En verano no soy y, aunque me sirvo de las noches y su aroma floral y a veces figuro caminando y comentando la película que acabamos de ver, lo concreto es que, en general, no soy, no aparezco, resto mi ya intermitente presencia de lo obscenamente visible y pegajoso y guardo todas mis fichas para la próxima decencia blanca y ocre del cielo y las cosas que abajo saben impregnarse tranquilas y lejos de la obligatoria luz.
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La madrugada como pasadizo. Segmento oculto o prótesis del día. Asomo la cabeza por la ventana y cuento las luces encendidas en los edificios aledaños. Comunidad involuntaria de un misterio rudimentario.
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“Paradoja #1. Como sabe cualquier insomne, cuanto más intentes dormir, más te evadirá el sueño. La lógica del tira y afloja que subyace a este problema puede explicarse fácilmente ya que es imposible esforzarse en ceder a la ternura”1.
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En los turnos de día sí se trabaja. Se barre, se enfrenta uno al ducto gigante de la basura y su vómito a la manera de los dioses pestilentes de El viaje de Chihiro, se atiende uno tras otra a las personas que van llegando a recepción, se queda uno indeciso mirando una llave que alguien ha abierto quién sabe cómo pues su manilla no es ninguna de las dos que están colgadas en el panel todo esto mientras la manguera produce una tras otra pozas que voy desplazando cada quince minutos mientras decido qué hacer. A diferencia de los turnos de madrugada, de día me enfrento al otro. Palabras diurnas que caben en una plantilla de cuatro o cinco frases intercambiables en las que me refugio. Es fácil, sin embargo, hay dos señoras que sé que quieren pillarme. Reconocen, quizá, que no tengo aura de conserje. Que me falta el bigote, el pelo cano, algo. Con ellas refuerzo más mi personaje, agrando el saludo: de día simulo; de noche soy.
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Apago el ventilador al primer estornudo. Lo prendo a la primera gota de sudor cayendo por la pierna. Tomo té helado con jengibre y gotas de limón y cerezas. Como duraznos. Hablo una hora con mi madre. El sol naranjea solo las esquinas de los edificios. Mi ventana es delicadamente cerrada por el viento. Algo del verano se retira.
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Tareas escriturales esparcidas en words, google docs, en las notas del cel, en mi chat conmigo mismo. Organizo, categorizo, distribuyo, pero desarrollo poco. Al entusiasmo tengo que pillarlo de espalda y acercarme despacio. Rodearlo sin nombrarlo. ¿Por qué habría que necesariamente encarnar al péndulo que oscila entre la conciencia de la inutilidad de escribir y sus intermitentes gratificaciones? Preferiría bajarme en la parte que ya no me sirve, saltar del columpio justo antes que la conciencia de estar buscando el entusiasmo me revele su ausencia.
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Cuido el párrafo más de lo que me cuido a mí mismo con la esperanza idiota de que a futuro el párrafo cuide de mí.
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Igual que con mi escasa ropa, repito las mismas citas por aquí y por allá. Mismas ropas, mismas citas; mismos temas, distintas combinaciones. Si nadie me frecuenta tanto. Si nadie me lee tanto. Quizá no se den cuenta.
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“La noche apaga mi rencor”2.
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No entiendo bien qué es ese supuesto pudor de no superar; tampoco su opuesto, el orgullo de dar vuelta la página de inmediato. Siento difuso solo si siento poco. Si alguien me gusta con certeza y las cosas no resultan se vuelve una niebla que permanece y sube y se vuelve nube que olvido como me olvido del cielo y de pronto llueve y recuerdo y así, hasta que entro a una nueva niebla, que no borra sino que subsume a la anterior.
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“Es por eso que lo llaman enamorarse. No puedes caerte a propósito. Basta con aceptar el hecho de que el amor es raro, y probablemente no te va a pasar nunca”3.
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“Supongo que lo veo como un trueque: tú rechazas, eres rechazado, entonces, ¿cómo permites que te moleste?”4.
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Estoy viendo todo lo dirigido por Clint Eastwood desde el comienzo -es decir, todo lo que escribió para interpretar él mismo- y se repite este patrón: una mujer joven que lo ve por primera vez se vuelve loca por él, le expresa su deseo de la manera más explícita -y caricaturesca- posible, él se resiste con los ojos entrecerrados y cara de campeón y la deja ir, hasta que luego el encuentro igual sucede. Es tan reiterativo que queda claro el mensaje: no soy lo conseguido, soy quien consigue.
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“Vivimos tres veces más desde que el hombre inventó las películas”, dice un personaje en Yi yi.
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Este formato de entradas cortas lo implementé a los veinte cuando di de golpe con los diarios de Millán y Bertoni (a esa edad descubrir ciertos estilos configuran una especie de autorización para hacer lo mismo), lo incorporé en mi diario y luego, hace unos años, gracias a un Mundial de escritura en el que cada día había que llenar un par de planas, ratifiqué la liviandad de avanzar en la página así, amparado en que el sentido de conjunto, si llega, lo hará desde fuera.
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¿Iré a ver alguna vez un fantasma por las cámaras de seguridad? Segmentación de lo fantasmal: los que desean ver y los que desean ser vistos. Hipótesis: los fantasmas arrancan, evaden, se deslizan, se muestran a medias mientras performan su anterior rutina. Llaman la atención para establecer un juego en que son perseguidos, buscados, necesitados de nuevo. Un fantasma que avanza de frente a tu encuentro: algo que ocurre solo en las películas.
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Trabado en uno de los cuentos en curso. Va de un vendedor de libros venido a menos que abandona su stand para ir a buscar un enchufe y algo le pasa mientras está solo en un bloque contiguo buscando la única sala en la que hay electricidad. Aún no decido si se adentra en un laberinto levreriano de pasadizos y túneles (ya abusé de eso, siento, y tendría que llevarlo al extremo si me voy por ahí), si encuentra alguna especie de artefacto mágico (había pensado en un genio literario que usa para levantar su editorial encarnado quizá por uno de estos charlatanes que ofrecen tertulias literarias en instagram), o si, para salirme un poco de lo que hago siempre, me obligo a que sea todo muy realista y busco la rareza, la opresión o lo ominoso por otro lado. Una última vía -la más difícil y a la que me he prometido ya no solo en la vía literaria- es la de lo derechamente inexplicable, que me cuesta un montón.
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“Muros, árboles y cerros que han mantenido su distancia todo el día, se vuelven de noche presencias reunidas”5.
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La madrugada ofrece sus gritos lejanos. El guardia al frente hace su ronda y nos saludamos. Quince metros de distancia y dos ventanales entremedio: es fácil comunicarse en tanto silueta. El gato cojo que jamás he podido tocar me mira a una distancia prudente. Soy el monstruo tras el mesón, la silueta sin lenguaje que ha visto levantarse con los brazos abiertos. Distancia, cálculo y gesto. Es por ir pasando que nos decimos. Doscientas personas duermen de mi cabeza hacia arriba y cuido la noche, mirándola.
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1 Marina Benjamin, Insomnio.
2 Salvatore Adamo, La noche.
3 Horace and Pete, S01E09.
4 Slacker (Richard Linklater, 1991).
5 Thomas A. Clark, Distancia y proximidad.