Gente que piensa #3: cazando estrellas fugaces

No deja de venirme a la cabeza su nombre. Salta a mí en cada palabra que leo.

Edward Hopper, Andrew Wyeth o Vilhelm Hammershøi plasmaron en sus lienzos un hilo invisible que une miradas, instantes y emociones suspendidas en el tiempo. Sus escenas capturan la soledad, la melancolía y el eco de historias que nunca se contaron.

Ya está aquí la tercera entrega de Gente que piensa. Tres fotografías, tres ficciones, tres vidas posibles. Un viaje a través de la quietud, la nostalgia y esos detalles que habitan los márgenes de lo cotidiano.

Cada quince días, una nueva entrega en sustrato.io.

1º «Tenía tatuadas unas coordenadas justo ahí, donde acaba su espalda, pero me dijo que todavía no era el momento de explicar ningún tatuaje»

— La realidad es que no sé si me apetece estar en otro sitio que no sea este pero lo cierto es que aquí estoy bien. Me conformo porque es viernes y, además, es un viernes tranquilo. En fin, vaya semana. Quiero estar aquí, no hacer nada, tomar un té calentito mientras llueve fuera y cuando cierren irme a casa. Quiero leer. Intento leer. Sé que puede ser precipitado y que la gente hoy en día va con pies de plomo cuando conoce a alguien, pero intento concentrarme y no deja de venirme a la cabeza su nombre. Salta a mí en cada palabra que leo. Tenía un cumpleaños de un amigo de un amigo y me duele un poco que vaya al cumpleaños del amigo del amigo, sinceramente. Me refiero: él sabe que yo no iba a hacer nada y podríamos haber quedado y que estuviera aquí conmigo. Que sí, que es un plan que no le gusta pero me dijo que algún día me acompañaría. No sé por qué me molesta tanto. Si es porque no ha venido o porque en realidad estoy esperando a que venga. Escribirle es un error. No porque no quiera, sinoporque no quiero que parezca que quiero más de lo que él quiere. Hay que dar espacio, o eso dicen, ¿no? Pero si te gusta alguien… ¿Cuánto espacio hay que dar? ¿Cómo se prepara alguien para dar espacio a la persona que está conociendo y solo quiere pasar tiempo con ella? Es contradictorio. Quiero enseñarle todos los lugares de Madrid que no conozco con otras personas. Quiero verle y le vi ayer.¿Qué estará haciendo? ¿Pensará en mí? Está en un cumpleaños. Está en el cumpleaños del amigo de un amigo. ¿Pensará en mí? ¿Me escribirá cuando esté volviendo a casa?

2º «Que alguien cante para ti da miedo. Y no me refiero al miedo de las películas de miedo. Me refiero al miedo de las películas de amor.»

—¿Has escuchado esta canción alguna vez?

—No, nunca he escuchado esta canción. Pero no porque no haya querido escuchar esa canción sino porque nadie me la ha cantado nunca. Quiero decir: he conocido muchas voces. Voces bellísimas. Más graves. Más agudas. Todas y cada una de ellas con sus detalles, con esa magia escondida capaz de erizar la piel. Personas que lo hacían más sencillo, que cantaban como los ángeles sinesfuerzo. Les decía «Cántame» y sin preguntarme por qué se lanzaban a cantar como los ángeles. Algunas personas cerraban los ojos, otras no. Otras subían las manos a media altura para encontrar el tono adecuado. Y otras me miraban a los ojos, fijamente. A veces, si me miraban fijamente, me arrepentía de haberle pedido que me cantaran. Que alguien cante para ti da miedo. Y no me refiero al miedo de las películas de miedo. Me refiero al miedo de las películas de amor. Una persona que sabe cantar como los ángeles puede agarrarte, levantarte, lanzarte y guardarte en su voz para siempre. Quien sabe cantar conoce hasta dónde pueden llegar sus manos y hasta dónde pueden arrastrarnos a aquellos que no sabemos más que sentir lo que cantan. Es increíble lo bien que se me da guardar las canciones en mí para recordarlas siempre. Puedo hacerlo casi sin querer. Simplemente, te dejas llevar mientras escuchas a la persona que canta. Y mira que hay millones de canciones en el mundo: más tristes, más alegres, más instrumentales, más tú, más yo…

—Entonces, ¿nunca has escuchado esta canción?

—Sí, pero nunca cantada por ti.

3º«La historia era que yo no sabía lo que quería y tú estabas dispuesta a salir a cazar estrellas fugaces»

—Me he acostumbrado a las palabras vacías, María José. A las promesas carentes de sentido, que las hay. Y si no, las hemos creado. Duele habernos convertido en esto pero con estas cosas no te das ni cuenta. Hemos sido idiotas. Y está bien ser idiota cuando estás enamorado pero cuando el amor termina te conviertes en un idiota de verdad. Quiero decir que no podemos lanzar la culpa al aire, hacernos a un lado y que le caiga a otros. Las cosas hay que hacerlas bien, afrontarlas, y sí, es cierto que yo no sabía lo que quería ni lo sé ahora, y sí, es cierto que tú estabas dispuesta a salir por ahí a cazar estrellas fugaces, como te gustaba decir, pero no tenemos edad para cuentecitos. ¿Ves las cosas cómo cambian? Si me dijeras que quieres volver a mi piso, después de todo, te diría que sí. Claro que sí, de verdad. Mi parte racional dice que no pero mi parte emocional está como loca por que vuelvas. Mi parte emocional te la llevaste contigo, no me la has devuelto ni piensas hacerlo, te acompaña a todos los lados: al Aldi, al gimnasio, al Mango cuando sales del trabajo, cuando quedas con otros… Está haciendo tu vida y es jodido, muy jodido, pero en esas estamos. Hablé con Roberto del trabajo, le pedí unos días de vacaciones y me dijo que sin problema, que si lo necesitaba para estar mejor, que me fuera la semana y media que me quedaba acumulada. Ahora viajo solo y lo paso bien, pero no tan bien como si estuvieras conmigo. He venido a Nueva York. Vaya giro, ¿eh? Yo que odiaba esta ciudad y me puse tan pesado cuando hablamos del viaje de novios. Fíjate ahora… ¿Ves las cosas cómo cambian? Pues eso, desconectando, poniendo todo en orden sabiendo que es imposible. Inventándome una rutina que no me gusta pensando en qué estarás haciendo a cada minuto.

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Ficciones

Gente que piensa #3: cazando estrellas fugaces

No deja de venirme a la cabeza su nombre. Salta a mí en cada palabra que leo.

Edward Hopper, Andrew Wyeth o Vilhelm Hammershøi plasmaron en sus lienzos un hilo invisible que une miradas, instantes y emociones suspendidas en el tiempo. Sus escenas capturan la soledad, la melancolía y el eco de historias que nunca se contaron.

Ya está aquí la tercera entrega de Gente que piensa. Tres fotografías, tres ficciones, tres vidas posibles. Un viaje a través de la quietud, la nostalgia y esos detalles que habitan los márgenes de lo cotidiano.

Cada quince días, una nueva entrega en sustrato.io.

1º «Tenía tatuadas unas coordenadas justo ahí, donde acaba su espalda, pero me dijo que todavía no era el momento de explicar ningún tatuaje»

— La realidad es que no sé si me apetece estar en otro sitio que no sea este pero lo cierto es que aquí estoy bien. Me conformo porque es viernes y, además, es un viernes tranquilo. En fin, vaya semana. Quiero estar aquí, no hacer nada, tomar un té calentito mientras llueve fuera y cuando cierren irme a casa. Quiero leer. Intento leer. Sé que puede ser precipitado y que la gente hoy en día va con pies de plomo cuando conoce a alguien, pero intento concentrarme y no deja de venirme a la cabeza su nombre. Salta a mí en cada palabra que leo. Tenía un cumpleaños de un amigo de un amigo y me duele un poco que vaya al cumpleaños del amigo del amigo, sinceramente. Me refiero: él sabe que yo no iba a hacer nada y podríamos haber quedado y que estuviera aquí conmigo. Que sí, que es un plan que no le gusta pero me dijo que algún día me acompañaría. No sé por qué me molesta tanto. Si es porque no ha venido o porque en realidad estoy esperando a que venga. Escribirle es un error. No porque no quiera, sinoporque no quiero que parezca que quiero más de lo que él quiere. Hay que dar espacio, o eso dicen, ¿no? Pero si te gusta alguien… ¿Cuánto espacio hay que dar? ¿Cómo se prepara alguien para dar espacio a la persona que está conociendo y solo quiere pasar tiempo con ella? Es contradictorio. Quiero enseñarle todos los lugares de Madrid que no conozco con otras personas. Quiero verle y le vi ayer.¿Qué estará haciendo? ¿Pensará en mí? Está en un cumpleaños. Está en el cumpleaños del amigo de un amigo. ¿Pensará en mí? ¿Me escribirá cuando esté volviendo a casa?

2º «Que alguien cante para ti da miedo. Y no me refiero al miedo de las películas de miedo. Me refiero al miedo de las películas de amor.»

—¿Has escuchado esta canción alguna vez?

—No, nunca he escuchado esta canción. Pero no porque no haya querido escuchar esa canción sino porque nadie me la ha cantado nunca. Quiero decir: he conocido muchas voces. Voces bellísimas. Más graves. Más agudas. Todas y cada una de ellas con sus detalles, con esa magia escondida capaz de erizar la piel. Personas que lo hacían más sencillo, que cantaban como los ángeles sinesfuerzo. Les decía «Cántame» y sin preguntarme por qué se lanzaban a cantar como los ángeles. Algunas personas cerraban los ojos, otras no. Otras subían las manos a media altura para encontrar el tono adecuado. Y otras me miraban a los ojos, fijamente. A veces, si me miraban fijamente, me arrepentía de haberle pedido que me cantaran. Que alguien cante para ti da miedo. Y no me refiero al miedo de las películas de miedo. Me refiero al miedo de las películas de amor. Una persona que sabe cantar como los ángeles puede agarrarte, levantarte, lanzarte y guardarte en su voz para siempre. Quien sabe cantar conoce hasta dónde pueden llegar sus manos y hasta dónde pueden arrastrarnos a aquellos que no sabemos más que sentir lo que cantan. Es increíble lo bien que se me da guardar las canciones en mí para recordarlas siempre. Puedo hacerlo casi sin querer. Simplemente, te dejas llevar mientras escuchas a la persona que canta. Y mira que hay millones de canciones en el mundo: más tristes, más alegres, más instrumentales, más tú, más yo…

—Entonces, ¿nunca has escuchado esta canción?

—Sí, pero nunca cantada por ti.

3º«La historia era que yo no sabía lo que quería y tú estabas dispuesta a salir a cazar estrellas fugaces»

—Me he acostumbrado a las palabras vacías, María José. A las promesas carentes de sentido, que las hay. Y si no, las hemos creado. Duele habernos convertido en esto pero con estas cosas no te das ni cuenta. Hemos sido idiotas. Y está bien ser idiota cuando estás enamorado pero cuando el amor termina te conviertes en un idiota de verdad. Quiero decir que no podemos lanzar la culpa al aire, hacernos a un lado y que le caiga a otros. Las cosas hay que hacerlas bien, afrontarlas, y sí, es cierto que yo no sabía lo que quería ni lo sé ahora, y sí, es cierto que tú estabas dispuesta a salir por ahí a cazar estrellas fugaces, como te gustaba decir, pero no tenemos edad para cuentecitos. ¿Ves las cosas cómo cambian? Si me dijeras que quieres volver a mi piso, después de todo, te diría que sí. Claro que sí, de verdad. Mi parte racional dice que no pero mi parte emocional está como loca por que vuelvas. Mi parte emocional te la llevaste contigo, no me la has devuelto ni piensas hacerlo, te acompaña a todos los lados: al Aldi, al gimnasio, al Mango cuando sales del trabajo, cuando quedas con otros… Está haciendo tu vida y es jodido, muy jodido, pero en esas estamos. Hablé con Roberto del trabajo, le pedí unos días de vacaciones y me dijo que sin problema, que si lo necesitaba para estar mejor, que me fuera la semana y media que me quedaba acumulada. Ahora viajo solo y lo paso bien, pero no tan bien como si estuvieras conmigo. He venido a Nueva York. Vaya giro, ¿eh? Yo que odiaba esta ciudad y me puse tan pesado cuando hablamos del viaje de novios. Fíjate ahora… ¿Ves las cosas cómo cambian? Pues eso, desconectando, poniendo todo en orden sabiendo que es imposible. Inventándome una rutina que no me gusta pensando en qué estarás haciendo a cada minuto.

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