Bajo la almohadilla #foodporn en el buscador de TikTok podrás encontrar millones de vídeos con unas miniaturas muy características: en su mayoría son hombres, entre los 20 y 40 años, con expresiones faciales exageradas (abren tanto la boca que puedes verles hasta las caries), miran directamente a cámara o a la hamburguesa chorreando que aprietan entre los dedos. Son los influencers de comida o, como yo los he bautizado, los smashburger bros.
El influencer ‘comidista’ (foodie) es uno de los perfiles más virales de la red. Todos emplean los mismos formatos, expresiones y técnicas de edición. Son videos breves, a menudo enfocados con el mismo flash de la cámara que hace relucir la salsa de Lotus en todos sus platos, aparecen muchos cortes que muestran detalladamente la carne en su interior y sus dientes clavándose mientras cierran los ojos.
Pretenden generar sensaciones muy concretas en el público, no necesariamente el hambre. Su objetivo principal no es solo recomendar lugares donde comer buenas hamburguesas, sino que provocan una invitación a mirar y consumir indirectamente. Su público suele ser de la misma franja de edad y también primordialmente masculino. A menudo este contenido se consume con fines fetichistas.
El éxito de los foodies, así como de los chefluencers (influencers que crean contenido sobre cocina, que pueden trabajar o no de cocineros también), se ha disparado en los últimos años, en especial desde la pandemia de 2020. Ya sea por su falta de habilidades culinarias, las combinaciones extrañas de ingredientes, la cuidada presentación de sus creaciones o el apetito que despiertan en su audiencia, los influencers de comida son los responsables de un crecimiento exponencial de negocios dedicados a nichos culinarios, como los sitios de té matcha, café de especialidad, sushi, tartas de quesos con decenas de variantes y, por supuesto, de hamburguesas (concretamente, los locales de smash burgers).
También es pertinente resaltar la popularización de ciertos ingredientes que se añaden a todos los platos de comida rápida, dulces o salados, como el pistacho, la galleta Lotus o la galleta Oreo. Del mismo modo ha crecido el número de personas que desean consumir esta comida y este contenido. Resulta entonces un momento ideal para repensar nuestra relación con la comida, concretamente la carne y los cambios socioculturales que estamos viviendo.
La remasculinización de las hamburguesas a través de los smashburger bros no es un fenómeno aislado, sino un reflejo de un contexto sociopolítico más amplio donde la comida se convierte en un símbolo de resistencia ante los cambios culturales. La obsesión por la carne roja y su exaltación en redes sociales como un ritual de placer y exceso encajan perfectamente en la narrativa de un sector reaccionario que rechaza la evolución de los hábitos de consumo y la discusión sobre las implicaciones ambientales y éticas de la alimentación.
En los últimos años hemos podido observar el reclamo de la comida rápida por parte de los grupos parlamentarios conservadores y las marcas se adscriben asimismo a los movimientos ‘anti woke’ (reaccionarios). Tal es el caso de Donald Trump, que tras haber hecho retroceder numerosos derechos civiles, como las políticas DEI (las siglas DEI corresponden a Diversidad, Equidad e Inclusión), ha sido apoyado por McDonald’s, Coca-Cola o Disney.
La carne se encuentra profundamente politizada desde hace décadas, como podemos ver a través de la defensa ‘carnista’ vinculada al autoritarismo de derechas, el racismo y el sexismo. En Europa también hemos visto este fenómeno a menor nivel. Un ejemplo más cercano: Isabel Díaz Ayuso defendiendo los menús de comida rápida para niños con beca comedor y empresas como TelePizza, McDonald’s y Coca-Cola financiando estas iniciativas a pesar del aluvión de las protestas por parte de la sociedad civil y los expertos en nutrición.
O, por el contrario, se intenta ridiculizar aquellas políticas que abogan por hábitos alimentarios más sanos o que instan a reducir el consumo de carne, como fue el caso de Alberto Garzón, que recibió una oleada de críticas tras impulsar una guía que animaba a la ciudadanía a no comer carne cuatro días a la semana para vivir “dentro de los límites del planeta”, recomendaba el consumo de entre cero y un máximo de tres raciones a la semana y pedía minimizar el uso de carne procesada. Garzón no solo recibió el rechazo de la industria ganadera, sino que desde los medios también se lanzaron mensajes incendiarios1.
Los estudios antropológicos en los últimos años han constatado el papel de la comida en la articulación de la identidad, el estatus y el sentimiento de pertenencia2 Tanto así, que hemos sido testigos del uso de la comida como herramienta en los discursos populistas y excluyentes de los políticos de derecha, como las más de treinta publicaciones de Matteo Salvini durante las elecciones europeas de 2019 en su cuenta personal de Instagram. En ellos no solo apelaba al pueblo como clase, sino a la nación italiana como un todo homogéneo, diferenciándose del resto de Europa. Por lo tanto, la politización de la alimentación permite al líder delinear los fundamentos espaciales, temporales y morales del ser italiano3.
La comida y la forma de consumirla según los estudios dice mucho en cuanto al género en Estados Unidos, origen de las smash burgers y otras tantas tendencias gastronómicas que vemos en redes diariamente y que se extienden como una plaga debido a la globalización. Los hombres vegetarianos son considerados generalmente como menos masculinos y las famosas cadenas de ‘breastaurants’ –aunque son rechazadas por mucha parte de la generación Millennial y Z– siguen atrayendo principalmente clientela masculina que deja entrever un nexo entre el consumo de carne, el sexismo y los roles tradicionales de género.
No es casualidad que estos influencers de comida se alineen, consciente o inconscientemente, con discursos que reafirman una idea de masculinidad basada en la dominación y el exceso. Comer carne, y hacerlo de manera grotesca y ostentosa, se ha transformado en una afirmación identitaria en un mundo donde las definiciones de género y de poder patriarcal están siendo sacudidas. Por descontado, las marcas han sabido capitalizar esta tendencia, convirtiendo a las hamburguesas y otros productos hipercalóricos en elementos de culto dentro de una comunidad que encuentra en el consumo una reafirmación de valores conservadores.
Sin embargo, la irrupción de nuevos discursos sobre alimentación y sostenibilidad también está generando resistencia a esta narrativa. La comida, lejos de ser un acto neutro, continúa siendo un campo de batalla donde se cruzan posturas sobre salud, política, clase y género. En este panorama, los smashburger bros son un síntoma más de la reacción frente a los cambios inevitables en nuestra relación con lo que comemos, el contexto político y, por extensión, con el mundo que nos rodea.
Mientras las hamburguesas se erigen como un símbolo de resistencia masculina, es fundamental preguntarnos qué más representan y qué impacto tiene esta glorificación del consumo sin límites en la sociedad.
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1 "Garzón, la cuota vegana" (LaRazón, 11/07/21)
2 Elliott, Charlene (2008). "Consuming the Other. Packaged Representations of Foreignness in President's Choice". In: LeBesco, Kathleen and Naccarato, Peter (eds). Edible Ideologies. Repre-senting Food and Meaning. Albany: State Uni-versity of New York Press, pp. 179-198.
3 The Italian ‘Taste’: The Far-Right and the Performance of Exclusionary Populism During the European Elections de Sara García-Santamaría, Ramon Llull University (Spain)