Mata a tus ídolos

Por eso los biopics parecen haberse adueñado de las producciones cinematográficas. Ya no tenemos referentes comunes, así que tratamos de recrearlos, reinventarlos, les devolvemos a la vida desde la nostalgia que sentimos.

En los tiempos que corren, entre una decepción provocada por el político de turno y la siguiente desilusión de la mano de quien quiera que sea tu referente cultural actual, queda un vacío. Con la polarización ideológica cada vez estamos más individualizados y por ende más solos. Y hay pocos refugios más agradables que la sensación de pertenencia, a un lugar, a una cultura o incluso a una persona, aunque esta quede muy lejos de nosotros. Hay pocas emociones más inspiradoras que la admiración. 

Creo que cada vez más, carecemos de esa sensación tan acogedora que es la admiración en conjunto, esa que solo cabe en los grandes personajes públicos. El fenómeno fan de Taylor Swift sorprendió mundialmente porque hacía mucho tiempo que no se veía algo semejante. Se nos había olvidado hasta qué punto una sola persona puede emocionar a las masas. Lo que más choca del fenómeno swiftie es su expansión, muchísimas personas, de ambientes muy distintos, de países diferentes de distintos grupos y ambientes sociales cayeron rendidas ante sus Eras. Nos choca porque nos cuesta imaginar a tantas personas compartiendo algo, poniéndose de acuerdo en dedicar su admiración a un mismo foco, cuando estamos acostumbrados a una tendencia mucho más separatista. Andamos escasos de grandes referentes, y más que por una escasez de personajes públicos, diría que esta falta se debe a la ausencia de la práctica ya perdida de ponerse de acuerdo, o al menos, de vivir y dejar vivir. 

Taylor Swift

Mi intuición me lleva a pensar que esa pueda ser una de las causas por las que los biopics parecen haberse adueñado de las producciones cinematográficas. Ya no tenemos referentes comunes, así que tratamos de recrearlos, reinventarlos, les devolvemos a la vida desde la nostalgia que sentimos. Queremos el resurgir de los héroes de masas, en el fondo todos queremos ser swifties, todos queremos un ídolo, y si no lo encontramos en la realidad, lo encontraremos donde alguien más listo que nosotros y con buen olfato de negocio, predijo que iríamos a buscarlo. La pantalla.

Encuentro que los biopics, adaptándose a los tiempos, han utilizado tres formas canónicas de representar a nuestros ídolos. La más clásica, y más común, es la mitificación del personaje, el camino del héroe, cómo esa persona llegó a ser quien fue. Una historia de superación profundamente inspiradora que idealiza al personaje encumbrándolo, divinizándolo. Una narrativa fácil de seguir, reconfortante y que da al espectador exáctamente lo que busca, un ídolo sin tacha. Podríamos considerar películas como Elvis o Bohemian Rhapsody encajan en esta dinámica

Pero conforme la sociedad ha evolucionado en materia de diversidad e igualdad este modelo se ha ido quedando, si no obsoleto, al menos corto. Lo que ha llevado a un tipo de narración más expositiva. Conoce a tus ídolos, para bien o para mal, descubre nuevos ídolos, reconoce voces silenciadas, figuras que han caído en el olvido. Una tendencia entre la que se encuentran películas como On the Basis of Sex, The Imitation Game o The Danish Girl. 

Un biopic reciente, Priscilla, nos sirve como puente entre esta tendencia a al descubrimiento y la que propongo como tercera forma de contar: la visión crítica. El desmantelamiento y la caída del héroe, el castigo o la cancelación. Consigue dar voz y exponer la realidad de su protagonista, mientras muestra el comportamiento reprochable de su pareja, Elvis Presley. Una visión que en Elvis no se nos muestra. ¿Son realmente los biopics historias fidedignas? Podría decirse que sí, ya que tienen su base en hechos reales, pero son hechos narrados, actuados, grabados, editados…han sido filtrados bajo unos criterios solo conocidos por quien los estipula.

Priscilla (Sofia Coppola, 2023)

Ocurre con el biopic algo semejante a lo que ocurre con otro género, en este caso literario, que ha cobrado mucha relevancia en los últimos años, la autoficción. Las obras de autoficción se basan en la vida de sus autores pero se presentan como una narración ficcionalizada. El peligro del biopic es que no es tan explícito a la hora de confesar su elemento ficticio. Pero ha de ser, en parte, ficticio. ¿Cómo si no se explica que tengamos dos versiones tan dispares de un mismo personaje en dos películas con apenas un año de diferencia? La intervención, contexto e intención de quien las cuenta es inevitablemente una parte de la historia. Por muy imparcial que trate de ser y a pesar de que no se declare.

Pero no son quienes narran los únicos que intervienen en lo que se cuenta, porque una historia carece de propósito si no tiene quien la escuche. Y es en este punto de la reflexión cuando cuestiono mi tesis inicial. Aunque intuyo que en el auge de los biopics hay un elemento importante de querencia de conexión, creo que no es lo único que nos atrae hacia ellos. Cada vez más nos consume un elemento de espionaje, de observación de la vida ajena: opinamos, criticamos abiertamente, juzgamos, aplaudimos, envidiamos. De alguna forma parecemos tener la sensación de que la vida de los demás es nuestro dominio, tenemos el derecho de ser partícipes de ella pasiva y activamente, como vemos claramente en el entorno de las redes sociales. Exigimos la verdad absoluta de los demás y queremos verla con nuestros propios ojos, para poder reafirmarnos en cualquiera que sea la opinión que ya tengamos formada. A lo mejor solo creemos que buscamos la verdad, pero en realidad buscamos otra cosa.

¿Por qué no iba a traspasarse esa dinámica también a la pantalla? Leemos autoficción y vemos biopics no solo en busca de una conexión sino con un cierto morbo, una curiosidad extenuante. Somos como Gerd Wiesler en La vida de los otros, observando y decidiendo si condenar o salvar a nuestra presa. La recepción que hacemos de las historias les aporta casi tanto significado como el que tienen por sí mismas.

¿Qué hacemos con Elvis, con qué versión suya nos quedamos? Habrá quien prefiera el héroe, habrá quien asuma al villano. Ensalzar o cancelar, esa es la cuestión. Quizás podamos hacer una media aritmética de todas sus facetas y ver si el resultado llega al aprobado. 

Priscilla (Sofia Coppola, 2023)

Lo ideal podría ser que llegáramos a ser conscientes de todo lo que envuelve al personaje, absorberlo y gestionarlo a nivel individual, cada cual como buenamente pueda. Pero nos encanta el espectáculo y lo más probable es que nos lancemos a una contienda pública defendiendo la versión de nuestro ídolo que más se adecúe a nosotros. Una vez más, la polarización. 

Creía que traspasábamos la pantalla en búsqueda de una conexión que habíamos perdido, me gusta pensar que es así, pero parece que estamos condenados a perderla. No buscamos referentes comunes, buscamos otro motivo para la discordia. Vamos al cine para ver dónde está el fallo, o cuál es el acierto, con el puñal escondido entre la ropa. Hemos trasladado la dinámica de la realidad a la ficción. 

A lo mejor hemos superado la admiración y ya solo nos queda la rabia, no queremos encumbrar a nuestros ídolos para que nos inspiren, ya no nos sirven como nexo. Nos mueve una dinámica mucho más compleja y personal. Una suerte de venganza por todo lo que han hecho que no cuadra con nuestra visión absolutista del mundo. Ya no queremos adorar a nuestros ídolos, queremos matarlos. Menos a Taylor, por ahora.

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Mata a tus ídolos

Por eso los biopics parecen haberse adueñado de las producciones cinematográficas. Ya no tenemos referentes comunes, así que tratamos de recrearlos, reinventarlos, les devolvemos a la vida desde la nostalgia que sentimos.

En los tiempos que corren, entre una decepción provocada por el político de turno y la siguiente desilusión de la mano de quien quiera que sea tu referente cultural actual, queda un vacío. Con la polarización ideológica cada vez estamos más individualizados y por ende más solos. Y hay pocos refugios más agradables que la sensación de pertenencia, a un lugar, a una cultura o incluso a una persona, aunque esta quede muy lejos de nosotros. Hay pocas emociones más inspiradoras que la admiración. 

Creo que cada vez más, carecemos de esa sensación tan acogedora que es la admiración en conjunto, esa que solo cabe en los grandes personajes públicos. El fenómeno fan de Taylor Swift sorprendió mundialmente porque hacía mucho tiempo que no se veía algo semejante. Se nos había olvidado hasta qué punto una sola persona puede emocionar a las masas. Lo que más choca del fenómeno swiftie es su expansión, muchísimas personas, de ambientes muy distintos, de países diferentes de distintos grupos y ambientes sociales cayeron rendidas ante sus Eras. Nos choca porque nos cuesta imaginar a tantas personas compartiendo algo, poniéndose de acuerdo en dedicar su admiración a un mismo foco, cuando estamos acostumbrados a una tendencia mucho más separatista. Andamos escasos de grandes referentes, y más que por una escasez de personajes públicos, diría que esta falta se debe a la ausencia de la práctica ya perdida de ponerse de acuerdo, o al menos, de vivir y dejar vivir. 

Taylor Swift

Mi intuición me lleva a pensar que esa pueda ser una de las causas por las que los biopics parecen haberse adueñado de las producciones cinematográficas. Ya no tenemos referentes comunes, así que tratamos de recrearlos, reinventarlos, les devolvemos a la vida desde la nostalgia que sentimos. Queremos el resurgir de los héroes de masas, en el fondo todos queremos ser swifties, todos queremos un ídolo, y si no lo encontramos en la realidad, lo encontraremos donde alguien más listo que nosotros y con buen olfato de negocio, predijo que iríamos a buscarlo. La pantalla.

Encuentro que los biopics, adaptándose a los tiempos, han utilizado tres formas canónicas de representar a nuestros ídolos. La más clásica, y más común, es la mitificación del personaje, el camino del héroe, cómo esa persona llegó a ser quien fue. Una historia de superación profundamente inspiradora que idealiza al personaje encumbrándolo, divinizándolo. Una narrativa fácil de seguir, reconfortante y que da al espectador exáctamente lo que busca, un ídolo sin tacha. Podríamos considerar películas como Elvis o Bohemian Rhapsody encajan en esta dinámica

Pero conforme la sociedad ha evolucionado en materia de diversidad e igualdad este modelo se ha ido quedando, si no obsoleto, al menos corto. Lo que ha llevado a un tipo de narración más expositiva. Conoce a tus ídolos, para bien o para mal, descubre nuevos ídolos, reconoce voces silenciadas, figuras que han caído en el olvido. Una tendencia entre la que se encuentran películas como On the Basis of Sex, The Imitation Game o The Danish Girl. 

Un biopic reciente, Priscilla, nos sirve como puente entre esta tendencia a al descubrimiento y la que propongo como tercera forma de contar: la visión crítica. El desmantelamiento y la caída del héroe, el castigo o la cancelación. Consigue dar voz y exponer la realidad de su protagonista, mientras muestra el comportamiento reprochable de su pareja, Elvis Presley. Una visión que en Elvis no se nos muestra. ¿Son realmente los biopics historias fidedignas? Podría decirse que sí, ya que tienen su base en hechos reales, pero son hechos narrados, actuados, grabados, editados…han sido filtrados bajo unos criterios solo conocidos por quien los estipula.

Priscilla (Sofia Coppola, 2023)

Ocurre con el biopic algo semejante a lo que ocurre con otro género, en este caso literario, que ha cobrado mucha relevancia en los últimos años, la autoficción. Las obras de autoficción se basan en la vida de sus autores pero se presentan como una narración ficcionalizada. El peligro del biopic es que no es tan explícito a la hora de confesar su elemento ficticio. Pero ha de ser, en parte, ficticio. ¿Cómo si no se explica que tengamos dos versiones tan dispares de un mismo personaje en dos películas con apenas un año de diferencia? La intervención, contexto e intención de quien las cuenta es inevitablemente una parte de la historia. Por muy imparcial que trate de ser y a pesar de que no se declare.

Pero no son quienes narran los únicos que intervienen en lo que se cuenta, porque una historia carece de propósito si no tiene quien la escuche. Y es en este punto de la reflexión cuando cuestiono mi tesis inicial. Aunque intuyo que en el auge de los biopics hay un elemento importante de querencia de conexión, creo que no es lo único que nos atrae hacia ellos. Cada vez más nos consume un elemento de espionaje, de observación de la vida ajena: opinamos, criticamos abiertamente, juzgamos, aplaudimos, envidiamos. De alguna forma parecemos tener la sensación de que la vida de los demás es nuestro dominio, tenemos el derecho de ser partícipes de ella pasiva y activamente, como vemos claramente en el entorno de las redes sociales. Exigimos la verdad absoluta de los demás y queremos verla con nuestros propios ojos, para poder reafirmarnos en cualquiera que sea la opinión que ya tengamos formada. A lo mejor solo creemos que buscamos la verdad, pero en realidad buscamos otra cosa.

¿Por qué no iba a traspasarse esa dinámica también a la pantalla? Leemos autoficción y vemos biopics no solo en busca de una conexión sino con un cierto morbo, una curiosidad extenuante. Somos como Gerd Wiesler en La vida de los otros, observando y decidiendo si condenar o salvar a nuestra presa. La recepción que hacemos de las historias les aporta casi tanto significado como el que tienen por sí mismas.

¿Qué hacemos con Elvis, con qué versión suya nos quedamos? Habrá quien prefiera el héroe, habrá quien asuma al villano. Ensalzar o cancelar, esa es la cuestión. Quizás podamos hacer una media aritmética de todas sus facetas y ver si el resultado llega al aprobado. 

Priscilla (Sofia Coppola, 2023)

Lo ideal podría ser que llegáramos a ser conscientes de todo lo que envuelve al personaje, absorberlo y gestionarlo a nivel individual, cada cual como buenamente pueda. Pero nos encanta el espectáculo y lo más probable es que nos lancemos a una contienda pública defendiendo la versión de nuestro ídolo que más se adecúe a nosotros. Una vez más, la polarización. 

Creía que traspasábamos la pantalla en búsqueda de una conexión que habíamos perdido, me gusta pensar que es así, pero parece que estamos condenados a perderla. No buscamos referentes comunes, buscamos otro motivo para la discordia. Vamos al cine para ver dónde está el fallo, o cuál es el acierto, con el puñal escondido entre la ropa. Hemos trasladado la dinámica de la realidad a la ficción. 

A lo mejor hemos superado la admiración y ya solo nos queda la rabia, no queremos encumbrar a nuestros ídolos para que nos inspiren, ya no nos sirven como nexo. Nos mueve una dinámica mucho más compleja y personal. Una suerte de venganza por todo lo que han hecho que no cuadra con nuestra visión absolutista del mundo. Ya no queremos adorar a nuestros ídolos, queremos matarlos. Menos a Taylor, por ahora.

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