Mi cabeza había borrado de su memoria como me sentía los días antes de una expedición desde el accidente donde pensé que, tras levantar la vista del suelo y atrapado aún bajo la moto, Sonia había muerto. Porque yacía boca abajo a pocos metros de la glorieta de San Bernardo. Parecía el inicio de una película de terror. Grité para comprobar desde la distancia que estaba consciente, pero no obtuve respuesta. Recuerdo perfectamente ver como los coches en sentido contrario ponían las luces de emergencia y se bajaban a ayudar mientras trataba de liberarme de la moto. Apenas podía andar, aunque la adrenalina del momento no me hizo darme cuenta de las fisuras y las lesiones que tenía en el pie derecho mientras caminaba cojeando hacia Sonia. Por suerte, a los pocos segundos, Sonia recuperó la conciencia y después de la visita del SAMUR todo quedó en un susto. La semana siguiente al accidente falleció mi abuela y a mi me gusta pensar que no nos pasó nada porque ella negoció con Dios su marcha a cambio de que nosotros saliéramos enteros.
La teoría de que mi abuela nos había salvado cobró fuerza cuando la doctora me comentó que no entendía como podía tener el pie en ese estado, no haberme lesionado el ligamento de Lisfranc, que me habría hecho pasar por quirófano, y entrar andando a la consulta con una pequeña cojera. Desde aquel día cambié los entrenamientos por el fisio, la noche por el sofá y la montaña por las películas y los libros. Era mi primera lesión grave desde que había nacido. Nunca había estado sin hacer ejercicio tanto tiempo, aunque sí que había coqueteado con la muerte. Un verano siendo pequeño casi me corto el cuello con un hilo fino y transparente que sujetaba la red de una cancha de tenis por la que iba corriendo. Vuelta de campana, caída contra el suelo y consciencia recuperada en la cama de mis padres al día siguiente después de que la ambulancia y los médicos comprobaran que estaba ileso. Aunque de eso no me acuerdo.
Más de seis meses después del accidente y tres semanas de recibir el alta Ignacio picó a mi puerta proponiéndome subir el Cabeza Nevada. Me miré al espejo y no vi nada que me gustase. Kilos de más y ninguna preparación física desde el accidente. Dos días antes de que Ignacio me comentara el plan había salido a intentar trotar, pero el dolor seguía. Fue imposible. Tuve que conformarme con caminar. El proceso había sido bastante frustrante. Tanto por ser primerizo como por no saber gestionar la ansiedad que me generaba no poder hacer deporte. Todo terminaba derivando en antojos y caprichos dulces. No sé muy bien por qué le dije que sí. Necesitaba salir de la bola mental en la que me había metido y demostrarme a mí mismo que seguía siendo el mismo de antes. Es una putada tener que dejar esto por escrito, pero a veces necesitamos tener cerca a gente que confíe más en nosotros de lo que lo hacemos nosotros mismos.
Así que me volví a rodear del grupo de montaña que tantas otras veces me había hecho feliz. Revisé el equipo, me preparé mentalmente para la posibilidad de no poder hacer cumbre por culpa del dolor en el pie y salimos para Gredos dos semanas más tarde. El manto blanco de la montaña me hizo olvidarme de todo y arrepentirme de no haber comentado la idea con el equipo de coger lo esquís de fondo para bajar aquellas palas mientras comentábamos en el Frutos, sede de todas nuestras expediciones a Gredos, la climatología y la ruta que nos esperaba.
Sonó la alarma a las siete y media de la mañana. Desayuné nervioso, me puse las botas y salimos hacia el objetivo. No sé muy bien cómo ni por qué, pero no sentía ningún dolor y los 600 metros de desnivel que había que salvar hasta llegar a los pies de la montaña no fueron ningún problema. La primera parte estaba hecha, pero ahora llegaba la más exigente. Subir de 1830 metros a 2426 con los crampones y el piolet. Sufrí en la última pala como hacía tiempo que no lo hacía. Entre su pendiente y mi cansancio parecía que no avanzaba y, de vez en cuando, miraba hacia atrás para asegurarme de que lo hacía. Terminé haciendo cima y abrazándome con mis amigos.
Durante los meses de la lesión me he dicho las peores cosas que puede decirse un ser humano así mismo. Si hubiera sido otra persona la que me hubiera hablado así no sé cómo hubiera acabado el asunto. Muchas veces queremos que los demás nos traten con respeto y quienes nos quieren con cariño, pero se nos olvida que la única persona con la que vamos a convivir hasta que nos vayamos de este mundo es con nosotros mismos. Y que no podemos exigir a los demás que nos cuiden si no nos cuidamos, que nos respeten si nos hablamos como si fuéramos nuestro peor enemigo. El primer amor siempre tiene que ser el propio y debe de estar por encima de accidentes, egos y complejos. Porque la cabeza tiene un límite y si lo sobrepasamos puede que no haya manera de que volvemos a ser la sonrisa que iluminaba los días de nuestros seres queridos.
La montaña, una vez más, ha vuelto a ser mi mejor psicólogo. Nadie como ella sabe hacer temblar mis cimientos y poner en juego mis principios. Quizás por eso siempre la uso de refugio para aislarme del ruido. Sus ásperas paredes, que me permiten estar un poco más cerca de las estrellas, son las almohadas de los mejores hoteles donde he dormido. Por todos aquellos que movidos por su espíritu indomable, salvaje y aventurero lo intentaron y desgraciadamente no volvieron a casa. Dios los tenga subiendo a las mejores cumbres del cielo.