello lo que siempre me dice mi madre: intencionar. ¿Qué importa que usemos el concepto de negatividad en distintas acepciones? Prendo la vela del pequeño altar ubicado en mi pieza: un candelabro con la figura de un ángel, un pequeño buda de plástico pintado de dorado, incienso, y una foto enmarcada de mis abuelos, con Iloca de fondo. De la mañana hasta la tarde solo trabajo. Diez días exactamente iguales que traduzco a mi beneficio. A ratos el sinsentido se asemeja a un dolor de cabeza. A algo palpable. En el día de los enamorados todos me parecen profundamente idiotas, cargando flores y globos con forma de corazón. Personas me hablan largamente y asiento sin comprender en absoluto. Pero los días son mucho más amplios que eso y cada acción en la que soy liberado del prójimo la direcciono hacia su mejoría. Me acomodo tranquilo en cierta anulación provisoria de mí mismo. No sé cómo, pero si no soy es para que ella sea.
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“Vencer un obstáculo que uno se ha puesto a sí mismo no es vencer un obstáculo. Solo el obstáculo encontrado es obstáculo19”.
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Mi madre ha vuelto casa. Voy a Curicó por el día y la constato. Nos leemos inmediatamente, transparentemente. Si la vida fuera así parejita estaríamos todos muertos, me dice. Su humor mientras me relata el calvario es pura vitalidad. Constato, hablando con ella y con mi padre antes de irme, que al que se le arrancan los pensamientos cuando se trata de la enfermedad y la muerte es a mí. Los escucho y aprendo, pero para hacer la experiencia misma aún me falta. Vaya que me falta. Vuelvo en tren directo a un turno de madrugada con la sensación de que he amarrado los días a los días con pitilla más firme. Un febrero pesado pero reinterpretado. Acontecido pero traducido. Ficción sobre ficción sobre ficción hasta que olvidamos el origen y algo nos remece. A veces, en el camino, todo se mezcla y terminamos subyugados por estructuras que desviaron su propósito originario; olvidamos que hay ficciones a las que entramos por jugar y a otras para sobrevivir.
1 Simone Weil, La fuente griega.
2 Armando Uribe, El criollo en el destierro.
3 Mircea Cărtărescu, Solenoide.
4 Thirty two short films about Glenn Gould (François Girard, 1993)
5 Esto, es decir, la parte en que escribe que “una acción virtuosa puede rebajar si no existe energía disponible al mismo nivel”.
6 Armando Uribe, Una sola avería.
7 Eloge De L'amour (Jean-Luc Godard, 2001)
8 Simone Weil, La gravedad y la gracia.
9 Simone Weil, Pensamientos desordenados.
10 Simone Weil, A la espera de Dios.
11 Simone Weil, A la espera de Dios.
12 Simone Weil, A la espera de Dios.
13 Peter Sloterdijk, Esferas.
14 Simone Weil, La gravedad y la gracia.
15 Simone Weil, El conocimiento sobrenatural.
16 Simone Weil, Pensamientos desordenados.
17 Giorgio Agamben, La comunidad que viene.
18 Peter Sloterdijk, Esferas I.
19 Simone Weil, Cuadernos.
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