Litros y Letras

De los litros en la playa o en el parque solo tengo recuerdos bonitos. Conversaciones de verdad.

“La cerveza aguanta temperaturas más bajas que el agua. Por eso en Córdoba se bebe a jierro, porque a tantos grados bajo cero el agua se convierte en hielo y es imposible de beber”. Eso me lo dijo un amigo de mi amigo Gonzalo, que se casa este sábado. Mi amigo. No el suyo, sino el mío. No conocía de nada a ese chaval, y tras ese día me paro cada vez que lo veo. Porque da gusto conocer a gente con la que uno aprende todos los días. Y no es mi amigo, pero sí mi colega. Aquella teoría no sé cuánto de cierto, la verdad, pero me pareció una razón más que de sobra para no volver a beber agua en todo el día y para empezar a seguirnos en instagram.

La cerveza al sol tiene eso. Genera vínculos entre hombres que difícilmente se pueden quebrantar. Una especie de pacto de sangre color oro. Así se fraguó mi amistad no solo con el amigo de mi amigo, también con Luis Agúndez, a quien invité a mi casa en verano después de habernos tomado un par de ellas en la presentación de Días Ridículamente Normales, de nuestra admirada Carla Mouriño. El bueno de Luis y yo nos conocimos dos días antes, y puedo decir a ciencia cierta que en nuestra relación de amistad ha habido más cervezas que días juntos. 

Hay algo sagrado en un brindis que solo ocurre con dos tipos de cerveza: la de barril y la de litro. Porque el botellín es cómodo, también cool. Posteable. Un recurso práctico y (casi) económico en una discoteca, pero no tiene la efervescencia del vaso de cristal ni el sentimiento de pertenencia a un grupo en la nocturnidad de un litro. Y ahí, en el vidrio color marrón, en el envase en el que disfrutamos de la vida, hay que morir. Porque ahora que el sol vuelve a ser un compañero de rutina y que la gente comienza a salir a la calle en manga corta, no encuentro mejor plan que un litrito al Lorenzo con mis amigos acompañado del maridaje perfecto: un paquete de pipas. Yo no sé en otros rincones de nuestro país, pero en Andalucía el litro es sagrado. 

Una vez escuché a Diego S Garrocho hacer una más que bonita apología del botellón. Y aunque beberse un litro en un banco no es lo más estético del mundo y hay muchas formas de hacer el canelo sentado alrededor de una botella en un sitio público, coincido con Diego en que en esas reuniones pasan cosas de verdad. De los litros en la playa o en el parque solo tengo recuerdos bonitos. Conversaciones de verdad. En aquellas noches se hablaba de desamor, del miedo a la muerte o de las ganas que teníamos de ser mayores. De tener un trabajo “de verdad”. Y había móviles y también terrazas, pero no las queríamos. Huíamos de ellas como de la cárcel. No las necesitábamos. Pa’ qué. 

Hay ciertos mandamientos a la hora de beberse un litro que son sagrados: Si existe la posibilidad, el litro tiene que ser de chapa. Debe comprarse en una tienda de alimentación y siempre pedir bolsa (no queremos que se caliente antes de consumirlo). Siempre, pero siempre, siempre, se debe comprar uno de más ante la duda. Las pipas tienen que ser de marca (stop tiesos). Y, por último, el vaso de plástico es obligatorio. No queremos pegarnos resfriados.

Un día subí un tweet que llevaba el título de este texto junto a una foto de una litrona y Jaco Alba de Emilia Landaluce. Para mi sorpresa, mucha gente pensó que “Litros y Letras” era un gran nombre para un encuentro literario y cervecero al mismo tiempo. ¿Quién sabe si en un futuro podemos llenar un espacio a rebosar de esas nuestras dos pasiones? Lo mágico del litro es que nos devuelve a los lugares en los que todo pasaba de verdad. Allí donde rozamos la inmortalidad. Aunque nadie estuviese grabando.

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De los litros en la playa o en el parque solo tengo recuerdos bonitos. Conversaciones de verdad.

“La cerveza aguanta temperaturas más bajas que el agua. Por eso en Córdoba se bebe a jierro, porque a tantos grados bajo cero el agua se convierte en hielo y es imposible de beber”. Eso me lo dijo un amigo de mi amigo Gonzalo, que se casa este sábado. Mi amigo. No el suyo, sino el mío. No conocía de nada a ese chaval, y tras ese día me paro cada vez que lo veo. Porque da gusto conocer a gente con la que uno aprende todos los días. Y no es mi amigo, pero sí mi colega. Aquella teoría no sé cuánto de cierto, la verdad, pero me pareció una razón más que de sobra para no volver a beber agua en todo el día y para empezar a seguirnos en instagram.

La cerveza al sol tiene eso. Genera vínculos entre hombres que difícilmente se pueden quebrantar. Una especie de pacto de sangre color oro. Así se fraguó mi amistad no solo con el amigo de mi amigo, también con Luis Agúndez, a quien invité a mi casa en verano después de habernos tomado un par de ellas en la presentación de Días Ridículamente Normales, de nuestra admirada Carla Mouriño. El bueno de Luis y yo nos conocimos dos días antes, y puedo decir a ciencia cierta que en nuestra relación de amistad ha habido más cervezas que días juntos. 

Hay algo sagrado en un brindis que solo ocurre con dos tipos de cerveza: la de barril y la de litro. Porque el botellín es cómodo, también cool. Posteable. Un recurso práctico y (casi) económico en una discoteca, pero no tiene la efervescencia del vaso de cristal ni el sentimiento de pertenencia a un grupo en la nocturnidad de un litro. Y ahí, en el vidrio color marrón, en el envase en el que disfrutamos de la vida, hay que morir. Porque ahora que el sol vuelve a ser un compañero de rutina y que la gente comienza a salir a la calle en manga corta, no encuentro mejor plan que un litrito al Lorenzo con mis amigos acompañado del maridaje perfecto: un paquete de pipas. Yo no sé en otros rincones de nuestro país, pero en Andalucía el litro es sagrado. 

Una vez escuché a Diego S Garrocho hacer una más que bonita apología del botellón. Y aunque beberse un litro en un banco no es lo más estético del mundo y hay muchas formas de hacer el canelo sentado alrededor de una botella en un sitio público, coincido con Diego en que en esas reuniones pasan cosas de verdad. De los litros en la playa o en el parque solo tengo recuerdos bonitos. Conversaciones de verdad. En aquellas noches se hablaba de desamor, del miedo a la muerte o de las ganas que teníamos de ser mayores. De tener un trabajo “de verdad”. Y había móviles y también terrazas, pero no las queríamos. Huíamos de ellas como de la cárcel. No las necesitábamos. Pa’ qué. 

Hay ciertos mandamientos a la hora de beberse un litro que son sagrados: Si existe la posibilidad, el litro tiene que ser de chapa. Debe comprarse en una tienda de alimentación y siempre pedir bolsa (no queremos que se caliente antes de consumirlo). Siempre, pero siempre, siempre, se debe comprar uno de más ante la duda. Las pipas tienen que ser de marca (stop tiesos). Y, por último, el vaso de plástico es obligatorio. No queremos pegarnos resfriados.

Un día subí un tweet que llevaba el título de este texto junto a una foto de una litrona y Jaco Alba de Emilia Landaluce. Para mi sorpresa, mucha gente pensó que “Litros y Letras” era un gran nombre para un encuentro literario y cervecero al mismo tiempo. ¿Quién sabe si en un futuro podemos llenar un espacio a rebosar de esas nuestras dos pasiones? Lo mágico del litro es que nos devuelve a los lugares en los que todo pasaba de verdad. Allí donde rozamos la inmortalidad. Aunque nadie estuviese grabando.

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