El eco de Chillida: Un grito a la libertad
Eduardo lleva un grito en su propio apellido, aunque su expresión sea amable, silenciosa y contenida. Chillida no alza la voz, pero su obra resuena con la fuerza del viento y la eternidad del hierro. Su arte es un lugar de encuentro, un umbral entre el tiempo, el espacio y la emoción.
La obra de Eduardo Chillida ha estado en mi vida en distintos momentos y de infinitas formas. Y ahora, en el centenario de su nacimiento, su legado resuena más fuerte que nunca. ¿Cómo entender a un artista que exploró los límites de la materia y el vacío? Tal vez, escuchándolo. Porque cuando Chillida habla, cada palabra suya tiene el peso de una escultura y la ligereza del aire.
Raíces y ramas
“Soy como un árbol, con las raíces en un país y las ramas abiertas al mundo”, decía Eduardo. Y así fue. Nació en San Sebastián el 10 de enero de 1924 y, aunque viajó y exploró el mundo, siempre regresó a sus raíces. Inicialmente, su camino no iba hacia la escultura, sino hacia el fútbol. Fue portero en la Real Sociedad, pero una lesión lo sacó del campo y lo empujó a otra portería: la del arte. Quizás fue ahí donde aprendió a leer los espacios, a anticipar el movimiento, a sentir el aire como un elemento tangible.

La materia y el vacío
Chillida no solo es hierro. Es piedra, madera, alabastro. Es la combinación de lo sólido y lo etéreo. "Mis esculturas están desnudas y silenciosas porque no pretenden llamar la atención, sino adentrarse en lo desconocido". Y lo logró: sus obras no son sólo formas, sino espacios de diálogo. Esculturas que respiran, que dejan que el aire las atraviese, que abrazan el vacío como un elemento esencial para llenarlo de sentido.
Esa idea de integrar el espacio está presente en toda su obra, desde las monumentales Puertas de Arantzazu hasta la serie "Lo profundo es el aire", homenaje a su amigo Jorge Guillén. Para Chillida, el vacío no es ausencia, sino presencia.
Un peine para el viento
Si hay una obra que sintetiza su esencia, es El Peine del Viento en San Sebastián. Tres estructuras de acero incrustadas en las rocas, enfrentándose al Cantábrico. La obra no es solo metal, es el viento que la atraviesa, el agua que la rodea, el sonido que genera. Es un límite y un umbral, una ecuación sin números donde el tiempo y la naturaleza son parte de la escultura.
Decía que una escultura no tiene un único punto de vista, que hay que rodearla, mirarla desde todos los ángulos. Con El Peine del Viento lo entendemos: cambia con la marea, con la luz, con las estaciones. Siempre es la misma y siempre es diferente. Como el mar. Como la vida.

Pilar y la familia: el otro gran pilar de su obra
No se puede hablar de Eduardo sin hablar de Pilar Belzunce, su compañera de vida. "Pili, nos vamos a casa, estoy acabado", le dijo en un momento de desesperación en los años 50. "¿Cómo vas a estar acabado si todavía no has empezado?", le respondió ella. Fue su gran apoyo, la persona que le permitió dedicarse plenamente a su arte. Juntos tuvieron ocho hijos y formaron una familia donde la creatividad y el compromiso con el arte eran el aire que se respiraba.
Su hijo Pedro dice que "en él todo era verdad", y que ser su hijo era como ser hijo de un santo. Su hija Susana escribió un libro sobre él y Pilar, porque la historia de Chillida es también la historia de un amor sólido, tan firme como el hierro que trabajaba.

Un sueño hecho lugar: Chillida Leku
Chillida soñó un espacio donde su obra descansara en paz, donde la gente pudiera caminar entre sus esculturas como en un bosque. Ese sueño se hizo realidad con Chillida Leku, su museo en Hernani. Un lugar donde el arte y la naturaleza conversan en silencio.
Porque Chillida no buscaba la perpetuidad de su obra, sino su capacidad de transformarse, de dialogar con el tiempo. Sus esculturas tienen su propio ciclo, como las olas del mar que tanto amaba. Sembró España (y el mundo) de "Lugares de encuentro" y dedicó muchas de sus piezas a la tolerancia.
El centenario de Eduardo Chillida es una oportunidad para reencontrarnos con su obra, pero sobre todo, con su forma de mirar el mundo. Porque en cada escultura, en cada vacío que nos invita a atravesar, sigue vibrando su grito silencioso a la libertad.
Chillida sigue aquí, en el aire que respiramos.

Fuentes de inspiración:
- Documental Ciento Volando de Arantxa Aguirre
- Podcast El viaje de Chillida
- Testimonios de su familia y amigos
- La obra y palabras del propio Chillida
PD: En honor a uno de mis artistas favoritos, hace unos días creé esta pequeña escultura en forma de pájaro, un símbolo de libertad que ahora habita mi hogar. Me recuerda aquella frase que Chillida reimaginó: “Más vale ciento volando, que pájaro en mano”, un canto a lo intangible, a lo que nos eleva.
