Un hogar no se construye con ladrillos

Existimos en los lugares en los que somos. Especialmente existimos en las personas que amamos.

Hay un monotema que roza el tabú en el momento en el que se conjura en público. Por la intensidad en la que se sucede el deseo y su imposibilidad al mismo tiempo: todo el mundo quiere comprarse una casa, y nadie puede permitírsela. Y es un monotema porque como las historias de amor enquistadas, se repite hasta la saciedad entre cerveza y cerveza por la necesidad de alivio y de no acabar de dar con la tecla por el enorme impacto que tiene en la vida íntima de las personas. Su abordaje desde lo político es como ver a un pugilista dándose puñetazos en un cuadrilátero estanco; retraso en la construcción de vivienda pública en años, altísima demanda, especulación, la rentabilidad segura de la inversión en el ladrillo o incluso la piedra angular del privilegio de clase. 

Todo esto me aburre, está trillado. Me indigna ya no solo por la problemática en sí, que evidentemente, sino por el tratamiento tan desajustado que recibe. Me genera un largo bostezo, de vergüenza ajena, por evidenciar el milímetro eterno que existe entre lo discursivo de lo político y lo real y descarnado del deseo de vivir, de las cosas que realmente importan. El bostezo ya se me atraganta cuando desde lo político se prostituye ese deseo con promesas vacuas que siguen sin tomar enserio lo frágil del asunto.

En una sesión, mi psicóloga me dijo que en este viaje que transitamos estamos constantemente volviendo a casa o intentando averiguar lo que es eso para nosotros, algo que está ya impregnado en la historia de la humanidad con el viaje del héroe. Pienso en el clásico de la Odisea y el regreso a Ítaca de Ulises. Frodo tenía La Comarca. La Caperucita iba a casa de su abuela, los tres cerditos tenían tres casas. Nuestros recuerdos de infancia se ambientan en casas familiares. Otra cosa ya es si esas familias eran o no lugares seguros, en este sentido la escritora Laura Ferrero expresó en una entrevista que le gustaba la idea de pensar que la familia era ese lugar seguro al que poder volver. Como sea, un ‘punto de partida’. Eso es lo que buscamos los jóvenes, nuestro ‘punto de partida’ para proyectar el hogar que queremos habitar y en el que queremos habitarnos. Condición sine qua non la vida se enriquece. Porque los objetos, la decoración, el espacio en general empieza a ser lugar de pertenencia de la materia en desarrollo que desea existir. Que somos nosotros. Existimos en los lugares en los que somos. Especialmente existimos en las personas que amamos. Y por eso una casa, un hogar, se está convirtiendo en la perla de oro de la generación milenial, una bomba de relojería que ha estallado en manos propias cuando llevaba caldeándose en ajenas durante décadas. Tiene también sarcasmo su nomenclatura, "bienes inmuebles", o sea que no se mueven. De manos será. Ahora son inciertos, no podemos asirlos. 

Cambia totalmente el paradigma vital. Este pensamiento fue el que me vino cuando Kike dijo el otro día cómo se veía dentro de cinco años. Dijo que le gustaría tener una casa bonita para compartirla con sus amigos y generar comunidad artística. Joder claro.

Mis amigos Olalla y Mateo buscan su ‘punto de partida’ para su proyecto familiar en un Madrid donde cada metro puja como la milla de oro, bajo la escuálida sonrisa de doña Isabel Ayuso. La única opción que tienen es el estudio de él, un bajo de apenas 50 metros. Cambiarse a un piso de dos habitaciones no baja de los 1.200 euros de alquiler. Le propusieron a la dueña una mejora para aprovechar el espacio de ese loft, que ésta declinó. El novio de mi amiga Ana vive en Alemania por 900 euros en un piso muy digno. Conocidos de Barcelona se van a Berga a vivir o en busca de proyectos alternativos de residencia comunitaria. Y un largo etcétera que ya cuenta mucho mejor Ana Iris Simón. Y columnas asiduas de jóvenes en El País, como la del pasado lunes. Cito: “Me encanta ser joven, pero hoy significa precariedad, ansiedad, incertidumbre y soledad”. Reimaginarnos en este nuevo paradigma es el reto bajo la punta de iceberg de este gran tabú-monotema. No ceder en la proyección de un futuro bonito también, aunque sea en medio de la inseguridad crónica de tantos jóvenes que dan el salto de trampolín a la edad adulta en un mundo para el que se prepararon pero que ya no existe. La otra cara de la moneda es la creatividad a la que nos obliga este tiempo, para seguir habitando espacios en los que ser aunque sin hipoteca. Ahogados igualmente. 

En lo político, yo solo me quito el sombrero ante María Sisternas, arquitecta y exdirectora del Instituto Catalán del Suelo (incasól) hasta 2024. Dimitió en pleno coletazo moribundo del Govern de ERC porque el Ejecutivo catalán no sacó adelante un proyecto de 637 pisos sociales que tenía pactado con el Ayuntamiento de Barcelona. Ha pasado tiempo de eso y su nombre ha pasado sin pena ni gloria en los anales de la crónica política de Cataluña. Pero su dimisión, como forma de resistencia íntima - que diría Josep Maria Esquirol-, de protección de lo espiritual, de lo humano, por llevar como bandera que la vivienda es un derecho. Por darle la dignidad plena a ese derecho con su libertad individual. Me representa. Y es que en política he empezado a pensar que la dimisión es el auténtico acto libre. Así que gracias María por tu política, que sí fue pública, aunque nadie te la haya reconocido.

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Hay un monotema que roza el tabú en el momento en el que se conjura en público. Por la intensidad en la que se sucede el deseo y su imposibilidad al mismo tiempo: todo el mundo quiere comprarse una casa, y nadie puede permitírsela. Y es un monotema porque como las historias de amor enquistadas, se repite hasta la saciedad entre cerveza y cerveza por la necesidad de alivio y de no acabar de dar con la tecla por el enorme impacto que tiene en la vida íntima de las personas. Su abordaje desde lo político es como ver a un pugilista dándose puñetazos en un cuadrilátero estanco; retraso en la construcción de vivienda pública en años, altísima demanda, especulación, la rentabilidad segura de la inversión en el ladrillo o incluso la piedra angular del privilegio de clase. 

Todo esto me aburre, está trillado. Me indigna ya no solo por la problemática en sí, que evidentemente, sino por el tratamiento tan desajustado que recibe. Me genera un largo bostezo, de vergüenza ajena, por evidenciar el milímetro eterno que existe entre lo discursivo de lo político y lo real y descarnado del deseo de vivir, de las cosas que realmente importan. El bostezo ya se me atraganta cuando desde lo político se prostituye ese deseo con promesas vacuas que siguen sin tomar enserio lo frágil del asunto.

En una sesión, mi psicóloga me dijo que en este viaje que transitamos estamos constantemente volviendo a casa o intentando averiguar lo que es eso para nosotros, algo que está ya impregnado en la historia de la humanidad con el viaje del héroe. Pienso en el clásico de la Odisea y el regreso a Ítaca de Ulises. Frodo tenía La Comarca. La Caperucita iba a casa de su abuela, los tres cerditos tenían tres casas. Nuestros recuerdos de infancia se ambientan en casas familiares. Otra cosa ya es si esas familias eran o no lugares seguros, en este sentido la escritora Laura Ferrero expresó en una entrevista que le gustaba la idea de pensar que la familia era ese lugar seguro al que poder volver. Como sea, un ‘punto de partida’. Eso es lo que buscamos los jóvenes, nuestro ‘punto de partida’ para proyectar el hogar que queremos habitar y en el que queremos habitarnos. Condición sine qua non la vida se enriquece. Porque los objetos, la decoración, el espacio en general empieza a ser lugar de pertenencia de la materia en desarrollo que desea existir. Que somos nosotros. Existimos en los lugares en los que somos. Especialmente existimos en las personas que amamos. Y por eso una casa, un hogar, se está convirtiendo en la perla de oro de la generación milenial, una bomba de relojería que ha estallado en manos propias cuando llevaba caldeándose en ajenas durante décadas. Tiene también sarcasmo su nomenclatura, "bienes inmuebles", o sea que no se mueven. De manos será. Ahora son inciertos, no podemos asirlos. 

Cambia totalmente el paradigma vital. Este pensamiento fue el que me vino cuando Kike dijo el otro día cómo se veía dentro de cinco años. Dijo que le gustaría tener una casa bonita para compartirla con sus amigos y generar comunidad artística. Joder claro.

Mis amigos Olalla y Mateo buscan su ‘punto de partida’ para su proyecto familiar en un Madrid donde cada metro puja como la milla de oro, bajo la escuálida sonrisa de doña Isabel Ayuso. La única opción que tienen es el estudio de él, un bajo de apenas 50 metros. Cambiarse a un piso de dos habitaciones no baja de los 1.200 euros de alquiler. Le propusieron a la dueña una mejora para aprovechar el espacio de ese loft, que ésta declinó. El novio de mi amiga Ana vive en Alemania por 900 euros en un piso muy digno. Conocidos de Barcelona se van a Berga a vivir o en busca de proyectos alternativos de residencia comunitaria. Y un largo etcétera que ya cuenta mucho mejor Ana Iris Simón. Y columnas asiduas de jóvenes en El País, como la del pasado lunes. Cito: “Me encanta ser joven, pero hoy significa precariedad, ansiedad, incertidumbre y soledad”. Reimaginarnos en este nuevo paradigma es el reto bajo la punta de iceberg de este gran tabú-monotema. No ceder en la proyección de un futuro bonito también, aunque sea en medio de la inseguridad crónica de tantos jóvenes que dan el salto de trampolín a la edad adulta en un mundo para el que se prepararon pero que ya no existe. La otra cara de la moneda es la creatividad a la que nos obliga este tiempo, para seguir habitando espacios en los que ser aunque sin hipoteca. Ahogados igualmente. 

En lo político, yo solo me quito el sombrero ante María Sisternas, arquitecta y exdirectora del Instituto Catalán del Suelo (incasól) hasta 2024. Dimitió en pleno coletazo moribundo del Govern de ERC porque el Ejecutivo catalán no sacó adelante un proyecto de 637 pisos sociales que tenía pactado con el Ayuntamiento de Barcelona. Ha pasado tiempo de eso y su nombre ha pasado sin pena ni gloria en los anales de la crónica política de Cataluña. Pero su dimisión, como forma de resistencia íntima - que diría Josep Maria Esquirol-, de protección de lo espiritual, de lo humano, por llevar como bandera que la vivienda es un derecho. Por darle la dignidad plena a ese derecho con su libertad individual. Me representa. Y es que en política he empezado a pensar que la dimisión es el auténtico acto libre. Así que gracias María por tu política, que sí fue pública, aunque nadie te la haya reconocido.

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