El mantel blanco de aquella mesa en la que éramos siete silenció mi vaso todas las veces que lo apoyé en un mismo minuto. Fueron cuatro. Llevaba la soga por dentro del cuello y recé porque el agua regase unas palabras que no se animaban a germinar. Calculaba cuándo sería adecuado volver a ocultar mi inadecuado silencio con aquel gesto, intentando ganar unos segundos más. Un mal trago.
Fingí estar distraído, fingí escuchar y fingí entender. Fingí que no me importaba lo que estaba pasándome. Quizá era así. Les miraba a los ojos con la misma compasión que le ofrecería a un caballo de carreras con una pata rota. A mí nadie me miraba. Olía a sangre. Sabía quiénes escuchaban y quiénes sólo querían responder. Sabía quiénes tenían el móvil con vibración encima de la mesa y cuánto tiempo llevaba cada uno sin beber. Sabía quién sería el siguiente en pedir una copa. La que se había sacado el talón del zapato mientras contaba su último chisme apenas había comido. Su amiga se había recogido y soltado el pelo seis veces desde que se sentó. Yo llevaba exactamente catorce minutos sin hablar. Catorce. No sabía a cuántas palabras de distancia estaba de ellos.
Anhelo que me miren de la misma forma que los destellos de un lago anhelan la luz del crepúsculo. Remacharía mis rodillas al suelo y lo confesaría cada día. Esta inversión de mi voyeurismo rutinario en exhibicionismo suplicante es hija de mil generaciones de silencios. Quiero ser al que miran. Quiero que alguien tome la decisión consciente de analizar mi perímetro, cadencias y óperas de sonidos accidentales. Quiero que alguien cuente mis suspiros. Quiero que alguien intente descifrar que canción toco con mis dedos sobre la mesa. Quiero unos ojos que atraviesen el reflejo de los míos. Un eclipse. Quiero que alguien me diga quién soy. Una mirada que resuelva mi identidad, que confirme que existo, que estoy ahí.
Sólo existía en los silencios de aquella mesa en la que nadie me miraba. Sentía que inhalaba afasia. Todo el aire que me entraba era un castigo que alargaba mi condena. Volví a pensar en ella. En la experiencia de mi muerte en los ojos de los demás. Era la única forma en la que realmente me importaba. Dentro de mi albergaba un oscuro consuelo, sabedor de que mi muerte sería mía y que nadie me la podría quitar. Dejar de existir de verdad. Mi momento, sin esfuerzo alguno, donde todos me verían.
Me imaginé levantándome suavemente de la silla mientras ellos retiraban todos los platos y cubiertos sucios. Un ritual elegante. Alguien cambiaría el mantel y yo me acostaría encima, silenciosamente. Me quitaría los zapatos. Quizá en esos instantes ningún móvil vibraría. Miraría al techo, relajado, hasta cerrar los ojos y esperar la primera puñalada que abriría el banquete de mi cuerpo. Notaría sus dedos entre mis órganos. Me arrancarían los riñones y devorarían mis entrañas. Alguien lamería mis ojos. Alguno pegaría un mordisco a mi corazón. Escupirían mis uñas como cáscaras de pipa. Erupciones sangrantes teñirían aquel tupido mantel de un dulce rosa atardecer. Fantaseé con el chirrido de sus dientes mellando mis huesos, con cómo esos salvajes se limpiarían la boca con las mangas de sus ropas, con mi piel desgarrándose mientras que yo permanecería en el más absoluto silencio. Sí. Llevo años soñando que me destripan. Me comerían hasta no dejar nada. Y me mirarían. Me mirarían. Me –
Mi fantasía se truncaba cuando la misma preocupación de siempre volvía a mi cabeza: ¿en qué momento dejaría de ser yo? ¿en qué momento empezaría a ser yo?
Cuando volví a mi cuerpo de fantasma tenía un sabor vegetal en la lengua. Pensé en cuándo me había vuelto así. Casquería de otros tiempos. Quizá había tomado demasiadas salidas equivocadas. Toda mi vida he pensado que, si tuve suerte, fue un error. Si todos tenemos los mismos ojos, ¿porque sería yo el único que me ve? ¿Soy alguien cuando nadie me mira? ¿Soy alguien si nadie me mira? Tuve una arcada que se perdió entre el servicio de un camarero. Intenté pedir más agua, pero no pude. Años atrás no me importaba, o pensaba que era transitorio, o simplemente no era consciente. Creía que no era algo mío. Me sudaban las manos. ¿Les haría más felices poder comerme? Dejé de poder respirar. Alguien reía. Busqué desesperadamente una señal de salida. Nada. Miré hacia la ventana. Se abrió de golpe y quedé cegado por un rayo de luz. Me levanté bruscamente, apoyando mis manos en la mesa. Callaron. Cerré los ojos anticipando el vómito. Me iba a quemar. Una docena de ojos viciados de silencio se clavaron en mí. Sobre aquella mesa de mantel blanco me recorrió un placer culpable cuando de mi garganta brotó un cerezo negro que creció hasta el techo. Descolgó lentamente unas ramas que ofrecieron unas flores rosadas. Algunas gotearon. Mi cuerpo inerte cayó sobre la mesa mientras algunas manos acariciaban mis ramas y otras seguían comiendo. Alguien arrancó una flor.