“Cuanto más me convenzo de que hablar
sin necesidad no sirve de nada, más hablo”
(Cesare Pavese, Entre mujeres solas)
“No es posible escribir la voz”
(Alphonse Costadau, Tratado histórico y crítico de los principales signos)
Como me está costando escribir me puse a desempolvar words de inicios de milenio. La idea era partir con un pie forzado, encontrar alguna entrada de mis diarios y dialogar con ese arrojo, oponerla a este proceder rumiante y ver qué salía, sin embargo, antes que con el grifo abierto de la espontaneidad me encontré con una melancolía que me pareció ajena. Tenía diecisiete y, recién llegado a la universidad y a Santiago, me lamentaba por no tener ni amigos, ni polola, ni Sentido. De eso me acordaba vagamente, lo que no recordaba era una fuerte sensación de inadecuación que, poetizada por la prosa juvenil, derrochaba párrafos como este:
“Soy un bicho, una ranura que husmea la vida: solo la ranura sin sujeto detrás mirando. Expuesto a las horas vacías, sé la vida que llevo, y voy llorando en el metro, con la cara hundida en el cuello. Enorme, impecable, voy rumbo hacia mi pieza de Franklin, una pensión un poco menos horrible que la anterior. Es increíble que toda esta tristeza quepa en una sola habitación”.
Enorme, impecable; qué risa, qué ternura. A veces uno es tantos yoes que ya ni sé qué quiere decir literatura del yo. Supongo que es cuando narrativamente no se desestabiliza nada y el libro es un megáfono para la anécdota individual. Si uno relata una seguidilla de fracasos y vergüenzas que al final ya ni quedan ganas de decir yo, ¿cuenta igual como literatura del yo? Como sea, el caso es que, si me devuelvo mucho, me desconozco. Incluso archiescrito y fichado en cientos de words, no me abarco. Décadas de diálogo interno exteriorizado y sigue quedando un saldo: no sé bien quién era, qué pensaba, qué era lo primero que te decía si me sentaba contigo en una mesa.
“Son la una y media de la mañana y estoy en la eterna disposición de hombre minúsculo. Es algún día de la segunda semana de enero. Comienza a helar con la ventana abierta al máximo, pero hay tan poca chance para el frío en esta época que lo dejo y me dejo; entrego mis piernas en chor y calcetines como ofrenda al hormigueo penetrante del aire. Las micros y los camiones muelen el mismo pedazo de asfalto suelto de siempre. Y a ratos me quedo quieto ante esto: una masa blanca intervenida por porosidad negra, algunos minutos, difuso, me quedo, las manos aún sobre el teclado, la boca semiabierta, encumbrado y traído de vuelta por un impromptu de Chopin, luego me estiro hacia atrás hasta que cruja mi espalda, y así, parecidamente, noche tras noche”.
A la manera del protagonista de The lawnmower man que buscaba dejar atrás su deficiencia mental fundiéndose con la internet, el diarista quizá busque despojarse de su individualidad acelerándola para perderse en cierto fondo común de lo íntimo. Y desde allí, justamente mientras lo abandona, hace sonar el teléfono del yo. “Las anotaciones del diario son el equivalente, en el plano de la conciencia subjetiva, de las anotaciones del libro de cuentas en el plano externo de los negocios y las actividades comerciales”, apunta Leonidas Morales en El diario íntimo en chile, sugiriendo que un diario es, también, una manera de inventariarse. Y lleva razón, sin embargo, la insuficiencia persiste a la hora de lanzar la red y pescarse a sí mismo, o al menos esa es la sensación que me queda. Si quien no lleva constancia escrita de sí va difuminando sus subjetividades previas, pues también desaparece para sí quien desborda de tan inventariado. Ya sea por ausencia o por acumulación de representaciones, uno se va volviendo borroso. Y parece sensato que así sea, pues, ¿quién querría contenerse completa y conscientemente a sí mismo? Probablemente el tontuelo de los veinticinco que padecía categóricamente, así:
“Nunca desperté ante un día que no fuera la manera precisa de soportar el día; nunca me tendi bocabajo o bocarriba en mi cama, conforme; nunca me sentí lo suficientemente lleno como para prestarme; siempre hablando de lo encorvado y nervioso que estaba me hice aún mas encorvado y nervioso”.
Para efectos de este texto, desperdigado así en un puñado de fragmentos, parece un pesar aceptable, diría consumible, sin embargo, di con páginas y páginas de lo mismo. Quizá fluía más porque tenía un estilo patético, porque mi tiránica sensibilidad constituía un mundo que me recluía del Mundo. Y porque emulaba estéticamente dicho patetismo. Porque leía lo que lee un provinciano recién llegado a la capital y me vestía de esa desazón prestada. Se nota en ciertas palabras, en el tono y, sobre todo, en el hecho de que escribía en Courier new. Durante los primeros años de universidad no tuve computador propio y mi panorama de viernes por la noche era leer La senda del perdedor escuchando la radio Beethoven hasta quedarme dormido. Y se nota:
“Siete horas vacías entre una clase y otra, mis compañeritos se tumban a tragar cerveza y fumar marihuana, aún no tengo amigos y deambulo, no necesito nada de esto y por eso me molesta necesitarlo, salgo a hacer un trámite al banco y cuando vuelvo siguen allí, qué desperdicio, ¿qué estarán haciendo mis amigos en Curicó?, me quedo en el balcón mirando el patio hacia abajo, recuerdo que existe una biblioteca y parto. Ya me gasté la plata del almuerzo pero no es obligación que un hombre se alimente para seguir leyendo durante cuatro horas”.
Un hombre. Claramente impostaba. Si bien había una porción de sufrimiento juvenil objetivo, lo condimentaba con una melancolía rusa, otoñal, de cuchitril húmedo. Bandini, Chinaski, Raskolnikov, el protagonista anónimo de Hambre: los culpo a todos. Lo sé ahora del mismo modo que no sabría ver mi impostación actual. Como no encajaba, me elevaba interiormente. Nada que no hayan hecho quinientos millones de adolescentes previamente.
Arrojado de la piedra
Nada me inaugura
Y lo estático y obtuso
de los pasillos de carne
Es lo único
Que me trae
De vuelta
Encuentro paz en cualquier
Pedazo de cosa
Que se refleje
En su propia podredumbre
La última parte está bien. La primera me parece atroz. Pero allí están ambas, amontonadas en poemas que, salvo para estos turisteos, nunca deberían ver la luz. Lo estático y obtuso de los pasillos de carne no solo no me dice nada, sino que me molesta, ¿a quién le estaba hablando? ¿Cuánto hay de excedente poético del lenguaje y cuánto de honesto malestar? Puede ser, también, que con los años me haya vuelto cada vez menos metafórico. Esto, por ejemplo, es de hace solo catorce años y, aunque hay metáfora, me parece menos críptico, más yo mismo el que ahora escribe:
“Nada termina pero igual tengo la sensación de que acaba este gran día dosmilnueve y me retiro con mis tropas a la pequeña provincia, sin bajas, sin rehenes. Sin guerra siquiera. Una tropa de, digamos, diez tipos configurada del siguiente modo: tres estuvieron enamorados y se la pasaron mandando cartas que sus esposas –que ya están con hombres laboriosos- nunca contestaron; otro que ya no habla nada, ha visto la muerte y le tiembla mano como a Tom Hanks en Rescatando al soldado Ryan; otros dos que sólo se han dedicado a disparar hacia el cielo porque sí y a afinar puntería dándole a botellas y latas, bebiendo cerveza, gritando idioteces; y los cuatro restantes que creen que lo mejor de la experiencia ha sido poder conocerse, haber encontrado alguien con quien conversar en un contexto hostil. Una tropa que se devuelve sin orgullo por nada en particular y, por supuesto, sin que esto pueda tomarse como una especie de orgullo invertido: el orgullo de quien no se enorgullece. Si este año se tratara de un sólo gran día, seria uno de esos en que al final consigo dormir bien, sin darme mil vueltas, habiendo hecho sólo lo que hay que hacer. Y si quizá nadie debería sentirse orgulloso de hacer sólo lo que hay que hacer, quiero afirmar que al menos todo ha sido claro. Poco y claro. Sin un pero entremedio: poco Y claro”.
Más o menos metafórico o impostador, la duda se sostiene: no sé si llevar un diario solo exprese o más bien alimente el padecimiento ¿Estaba triste y luego escribía o la calidad de esa tristeza aumentaba en la medida que la plasmaba? Dice Heather Christle en El libro de las lágrimas: “El dolor es terrible. No lloro. Gimo. Intento encontrar las palabras, una imagen adecuada. Soy una osa gigante que pedalea en un diminuto triciclo de dolor. Soy una bolsa de papel marrón sin fondo por la que cae el dolor. No disminuye el dolor, pero me da algo más a lo que agarrarme: la satisfacción de haber formado una descripción fiel”. Quizá esa fidelidad o precisión basten. No la precisión histórica del recuerdo, sino la manera en que una imágen producida por uno mismo viene a esculpirlo. Quizá, diarísticamente hablando, importe más la autoproducida y desordenada densidad que el mejoramiento de sí producto del autonocimiento.
“Crezco hacia adentro gracias a la escritura, pero que no se malentienda: no crezco moralmente, más bien me amontono en mí mismo: supuro, disecciono, agrego densidad a la ya inútil sobrepoblación de mí mismo (y de la época que consumo a través de sus obras), y todo queda allí, apretujado. Allí, es decir, aquí”.
“No me importan mis recuerdos. Pero me gusta lo que veo, lo que he grabado con mi cámara”, dice Mekas en Fragmentos de la vida de un hombre feliz. Escenas íntimas de su infancia y la ciudad circulan erráticamente mientras afirma con su dulce voz que aquello que el espectador tiene ante sí no es el pasado, ni nostalgia encapsulada: todo aquello es real. Quizá, al ir fijando el recuerdo, forjamos también cierto olvido de lo ya escrito. De lo ya filmado. De lo ya dibujado, y así. Lo dice mejor Sócrates: No has hallado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar la reminiscencia; y por dar a tus discípulos la ciencia, les das la sombra de ella1. Como ya lo hemos metido a un cajón, lo dejamos ir. Como lo hemos vuelto algo ya excesivamente nuestro, es ya de cualquiera. Por ejemplo: mi relación con la computadora -la máquina blanca bruta, no solo exenta de redes sociales sino aún de internet- partió en la adolescencia. Generé allí una vida aparte, paralela. Durante más dos décadas esa vida se volvió cada vez más insumo de sí. La recursividad misma dijo: soy. La experiencia de ver escindida la experiencia cedió al loop infinito. Así, el único diálogo de esta exponencial vida interior fue con otros diaristas, en general muertos. Lo que intento decir es que sí, toda la vida apretujada allí es experiencia sofisticada que está más a la mano por haber sido escrita, pero a la vez, y parecido a la manera en que de pronto nos damos cuenta que o nos han robado o hemos olvidado que prestamos cierto libro de nuestra biblioteca, es vida ya donada (a un extraño que puede ser uno mismo en el futuro o a un lector cualquiera que, para estos efectos, vendrían a ser lo mismo).
“Los días completamente miserables ni los escribo. Como si la vida misma fuese un limbo y yo aquí escribiendo fuera un San Pedro que les dice a esos días devuélvanse por donde vinieron (al infierno caótico e informe de lo nunca representado)”.
La aceleración de lo íntimo agrieta la individualidad y pareciera ser que por allí escurrimos parecidamente. Ya sea ante los prolijamente atormentados Diarios de Pizarnik, o ante la inmisericorde autobiografía en segunda persona de Auster en su Diario de invierno, o ante la ternura brutal del duelo infantil ilustrado en Madre, vuelve a casa de Hornschemeier, leemos todo bajo un mismo goce, bajo una misma disposición, casi como si fuera un capítulo más de una historia universal de la intimidad que excede el terreno de nuestras simpatías individuales. Precisamente porque lo que está en juego no son identidades sino estrategias narrativas para irnos desidentificando o deshaciendo. Lo que atestiguamos en un diario no es la expansión de un yo sino su implosión, bajo el formato de la narración. Más o menos naturalizada, más o menos ficcionada, pero narración. Cuando le cuento algo a alguien, sea eso real o no, ese relato ya está formado por mi aproximación al lenguaje, ya escogí escenas y arcos narrativos, encuadres y ritmos de montaje (...) No existe ficción que no esté asida a lo real tanto como no existe realidad que no esté ficcionada por un narrador, escribió mi amiga I. hace unos días. Y sí, claro que hay matices en la ficción, pero eso tiene más que ver con el modo en que hemos organizado nuestras artes antes que con la ontología bruta que, al menos vía diarística, hace tambalear al yo. Porque un párrafo puede ser un momento pero un diario nunca será una persona. Un diario siempre es más disolución que consagración. Y si el yo tambalea acechado por su propia conciencia escritural, si finalmente son los mismos fantasmas los que rondan a quien insiste en ir arrastrando su propio amontonamiento, es porque hay una arbitrariedad constitutiva que, en el fondo, es la arbitrariedad de todo lo vivo, esto es, la necesaria fantasía de poder decir yo. El temblor nos precede; la escritura, cuando mucho, atestigua. Pero no nos vayamos tan lejos. Volvamos mejor con Millán que lo dice así de sencillo: “Se puede ser subjetivo sin ser personal”. O con Barthes, que lo dice así de amoroso: “Me es preciso pues admitir que lo que recibo también otros lo reciben (a veces se me ofrece su mismo espectáculo). Donde tú eres tierno dices tu plural”. Amamos parecido. Mentimos parecido. El dolor es casi siempre el mismo. Es, entonces, el ejercicio de representarse a sí mismo el que varía, el que nos revela. Y no hay representación sin fractura, sin doblez. Así, lo ofrecido por el diarista no tiene por qué ser noble o edificante. Vanidad, envidia, lamentos, inseguridad, fracasos, miedos, mezquindad, pereza. Solo dobleces propios. Importa poco que el arco narrativo no sea luminoso. Basta con que tenga luz propia. Cualquier tipo de luz.
“Volverse algo que reconoce sus propios campos de fuerza y los desactiva. Tenderle todo tipo de trampas a la gordura de la continuidad y entereza del yo. Sólo podré encontrarme realmente con los otros afuera de la ciudad destruida”.
Probablemente Cioran hubiera sido más feliz si no hubiera escrito. Pero también: probablemente nos hubiera faltado esa específica porción de oscuridad: esa específica fidelidad. Y aunque Valery decía que los optimistas escriben mal, tiene también su planicie el pesimismo. Quizá, y siguiendo lo dicho, baste con erigirse uno mismo como el ejercicio de esa fidelidad, de esa precisión. ¿Pero qué pasa cuando el amor a esa precisión se sobrepone a la vida misma? ¿Y qué quiero decir exactamente con vida misma? En su Libro del desasosiego Pessoa lo plantea así: “No siento nostalgias sino literariamente. Recuerdo mi infancia con lágrimas, pero son lágrimas rítmicas donde ya se prepara la prosa”. Confieso que, aunque disfruto su parte virtuosa, comulgo poco con dicho extremo. Que la literatura se lo lleve todo me aburre. Que la claridad venga solamente de aquí me parece sospechoso. No lloramos por, sino cerca o alrededor, dice Heather Christle, y pienso que a veces ese alrededor es más yo que yo mismo; que, no sé cómo, pero es en ese merodeo en donde surjo. No sé qué sea la vida misma, pero sí sé que la literatura es solo uno de los múltiples caminos para construir algo propio y apartarse con cierto estilo de las lamentables mediaciones que nos ofrece el presente y su espectáculo. Por algo me demoré casi diez años en terminar de leer a Pessoa, pues, si bien es cierto que, como dice Bazin, la imágen de lo real alcanza un destino temporal autónomo, lo interesante, o la conclusión a la que aparentemente voy llegando, es que la fidelidad del diarista, su manera de ser piedra y cincel y espectador al unísono, está obligada a dejar entrar al mundo. Si no quiere ser solo subjetividad apilada sobre sí, debe atestiguar también lo que le rodea, sea esto lo que sea. Lo digo así porque leyendo fragmentadamente mi propia historia, veo como también hay un puñado de párrafos -o sea, momentos- no sé si felices, pero sí amenos, exentos de patetismo, diríase que puramente cotidianos. Párrafos que son escenas antes que exploraciones interiores. Es de primer año de carrera humanista pero lo voy a decir igual: para aparecer uno tienen que aparecer también los otros. O también: sólo podré encontrarme realmente con los otros afuera de la ciudad destruida. Sin contexto, soy la sensibilidad auscultándose, soy Pessoa en la Rua Coelho da Rocha mirando desde su ventana, armando un edificio envidiable de precisión en torno a la contemplación de su imposibilidad. Esta escena curicana es de esa misma época quejumbrosa y, convenientemente, es lo que preferiré recordar:
“Panchito esta afuera de la casa mirando a los niños de jaloguin que piden dulces. Mi mamá lo acompaña. Se les acabaron los dulces. Él no tiene disfraz. Le digo que vaya a buscar una espada y un escudo o algo así para que cuidemos la casa de los monstruos. Llega con una espada de plástico y una mascara del hombre araña y le digo que nos paremos uno a cada lado de la reja con los brazos cruzados adelante. Estamos ahí cuidando nuestra casa de todos esos niños monstruosos. Ninguno se atreve a pedirnos nada. Pasan de largo. Entienden el mensaje. De ahí sacamos una pelota y nos ponemos a chutear mientras conversamos con mi mamá que está de pie sobre esa cosa de cemento del medidor de agua del jardín con los codos apoyada en la reja. La noche está iluminada y tibia. El pasaje lleno y ruidoso me da una alegría extraña. Siguen pasando niños, los peores disfraces son los que más nos gustan y los comentamos, les seguimos diciendo que no hay dulces a todos los que nos preguntan, y me siento a gusto así, en medio del movimiento del pasaje”.
Con la convicción de que un párrafo puede ser un momento, cierro este texto de madrugada, reflejado en el ventanal de la recepción de mi edificio, mucho menos triste que hace dos semanas. Todo lo que ha pasado entremedio está guardado en el corazón de mi madre, apretujado en la memoria de un puñado amigas y amigos, y desperdigado en este computador. Luego de haber escrito esto ya no sé si medir la espontaneidad con la vara de la ferocidad de la prosa. Hace tiempo ya que secularicé la tristeza, privilegié la forma y su goce, me arrimé a esta fidelidad, a esta precisión, que es igual a todas, pero es mía. Sigo echando de menos cierta manera de ser de corrido por escrito, pero también, cada tanto tiempo y en distintos formatos, me vienen unas ganas tremendas de callarme. ¿Puede uno callarse por escrito?. “Cada vez hay más. Más de todo, de lo que sea (…) Incluso en todas partes hay cada vez más polvo. Me impactó cuando supe que gran parte del polvo que hay en la superficie de este planeta tierra proviene del espacio, correspondiente a restos de asteroides y cometas”, escribe N. en una de sus últimas columnas2. La teoría del bosque oscuro sugiere que las vidas extraterrestres son silenciosas porque no quieren tener nada que ver con nosotros. Nuestra pulsión comunicativa sería, para ellos, un signo de estupidez. Por mi parte, cuanto más me convenzo de que escribir sin necesidad no sirve de nada, más escribo.
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1 Esta cita se la he robado directamente a Paula, vecina de esta casa escritural que en su texto Farmacea: el texto como punto de cruz droga y muerte (III) desarrolla este punto mucho mejor que aquí.